viernes, 18 de junio de 2021

La paz que Hitler ofrecía

Los enemigos de Alemania afirman hoy que Adolf Hitler fue el mayor criminal de la historia, que amenazó a todos los pueblos con el ataque y la opresión, que creó una terrible máquina de guerra para causar estragos y desastres por todas partes. Ocultas deliberadamente un hecho decisivo: fuiste tú mismo quien impulsó al líder del pueblo alemán a desenvainar finalmente la espada. Ellos mismos lo obligaron a luchar por lo que intentó ganar desde el primer momento mediante la persuasión: la seguridad de su país. Lo hicieron no solo declarándole la guerra el 3 de septiembre de 1939, sino bloqueando paso a paso su camino hacia un conflicto pacífico con ellos durante siete años.

A lo largo de la aparición de Adolf Hitler desde el comienzo de su trabajo para el Reich alemán, el repetido intento de mover a los gobiernos de los otros estados hacia una renovación común de Europa corre como un hilo rojo. Pero este intento fracasó cada vez porque no había en ninguna parte la voluntad de responder a él, porque el viejo mal de la guerra mundial reinaba en todas partes, porque en Londres, en París y entre los vasallos de las potencias occidentales sólo una voluntad era decisiva: perpetuar. la violencia de Versalles.

Una mirada rápida a los hechos más importantes nos da una prueba irrefutable de ello.

Cuando Adolf Hitler asumió el cargo, Alemania estaba tan impotente y amordazada como querían los vencedores de 1918. Completamente desarmado, solo equipado con un ejército de 100.000 hombres, que solo estaba destinado a servir como fuerza policial internamente, se encontraba en medio de un círculo herméticamente cerrado de vecinos que estaban armados hasta los dientes y aliados entre sí. En cuanto a los viejos oponentes en el oeste: Inglaterra, Bélgica y Francia tenían nuevos erigidos y creados artificialmente en el este y el sur; especialmente Polonia y Checoslovaquia. La cuarta parte del pueblo alemán fue separada por la fuerza del casco de la madre patria y entregada a extraños. El imperio, mutilado por todos lados y  privado de todos los medios de defensa, podría convertirse día tras día en la víctima indefensa de algún habitante depredador.

Fue entonces cuando Adolf Hitler hizo su llamamiento al sentido común del mundo por primera vez. El 17 de mayo de 1933, pocos meses después de su nombramiento al cargo de Canciller del Reich, pronunció un discurso en el Reichstag alemán, del que tomamos las siguientes frases:

Alemania también estaría lista sin más preámbulos para desmantelar todo su establecimiento militar y destruir el pequeño resto de las armas que le quedaban, si las naciones vecinas hicieran lo mismo por completo.

“Alemania también está dispuesta sin más preámbulos a renunciar a la asignación de armas ofensivas si las naciones armamentistas, por su parte, también destruyen estas armas ofensivas dentro de un cierto período de tiempo y su uso posterior está prohibido por una convención internacional.

“Alemania está ahora lista en cualquier momento para renunciar a las armas ofensivas, incluso si el resto del mundo renuncia a ellas. Alemania está dispuesta a unirse a cualquier pacto solemne de no agresión; ¡porque Alemania no está pensando en un ataque, sino en su seguridad!

No hubo respuesta.

Los demás continuaron llenando descuidadamente sus arsenales, amontonando sus explosivos y aumentando sus tropas. Al mismo tiempo, la Liga de las Naciones declaró, el órgano de las potencias victoriosas, que Alemania primero tendría que pasar por un “período de prueba” antes de que uno estuviera listo para hablar con él sobre el desarme de los otros países. El 14 de octubre de 1933, Hitler se separó de esta Liga de Naciones, con la que no había entendimiento. Sin embargo, poco después, el 18 de diciembre de 1933, presentó una nueva propuesta para mejorar las condiciones internacionales. Esta propuesta contenía los siguientes 6 puntos:

1/ Alemania recibe plena igualdad.

2/ Los Estados altamente armados se comprometen entre ellos a no emprender un aumento adicional en su nivel actual de armamento.

3/ Alemania se adhiere a esta convención con la obligación, por su propia voluntad, de hacer un uso real tan moderado de la igualdad que se le ha otorgado que no constituya un peligro ofensivo para ninguna otra potencia europea.

4/ Todos los estados reconocen ciertas obligaciones de guerra humana o de evitar ciertas armas de guerra en su uso contra la población civil.

5/ Todos los estados llevan a cabo un control general uniforme, cuyo objetivo es verificar y garantizar el cumplimiento de estas obligaciones.

6/ Las naciones europeas garantizan el mantenimiento incondicional de la paz mediante la celebración de pactos de no agresión, que se renovarán a los 10 años.

Posteriormente, se presentó una solicitud para aumentar el ejército alemán a 300.000 hombres, ya que este número corresponde a la fuerza del ejército “que Alemania necesita en vista de la longitud de sus fronteras nacionales y la fuerza de sus vecinos” para cubrir su zona amenazada. del ataque. El defensor de un acuerdo pacífico ahora trata de tener en cuenta la falta de desarme por parte de los demás pidiendo armamento limitado para su país. Un intercambio de notas de un año que resultó de esto terminó abruptamente con un no rotundo de Francia. Este no también estuvo acompañado de enormes refuerzos en las fuerzas armadas de Francia, Inglaterra y Rusia.

Por tanto, la relación con Alemania empeoró aún más que antes. Esto hizo que el peligro para el Reich fuera tan grande que Adolf Hitler se sintió obligado a actuar. El 16 de marzo de 1935 reintrodujo el servicio militar obligatorio. Pero en relación directa con esta medida, volvió a anunciar una oferta de acuerdos de largo alcance que tenían como objetivo hacer que toda guerra futura fuera fundamentalmente humana, de hecho, hacerla prácticamente imposible mediante la eliminación de los medios de destrucción. En su discurso del 21 de mayo de 1935 afirmó:

“El Gobierno del Reich alemán está dispuesto a participar activamente en todos los esfuerzos que puedan conducir a limitaciones prácticas de armamentos ilimitados. Ella ve la única forma posible de hacer esto en un regreso al tren de pensamiento de la antigua Convención de Ginebra de la Cruz Roja. Inicialmente, sólo cree en la posibilidad de una progresiva abolición y prohibición de las armas y métodos de combate, que en su esencia más íntima contradicen la Convención de Ginebra de la Cruz Roja, que ya está en vigor.

Ella cree que, así como el uso de proyectiles dumdum alguna vez estuvo prohibido y, en general, prácticamente impedido, el uso de otras armas específicas también debe prohibirse y, por lo tanto, prácticamente impedirse. Entiende por él todas aquellas armas de combate que principalmente causan muerte y aniquilación menos a los soldados combatientes que a las mujeres y niños que no están involucrados en la lucha.

El gobierno alemán considera errónea e ineficaz la idea de abolir los aviones, pero dejando abierto el bombardeo. Sin embargo, considera posible prohibir el uso de ciertas armas internacionalmente como ilegal y condenar a aquellas naciones que,  sin embargo, quieran usar tales armas por estar fuera de la humanidad y sus derechos y leyes.

También en este caso, cree que es más probable que un enfoque paso a paso conduzca al éxito. Entonces: prohibición de lanzar bombas de gas, incendiarias y de alto explosivo fuera de una zona de combate real. Esta restricción se puede establecer en absoluto hasta la prohibición internacional completa de los bombardeos. Siempre que el bombardeo sea gratuito como tal, cualquier limitación del número de aviones bomba es cuestionable en vista de la posibilidad de un reemplazo rápido.

Pero si el bombardeo se tilda de barbarie contraria al derecho internacional, la construcción de aviones bombarderos pronto llegará a su fin por sí sola como superflua e inútil. Si la Convención de la Cruz Roja de Ginebra logró prevenir gradualmente la posible muerte de los indefensos heridos o prisioneros que se habían vuelto indefensos, entonces debe ser lo más posible prohibir el bombardeo de la población civil indefensa mediante una convención análoga que finalmente incluso lleve al entorno.

Alemania ve en un enfoque tan fundamental de este problema una mayor tranquilidad y seguridad para los pueblos que en todos los pactos de asistencia y convenciones militares.

El Gobierno del Reich alemán está dispuesto a aceptar cualquier restricción que conduzca a la eliminación de las armas más pesadas especialmente adecuadas para el ataque. Estas armas incluyen, en primer lugar, la artillería más pesada y, en segundo lugar, los tanques más pesados. En vista de las enormes fortificaciones de la frontera francesa, tal disposición internacional de las armas ofensivas más pesadas daría automáticamente a Francia casi un cien por cien de seguridad.

Alemania declara su disposición a aceptar cualquier limitación del calibre de artillería, acorazados, cruceros y torpederos. Asimismo, el Gobierno del Reich alemán está dispuesto a aceptar cualquier límite internacional sobre el tamaño de los barcos. Y finalmente el Gobierno del Reich alemán está dispuesto a aprobar la limitación del tonelaje de los submarinos o su eliminación total en caso de una regulación internacional igualitaria.

Además, sin embargo, una vez más da la seguridad de que se suscribirá a cualquier limitación o eliminación internacional de armas que entrará en vigor durante el mismo período.

Incluso ahora, las declaraciones de Hitler no encontraron el menor eco. En cambio, Francia se alió con Rusia para aumentar su preponderancia en el continente y aumentar la presión gigantesca sobre Alemania desde el este.

Adolf Hitler tuvo que tomar nuevas medidas para asegurar el Reich alemán, por lo tanto, dada la clara voluntad emergente de destruir el otro lado. El 3 de marzo de 1936 ocupó Renania, despojada de toda protección militar desde Versalles, con tropas y cerró así la enorme puerta del vecino occidental. Una vez más, sin embargo, vinculó este acto de defensa forzoso con un plan generoso de reconciliación general y solución de todas las contradicciones. El 31 de marzo de 1936 desarrolló el siguiente plan de paz:

1/ Para dar a los próximos acuerdos para asegurar la paz europea el carácter de tratados sagrados, las naciones en cuestión participan en ellos sólo como miembros plenamente iguales y respetados. La única obligación para la firma de estos tratados sólo puede residir en la evidente conveniencia de acuerdos fijos para la paz europea y, por tanto, para la felicidad social y el bienestar económico de los pueblos, que todos reconocen.

2/ Para acortar al máximo el período de incertidumbre en interés de la vida económica de los pueblos europeos, el gobierno alemán propone limitar la primera fase a cuatro meses hasta la firma de los pactos de no agresión y, por tanto, la garantía europea. mantenimiento de la paz.

3/ Siempre que los gobiernos belga y francés actúen de la misma manera, el gobierno alemán asegura que las tropas en Renania no serán reforzadas durante este período.

4/ El Gobierno alemán asegura que no acercará las tropas de Renania a las fronteras belga y francesa durante este período.

5/ Para garantizar estas seguridades mutuas, el gobierno alemán propone la formación de una comisión formada por representantes de las potencias garantizadoras Inglaterra e Italia y una tercera potencia neutral y desinteresada.

6/ Alemania, Bélgica y Francia tienen derecho cada uno a enviar un representante a esta comisión. Alemania, Bélgica y Francia tienen derecho, si creen que pueden señalar un cambio en la situación militar a partir de ciertos hechos dentro de este período de cuatro meses, a comunicar sus observaciones a la Comisión de Garantía.

7/ En tal caso, Alemania, Bélgica y Francia declaran su disposición a permitir que esta comisión  haga que los agregados militares británicos e italianos tomen las determinaciones necesarias e informen de ellas a las potencias involucradas.

8/ Alemania, Bélgica y Francia afirman que tendrán plenamente en cuenta las denuncias resultantes.

9/Además, el gobierno alemán está dispuesto, sobre la base de la plena reciprocidad con sus dos vecinos occidentales, a aceptar cualquier restricción militar en la frontera occidental alemana.

10/ Alemania, Bélgica y Francia y las dos potencias de garantía acuerdan que, inmediatamente o a más tardar después de la conclusión de las elecciones francesas, entablarán conversaciones bajo el liderazgo del gobierno británico sobre la conclusión de una no agresión de 25 años o pacto de seguridad entre Francia y Bélgica, por un lado, y Alemania, por otro.

11/ Alemania está de acuerdo en que Inglaterra e Italia deberían volver a firmar este acuerdo de seguridad como poderes garantes.

11/ Si estos acuerdos de seguridad dan lugar a obligaciones especiales de asistencia militar, Alemania declara que está dispuesta a asumir tales obligaciones por su parte.

12/ El Gobierno alemán repite por la presente la propuesta de celebrar un pacto aéreo para complementar y fortalecer estos acuerdos de seguridad.

13/ El gobierno alemán repite que está dispuesto, si los Países Bajos así lo desean, a incluir a este estado en este acuerdo de seguridad de Europa Occidental.

14/ Para dar al trabajo de este mantenimiento voluntario de la paz entre Alemania, por un lado, y Francia, por otro, el carácter de una conclusión conciliadora de una división de siglos, Alemania y Francia se comprometen a trabajar para garantizar que todo en la educación de los jóvenes de las dos naciones así como en las publicaciones públicas lo que se evita, como degradación, desprecio o injerencia inapropiada en los asuntos internos de la otra parte, podría ser capaz de envenenar las actitudes de los dos pueblos hacia el otro. Acuerdan establecer una comisión conjunta en la sede de la Sociedad de Naciones en Ginebra, que se encargará de presentar las quejas recibidas a los dos gobiernos para su información y examen.

15/ Alemania y Francia se comprometen, con el fin de dar a este acuerdo el carácter de tratado sagrado, a que la ratificación se lleve a cabo mediante el voto de los dos pueblos mismos.

16/ Alemania declara que está dispuesta, por su parte, a ponerse en contacto con los estados de sus fronteras sureste y noreste para invitarlos a concluir los pactos de no agresión propuestos.

17/ Alemania se declara dispuesta a unirse a la Sociedad de Naciones inmediatamente o después de la celebración de estos tratados. El Gobierno alemán reitera su expectativa de que la cuestión de la igualdad colonial y la cuestión de la separación del Estatuto de la Sociedad de Naciones de su base de Versalles se resolverán en un plazo razonable mediante negociaciones amistosas.

18/ Alemania propone la creación de un tribunal de arbitraje internacional, que debe ser responsable del cumplimiento de este tratado y cuyas decisiones son vinculantes para todos.

19/ Tras la finalización de tan gran trabajo de mantenimiento de la paz europeo, el Gobierno del Reich alemán considera que es urgente emprender intentos para poner fin a una carrera armamentista interminable a través de medidas prácticas. Ella lo vería no solo como un alivio de la situación económica y financiera de los pueblos, sino sobre todo como una relajación psicológica.

El Gobierno del Reich alemán, sin embargo, no espera nada del intento de reglamentación universal, que estaría condenada al fracaso desde el principio y, por lo tanto, solo puede ser propuesta por aquellos que no estén interesados ​​en lograr un resultado práctico. Por el contrario, cree que las negociaciones y los resultados en el ámbito de la restricción de armamento marítimo pueden tener un efecto instructivo y estimulante.

Por lo tanto, el gobierno alemán propone que las conferencias se convoquen en una fecha posterior, cada una con una única tarea, pero claramente definida.

Considera que es la primera tarea más importante llevar la guerra aérea a la atmósfera moral y humana de la protección otorgada por la Convención de Ginebra a los no combatientes o heridos en ese momento. Así como la matanza de heridos o prisioneros indefensos o el uso de balas dumdum o la conducción de una guerra submarina sin previo aviso han sido regulados o prohibidos por convenciones internacionales, la humanidad civilizada debe tener éxito en encontrar la posibilidad de un uso insensato de armas en los campos de la nueva guerra. armas Para prevenir la degeneración sin contradecir el propósito de la guerra.

 

Por tanto, el gobierno alemán propone las siguientes tareas prácticas para estas conferencias:

1/ Prohibición del lanzamiento de bombas de gas, veneno e incendiarias.

2/ Prohibición de lanzar bombas de cualquier tipo en áreas abiertas fuera del alcance de la artillería media pesada de los frentes de combate.

3/ Prohibición de bombardear ciudades con cañones de largo alcance fuera de una zona de combate de 20 km.

4/ Abolición y prohibición de la construcción de tanques del tipo más pesado.

5/ Abolición y prohibición de la artillería más pesada.

Tan pronto como tales discusiones y acuerdos revelen la posibilidad de una mayor limitación de los armamentos, estos deben tenerse en cuenta.

El gobierno alemán ya se declara dispuesto a adherirse a tal regulación, en la medida en que sea internacionalmente válida.

El Gobierno del Reich alemán cree que si sólo se da un primer paso en el camino hacia el desarme, será de extraordinaria importancia para la actitud de los pueblos entre sí y, por lo tanto, también para el retorno de esa confianza que es el requisito previo para la el desarrollo del comercio y la prosperidad educa.

Con el fin de satisfacer el deseo general de restablecer las condiciones económicas favorables, está dispuesto, en consonancia con las propuestas formuladas, a entablar un intercambio de ideas sobre cuestiones económicas con los países en cuestión inmediatamente después de la celebración del tratado político. y todo lo que esté a su alcance para mejorarlo para contribuir a la situación económica de Europa ya la economía global en general, que es inseparable de ella.

El Gobierno del Reich alemán cree que con el plan de paz expuesto anteriormente ha contribuido a la construcción de una nueva Europa sobre la base del respeto mutuo y la confianza entre Estados soberanos. Se han perdido muchas oportunidades para esta pacificación de Europa, por la que Alemania ha ofrecido una mano tantas veces en los últimos años. Que este intento de entendimiento europeo finalmente tenga éxito.

Cualquiera que lea hoy este amplio plan de paz sabrá de él qué camino debería haber tomado el desarrollo de Europa de acuerdo con el deseo de Adolf Hitler. Aquí se dio la posibilidad de una construcción real, de aquí podría haber comenzado un verdadero punto de inflexión para la salvación de todos los pueblos. Pero una vez más, el solitario que llamaba por la paz no fue escuchado. Sólo Inglaterra respondió con un cuestionario más burlón, que evitó profundizar en el meollo del asunto. Al mismo tiempo, sin embargo, esta misma Inglaterra traicionó sus verdaderas intenciones al elevarse al patrocinio de Francia y, al igual que en el período anterior a la Guerra Mundial, inició reuniones militares periódicas de su estado mayor con el de la república.

Ya no cabía duda de que las potencias occidentales estaban siguiendo los viejos caminos del conflicto armado y preparando deliberadamente un nuevo ataque contra Alemania. Al mismo tiempo, toda la mente y los esfuerzos de Adolf Hitler se dirigieron a demostrar a las potencias occidentales en particular que quería permanecer en los mejores términos con ellas. Había dado numerosos pasos en esta dirección a lo largo de los años, al menos algunos de los cuales mencionaremos. Con Inglaterra acordó el acuerdo de flota del 18 de junio de 1935, sobre la base del cual la flota alemana debería representar solo el 35 por ciento de la flota británica. Al hacerlo, quería mostrar, en sus propias palabras, que el Reich no tenía “ni la intención, ni la necesidad, ni la capacidad” de “entrar en una nueva rivalidad naval”.

Siempre que surgía la oportunidad, aseguraba a Francia su deseo de vivir con él en paz. En repetidas ocasiones declaró su renuncia expresa a Alsacia-Lorena. Cuando el área del Sarre regresó al Reich a través del voto de su población, declaró el 1 de marzo de 1935:

Esperamos que a través de este acto de justicia compensatoria, la restauración de la razón natural, esperamos que a través de este acto la relación entre Alemania y Francia finalmente mejore. Así como queremos la paz, debemos esperar que la gran gente de nuestro vecindario también esté dispuesta y lista para buscar esta paz con nosotros. Debe ser posible que dos grandes pueblos se den la mano para trabajar juntos para contrarrestar las necesidades que amenazan con sepultar a Europa.

Incluso buscó un mejor acuerdo con Polonia, el aliado oriental de las potencias occidentales, aunque este país había anexado ilegalmente a millones de alemanes en 1919 y desde entonces los ha estado reprimiendo de la peor manera posible. El 26 de enero de 1934 celebró con él un pacto de no agresión en el que los dos gobiernos acordaron “llegar a un entendimiento inmediato sobre las cuestiones relativas a sus relaciones mutuas de cualquier índole”.

Así que se opuso a los planes del enemigo en todos los lados con su decidida voluntad de paz y, por lo tanto, se esforzó por proteger a Alemania. Pero cuando vio que Londres y París se preparaban para atacar, nuevamente tuvo que recurrir a nuevas medidas defensivas. Como hemos visto anteriormente, la alianza entre Francia y Rusia había ampliado enormemente el campo del enemigo. Además, ambas potencias habían creado una línea de comunicación en el sur del imperio por el hecho de que Checoslovaquia, que ya estaba aliada con Francia, también concluyó un tratado con Rusia, que ahora las convertía en puente entre el este y el oeste. Checoslovaquia, sin embargo, gobernaba las tierras altas de Bohemia y Moravia, que Bismarck conocía como la ciudadela de Europa. Y esta ciudadela se adentró profundamente en el área alemana. Entonces, la amenaza para Alemania fue realmente abrumadora.

Adolf Hitler supo conocerla de una manera brillante. Las condiciones que impulsaron la guerra civil a través del terror del gobierno de Schuschnigg en la Austria alemana le dieron la oportunidad de intervenir para salvarlos a ellos y al pueblo hermano del sureste, que había sido condenado por la compulsión de las potencias vencedoras en 1919 a la existencia de un “estado libre” que languidecía desesperadamente, para ser devuelto al reino. Una vez que ya se había afianzado junto a la citada línea de comunicación entre Francia y Rusia, se inició el proceso de disolución en el estado mixto de Checoslovaquia, que se unió artificialmente de las más variadas nacionalidades, hasta después de la liberación de los Sudetes y el aislamiento de Eslovaquia, pidieron los propios checos rodeados Protección del Reich alemán. Con esto, el puente del oponente llegó a manos de Adolf Hitler.

Mientras lograba este éxito estratégico para asegurar su país, Adolf Hitler volvió a trabajar con gran celo para llevarse bien con las potencias occidentales. En Munich, inmediatamente después de la liberación de los alemanes de los Sudetes aprobada por Inglaterra, Francia e Italia, concertó una cita con el primer ministro británico N. Chamberlain, cuya redacción era la siguiente:

Hoy hemos tenido otra reunión y todos estamos de acuerdo en que la cuestión de las relaciones entre Alemania e Inglaterra es de suma importancia para ambos países y para Europa.

Vemos el acuerdo firmado ayer por la noche y el acuerdo naval germano-inglés como un símbolo del deseo de nuestros dos pueblos de no volver a emprender la guerra nunca más.

Estamos decididos a utilizar el método de consulta para abordar otros problemas que afectan a nuestros dos países y continuar nuestros esfuerzos para resolver cualquier causa de desacuerdo con el fin de ayudar a asegurar la paz de Europa.

30 de septiembre de 1938. Adolf Hitler, Neville Chamberlain.

Dos meses después, a instancias de Hitler, el ministro de Relaciones Exteriores del Reich, von Ribbentrop, acordó el siguiente acuerdo con Francia:

El Ministro de Relaciones Exteriores del Reich alemán, Sr. Joachim von Ribbentrop, y el Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, Sr. Georges Bonnet, en su reunión en París el 6 de diciembre de 1938, acordaron lo siguiente en nombre y en representación de sus gobiernos:

1/ El Gobierno alemán y el Gobierno francés están unidos en la convicción de que las relaciones pacíficas y de buena vecindad entre Alemania y Francia son uno de los elementos más esenciales para consolidar las condiciones en Europa y mantener la paz general. Por tanto, ambos gobiernos utilizarán todos sus recursos para garantizar que las relaciones entre sus países se organicen de esta forma.

2/ Ambos gobiernos constatan que ya no existen cuestiones de carácter territorial entre sus países y reconocen solemnemente la frontera entre sus países tal como está en la actualidad como definitiva.

3/ Ambos Gobiernos están decididos, con sujeción a sus relaciones especiales con las terceras potencias, a mantenerse en contacto sobre todos los asuntos que conciernen a sus dos países y a entablar consultas si el desarrollo futuro de estos asuntos da lugar a dificultades internacionales.

En fe de ello, los representantes de los dos gobiernos han firmado esta declaración, que entra en vigor de inmediato.

Hecho en doble ejemplar en alemán y francés en París el 6 de diciembre de 1938.

Joachim von Ribbentrop,
Ministro de Relaciones Exteriores del Reich

Georges Bonnet,

Ministro de Relaciones Exteriores.

Según cálculos humanos, ahora se podría haber asumido que el camino estaba libre para una construcción común por parte de todas las potencias principales y que los esfuerzos de paz del Führer alemán finalmente tendrían éxito. Pero sucedió lo contrario. Apenas había regresado de Munich, para mejorar el trato Chamberlain pidió un alcance más amplio. En lugar de Francia, Inglaterra tomó ahora la delantera en el cerco adicional del imperio con el fin de ganar múltiples reemplazos para la Checoslovaquia perdida. Abrió negociaciones con Rusia, concluyó tratados de garantía con Polonia, Rumania, Grecia y Turquía. Eran señales de alarma del más alto nivel.

Adolf Hitler dió por sentada la fricción disruptiva con Polonia para siempre. Con este fin, había hecho una propuesta extremadamente complaciente de que la ciudad libre alemana de Danzig debería regresar al Reich y establecer una carretera estrecha a través del corredor polaco, que había estado destrozando el territorio alemán en el noreste desde 1919. Esta propuesta, que también ofrecía la perspectiva de un pacto de no agresión de 25 años y otras ventajas para Polonia, fue rechazada en Varsovia porque, sabiendo que era un pilar principal del frente contra Alemania establecido desde Londres, se negaron a hacer incluso la más pequeña de las concesiones se cree que puede hacerlo. 

La hora del ataque a los países que se habían incorporado a un sistema contra el Reich era inminente. Con su último y máximo esfuerzo por la paz, Adolf Hitler salvó lo que pudo salvar. El 23 de agosto, Ribbentrop logró alcanzar un pacto de no agresión con Rusia en Moscú. Dos días más tarde, el propio líder alemán hizo una última y verdaderamente asombrosa oferta a Inglaterra, declarándose dispuesto a “… hacer acuerdos con Inglaterra que … no sólo garantizarían la existencia del Imperio Británico en todas las circunstancias a los alemanes. lado, pero también, si fuera necesario asegurar la ayuda alemana al Imperio Británico, sin importar dónde se necesite dicha ayuda ”. Al mismo tiempo, estaba dispuesto a aceptar una limitación razonable de armamentos, lo cual “correspondería a la nueva situación política y sería económicamente viable”. Finalmente, reafirmó que no estaba interesado en los problemas occidentales y que “una corrección fronteriza en Occidente estaba más allá de cualquier consideración”.

La respuesta a esto fue un pacto de ayuda firmado el mismo día entre Gran Bretaña y Polonia, que hizo inevitable el estallido de la guerra. Por ahora, la decisión se tomó en Varsovia para la movilización general contra Alemania y comenzó con asaltos no solo a los alemanes en Polonia, que durante mucho tiempo habían sido masacrados de manera terrible, sino directamente en territorio alemán.

Pero incluso cuando Inglaterra y Francia habían declarado la guerra que querían y cuando Alemania había dominado la amenaza polaca en el este a través de una gloriosa campaña sin igual, Adolf Hitler volvió a alzar la voz en nombre de la paz. Lo hizo a pesar de que ahora tenía las manos libres para atacar al oeste hostil. Así lo hizo, aunque en Londres y París la lucha contra él personalmente se predicaba como una cruzada con un odio inconmensurable. En ese momento tuvo el autocontrol superior, en su discurso del 6 de octubre de 1939, para presentar al público mundial un nuevo plan para pacificar Europa. Este plan fue el siguiente:

En mi opinión, la tarea más importante es, con mucho, crear no solo la convicción, sino también el sentimiento de seguridad europea.

Para ello es necesario que haya absoluta claridad sobre los objetivos de la política exterior de los estados europeos. En lo que respecta a Alemania, el Gobierno del Reich está dispuesto a dar una claridad total y completa sobre sus intenciones de política exterior. En la parte superior de esta declaración, ella pone la declaración de que se considera que el Tratado de Versalles ya no existe para ella, o que el Gobierno del Reich alemán y con él todo el pueblo alemán no ven causa ni razón para ninguna revisión adicional, excepto la Demanda de una posesión colonial debida y apropiada al Reich, principalmente para el regreso de las colonias alemanas. Esta demanda de colonias se basa no solo en el reclamo legal histórico de las colonias alemanas, pero sobre todo en la elemental reivindicación legal de las colonias alemanas [como] fuentes de materias primas para la tierra. Esta demanda no es una exigencia definitiva, no es una demanda respaldada por la violencia, sino una demanda de justicia política y sentido común económico.

La demanda de un florecimiento real de la economía internacional en relación con el aumento del comercio y el tráfico presupone el orden de las economías nacionales y las producciones dentro de los estados individuales. Sin embargo, para facilitar el intercambio de estas producciones, se debe llegar a una reorganización de los mercados y una regulación final de las monedas para eliminar gradualmente los obstáculos al libre comercio.

El requisito previo más importante para un verdadero florecimiento de la economía europea y también no europea es el establecimiento de una paz absolutamente garantizada y un sentimiento de seguridad para los pueblos individuales. Esta seguridad es posible no solo por la sanción final del estatuto europeo, sino sobre todo reduciendo los armamentos a un nivel razonable y también económicamente aceptable. A este necesario sentimiento de seguridad pertenece sobre todo una aclaración de la aplicabilidad y el ámbito de aplicación de ciertas armas modernas, que son adecuadas en su efecto para penetrar en el corazón de cada pueblo en cualquier momento y que dejarán tras de sí un sentimiento permanente de inseguridad. Ya he hecho sugerencias en este sentido en mis discursos anteriores en el Reichstag. En ese momento, probablemente porque venían de mí, sucumbieron al rechazo.
Sin embargo, creo que el sentimiento de seguridad nacional solo volverá a Europa si el concepto de uso permitido y no autorizado de armas se define de manera integral en este ámbito a través de obligaciones internacionales claras y válidas.

Así como la Convención de Ginebra logró prohibir la matanza de los heridos, el maltrato de los prisioneros, la lucha contra los no combatientes, etc., al menos entre los estados civilizados, y así, con el paso del tiempo, cómo esta prohibición tuvo éxito. Para ganarse la ayuda del respeto general, debe ser posible definir el uso de la fuerza aérea, el uso de gas, etc., del submarino, pero también los conceptos de contrabando de tal manera que la guerra despoje el carácter terrible de un La lucha contra las mujeres y los niños y contra los no combatientes en general se convierte. La eliminación permanente de ciertos procedimientos conducirá automáticamente a la eliminación de las armas que se han vuelto superfluas.

Ya en esta guerra con Polonia traté de usar la fuerza aérea solo en los llamados objetos de importancia militar o solo para dejar que apareciera si se ofrecía una resistencia activa en un momento dado. Sin embargo, debe ser posible encontrar una normativa internacional fundamental y de aplicación general basada en la Cruz Roja. Sólo en tales condiciones se establecerá la paz, especialmente en nuestro continente densamente poblado, que, liberado de la desconfianza y el miedo, puede proporcionar las condiciones para una verdadera prosperidad también en la vida económica. Creo que no hay ningún estadista europeo responsable que no quiera, en el fondo de su corazón, que su pueblo florezca. La realización de este deseo sólo es concebible en el marco de la cooperación general entre las naciones de este continente. Garantizar esta cooperación, por lo tanto, solo puede ser el objetivo de cada ser un hombre individual que realmente lucha por el futuro de su propia gente.

Para lograr este gran objetivo, las grandes naciones de este continente tendrán que unirse un día para elaborar, aprobar y garantizar un estatuto en un arreglo integral que les dé a todos la sensación de seguridad, calma y por ende paz.

Es imposible que una conferencia de este tipo se reúna sin el trabajo preparatorio más completo, sin aclarar los puntos individuales y sobre todo sin ningún trabajo preparatorio. Pero es igualmente imposible que una conferencia de este tipo, que determinará el destino de este continente en particular durante décadas, esté activa bajo el rugido de los cañones o incluso bajo la presión de los ejércitos movilizados. Sin embargo, si tarde o temprano estos problemas tienen que resolverse, entonces sería más sensato abordar esta solución antes de que millones de personas se desangran inútilmente y se destruyan miles de millones de valores.

Mantener la situación actual en Occidente es impensable. Cada día pronto exigirá un aumento de víctimas. Quizás algún día Francia bombardeará y demolerá Saarbrücken por primera vez. La artillería alemana, por su parte, aplastará Mulhouse en venganza. La propia Francia volverá a tomar Karlsruhe bajo fuego de cañón como venganza y Alemania nuevamente a Estrasburgo. Luego, la artillería francesa disparará contra Friburgo y la alemana contra Kolmar o Schlettstadt. Entonces se instalarán cañones de largo alcance, y la destrucción se extenderá más y más profundamente en ambos lados, y lo que finalmente ya no se puede alcanzar con los cañones de largo alcance será destruido por los aviones. Y será muy interesante para cierto periodismo internacional y muy útil para los fabricantes de aviones, armas, municiones, etc., pero espantoso para las víctimas. Y esta batalla de aniquilación no se limitará al continente. No, llegará mucho más allá del mar.

La riqueza nacional europea estallará como una nuez, y la fuerza nacional se desangrará hasta morir en el campo de batalla. Un día, sin embargo, habrá nuevamente una frontera entre Alemania y Francia, pero en lugar de ciudades florecientes habrán campos de ruinas e interminables cementerios se expandirán a lo largo de ella.

El destino de este llamamiento fue el mismo que el de todos los llamamientos anteriores de Adolf Hitler en nombre de la razón, en nombre de la verdadera construcción europea. Los oponentes se negaron a prestarle atención. Esta vez tampoco hubo respuesta de su lado. Se aferraron rígidamente a la postura que habían asumido desde el principio.

Dado este conjunto de hechos históricos, ¿hay alguna necesidad de explicar por qué hicieron esto? Habían creado Versalles, y cuando Versalles amenazó con hacerse pedazos, querían que la guerra siguiera a un Versalles mucho peor. Exactamente las acusaciones que hoy levantan contra Adolf Hitler y Alemania recaen sobre ellos y marcan sus acciones. Son los perturbadores de la paz, contemplan la represión violenta de otros pueblos, se esfuerzan por hundir a Europa en la devastación y el desastre. Si este no fuera el caso, entonces habrían tomado la mano que se les tendió hace mucho tiempo o al menos la golpearon al final, para trabajar honestamente en una reorganización y así ahorrarle a la gente “sangre, lágrimas y sudor” en exceso.

Fuente

lunes, 14 de junio de 2021

La República de Azaña continúa con mal pie: la matanza de Casas Viejas


 Luis E. Togores

La Razón

 

En la Andalucía rural, entre los braceros que vivían al borde del hambre, se produjeron también estallidos violentos: el cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo gaditano fue asaltado

 

Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la II República española, desde un principio los gobiernos republicanos “puros”, republicanos republicanos, se enfrentaron a la mitad de España por causa de su pasividad ante la quema de iglesias, conventos... que se produjeron nada más proclamarse el nuevo régimen. Lo que no esperaba Alcalá Zamora, Azaña y sus colegas del consejo de ministros que, desde un primer momento, el sindicato obrero más poderoso de España, la CNT, se enfrentase frontalmente con el nuevo régimen acusándolo de “república burguesa”. Los más de 750.000 cenetistas no veían en la nueva república el cambio social con el que los anarquistas soñaban.

En enero de 1933 el Comité de Defensa Regional de Cataluña de la CNT se lanzó a poner en práctica la “gimnasia revolucionaria” consistente en el comienzo de una “acción insurreccional” que impidiera la consolidación de la república burguesa. De los anarquistas españoles de los años 30´ se pueden pesar muchas cosas menos que no eran un grupo de hombres valientes y comprometidos con su propia causa.

La insurrección de 1933 estalló en la región catalana y valenciana, saldándose con numerosos muertos entre anarquistas, guardia civiles y de Asalto.

En la Andalucía rural, profunda, entre los braceros que vivían al borde del hambre, se produjeron también estallidos violentos. El cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo de Casas Viejas (Jerez) fue asaltado, quedando sitiados entre sus paredes, la noche del 10 al 11 de enero de 1933, un sargento y tres guardias y resultando muertos en el incidente el sargento y uno de los guardias.

Cuando se tuvo noticias de lo que pasaba en Casas Viejas inmediatamente los mandos de la Benemérita enviaron a un sargento con 12 guardias a Casas Viejas para socorrer a los guardias sitiados en su cuartelillo. Tres horas después llegaron más refuerzos, el teniente Gregorio Fernández Artal de Asalto con 4 guardias civiles y 12 guardias de asalto. Inmediatamente comenzaron a detener a los presuntos responsables del ataque al cuartel de la Guardia Civil, siguiendo las órdenes del Director General de Seguridad Arturo Menéndez de un gobierno presidido por Azaña y que tenía como ministro de Gobernación a Santiago Casares Quiroga (ORGA - Federación Republicana Gallega).

El día 10 había llegado a Jerez de la Frontera una compañía guardias de asalto mandada por el capitán Rojas Feijespán, que, cuando se tuvo noticias de lo ocurrido, recibió la orden de salir para Casas Viejas.

Francisco Cruz Gutiérrez “Seisdedos” fue denunciado por sus vecinos como responsable del ataque al cuartelillo. Al llegar las fuerzas de orden público para detenerle a la casucha en que vivía “Seisdedos”, desde el interior de la vivienda, hizo varios disparos que provocaron la muerte de un guardia de asalto y otro resultó herido. A las diez de la noche empezó el asalto a la choza sin éxito.

Con la caída del día llegó a Casas Viejas la compañía de guardias de asalto del capitán Rojas con órdenes de terminar con la insurrección con cualquier medio a su alcance. El capitán Rojas envió un telegrama al Director General de Seguridad con el siguiente texto: “Dos muertos. El resto de los revolucionarios atrapados en las llamas”. Rojas ordenó a tres patrullas que detuvieran a los cenetistas más destacados del pueblo, dándoles instrucciones para que dispararan ante cualquier mínima resistencia, lo que provocó la muerte de Antonio Barberán Castellar, de setenta y cuatro años. Fueron detenidas doce personas y conducidas esposadas a la choza calcinada de “Seisdedos” dónde les mostraron el cadáver del guardia de asalto muerto para, acto seguido, ser ejecutado por los de Asalto. En la declaración del capitán Rojas a la Comisión Parlamentaria que investigó lo ocurrido en Casas Viejas dijo: «Como la situación era muy grave, yo estaba completamente nervioso y las órdenes que tenía eran muy severas, advertí que uno de los prisioneros miró al guardia que estaba en la puerta y le dijo a otro una cosa, y me miró de una forma..., que, en total no me pude contener de la insolencia, le disparé e inmediatamente dispararon todos y cayeron los que estaban allí mirando al guardia que estaba quemado. Y luego hicimos lo mismo con los otros que no habían bajado a ver el guardia muerto que me parece que eran otros dos. Así cumplía lo que me habían mandado y defendía a España de la anarquía que se estaba levantando en todos lados de la República». En Casas Viejas fueron muertos por la fuerzas del orden republicana dos docenas hombres, dos mujeres y un niño. Tres guardias cayeron en la refriega.

El diputado radical Guerra del Río dijo en el Parlamento: “Hay un indicio revelador de los ocurrido: en Casas Viejas no hubo heridos, ni prisioneros. No hubo más que muertos... Y tenemos la convicción de que si la fuerza pública procedió así, si no fue por orden del ministro de la Gobernación, que no lo creemos, fue consecuencia lógica del espíritu y de las instrucciones que había recibido”.

Lo ocurrido en Casas Viejas se convirtió en un gravísimo problema político para los republicanos republicanos. Azaña se vio cuestionado tanto desde la derecha como desde la izquierda. El jefe de gobierno Azaña dijo el 2 de febrero en su intervención ante la Cámara: “No se encontrará un atisbo de responsabilidad en el gobierno. En Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir. Se produce un alzamiento en Casas Viejas, con el emblema que han llevado al cerebro de la clase trabajadora española de los pueblos sin instrucción y sin trabajo, con el emblema del comunismo libertario, y se levantan unas docenas de hombres enarbolando esa bandera del comunismo libertario, y se hacen fuertes, y agreden a la Guardia Civil, y causan víctimas a la Guardia Civil. ¿Qué iba a hacer el Gobierno? Ante una nueva interpelación parlamentaria, volvió a eludir sus responsabilidades: Nosotros, este Gobierno, cualquier Gobierno, ¿hemos sembrado en España el anarquismo? ¿Hemos fundado nosotros la FAI? ¿Hemos amparado de alguna manera los manejos de los agitadores que van sembrando por los pueblos este lema del comunismo libertario?”.

La Comisión Parlamentaria que investigó estos sucesos terminó por exonerar de toda responsabilidad al Gobierno, una comisión que ya evidenció la total nulidad práctica de las comisiones parlamentarias de investigación. El Director General de Seguridad, comandante Arturo Menéndez, fue destituido, ocupando dicha dirección Manuel Andrés Casaus (que caería asesinado en San Sebastián en 1934). El comandante Menéndez fue detenido en la noche del 19 de julio de 1936 por los militares sublevados en el tren Barcelona-Madrid, estación de Calatayud. Fue fusilado en Pamplona.

Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo, acusó al Gobierno en las Cortes: “Cuando después de dos años de República ha dejado a los campesinos sin campo y a los jornaleros sin jornal, en situación de hambre y desesperación, habiendo encendido sus esperanzas con promesas que luego ha matado por falta de actos, esta corriente de hostilidad ha estallado”.

En la actualidad existe una imagen idílica de la II República española, en realidad de las etapas 1931 - 1933 y de febrero de 1936 al inicio de la guerra civil. El mal llamado bienio negro, cuando gobernó el centro derecha, está estigmatizado por la historiografía frentepopulista, a pesar de ser la única etapa en la que los españoles pudieron soñar con una república semejante a la existente en otras naciones occidentales de aquel tiempo. La república azañista y largocaballerista fue un fiasco y en cuanto se indaga un poco en todo lo que acaeció en ella se rompe “su” mito.

sábado, 5 de junio de 2021

Tantos republicanos que se hicieron facciosos, por Pedro F. Barbadillo

 

Pedro Fernández Barbadillo

Libertad Digital

 
 

Las citas que reúne Jesús Laínz en La gran venganza deberían arrojar a la basura cientos de volúmenes producidos en las últimas décadas que pretenden presentar la Segunda República como “la primera democracia española” y la guerra civil como un enfrentamiento entre “demócratas y fascistas”

Desde Rodríguez Zapatero, la izquierda española pretende ser una campeona en la “ampliación de derechos y espacios de libertad” para los ciudadanos. ¡Y bien que lo ha cumplido! Así, por tomarte unas cañas o una paella con la familia en una terraza ya eres un enemigo del pueblo, un asesino de abuelos y un saboteador de la sanidad pública.

Y cuando en unos meses el PSOE, Podemos, el PCE, ERC, el PNV y Bildu aprueben la ley de memoria democrática, la posesión del último libro de Jesús Laínz podrá convertirle a uno en reo de cárcel.

Desde que leí sus primeros libros sobre los nacionalismos vasco y catalán, rebosantes de referencias a panfletos y hojas escritas por los más aventados seguidores de Sabino Arana y Enrique Prat de la Riba, cada vez que escucho la expresión “ratón de biblioteca” pienso en Laínz.

En títulos como Adiós, España, La nación falsificada o El privilegio catalán, había arremetido contra esos separatismos demostrando sus mentiras, su odio y su racismo. Ésta es todavía una polémica admisible en el debate público español. A fin de cuentas, sólo defienden a los etarras y la banda del 3% los izquierdistas más antiespañoles (que por desgracia existen). Sin embargo, con el recién publicado La gran venganza, Laínz ha penetrado en un campo de minas, batido por ametralladoras y artillería.

Nuestro amigo santanderino, uno de los mejores columnistas de Libertad Digital, no se limita a desmenuzar la memoria histórica ni a desplegar esos trapos sucios de la izquierda que estaban bien guardados desde la Transición, a la manera de los hijos ilegítimos o díscolos en una rancia familia, hasta que el PSOE decidió imponer a los españoles su versión oficial de la historia y entonces muchos nos levantamos: el genocidio de Paracuellos, el robo de las riquezas del Banco de España y de miles de particulares, el hábito golpista de los socialistas... Laínz señala que la finalidad de las memorias inventadas, primero la histórica y, cuando la sociedad esté macerada, la democrática, apunta a la deslegitimación de la Monarquía y el régimen constitucional, como queda expresado en el subtítulo: De la memoria histórica al derribo de la Monarquía. Pero todo lo anterior tampoco forma la parte esencial de La gran venganza ni su (futuro) ilícito penal.

A un sector considerable de la izquierda, la lista de asesinatos, de matanzas, de robos y de destrucción de templos no le conmueve en absoluto, porque piensa que los católicos, los derechistas, los curas, las monjas, los marqueses y demás tribu se lo merecían, por carcas y por oponerse al avance de los tiempos. No se puede hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos. Pero que los miembros de la clase moralmente superior se encuentren de frente con una veintena de intelectuales, varios de ellos de probada hoja de servicios republicanos y democráticos, que abjuran de la República y aplauden a Franco, puede provocarles primero un shock de incredulidad y luego una reacción de ira. Quizás, ya que para Dios no hay imposibles, hasta una conversión.

Las 150 páginas que forman el capítulo “Republicanos contra la República” constituyen lo más escandaloso del libro. José Ortega y Gasset, que llamó a destruir la Monarquía; Gregorio Marañón, en cuya casa el conde de Romanones recibió el ultimátum dado por los republicanos al rey el 14 de abril; Miguel de Unamuno, que fue nombrado ciudadano de honor de la República; Clara Campoamor, que defendió el voto para la mujer… De ellos y de muchos más escritores, artistas y pensadores que hemos estudiado en el colegio Laínz aporta testimonios, primero, de desencanto con la República y, después, de miedo ante la amenaza marxista, de adhesión al alzamiento de julio de 1936 y de entusiasmo con las victorias del bando dirigido por el general Franco.

Hasta Francesc Cambó animó a sus correligionarios a colaborar en la victoria rebelde: “Tiene que haber vencedores y vencidos, y todos debemos desear que venzan los militares a pesar de las molestias que nos puedan causar”. Y dio ejemplo pagando con su inmensa fortuna un aparato de propaganda en Europa y un servicio de espionaje en Francia.

Las citas que reúne Jesús Laínz en este libro de 350 páginas deberían arrojar a la basura cientos de volúmenes producidos en las últimas décadas que pretenden presentar la Segunda República como “la primera democracia española” y la guerra civil como un enfrentamiento entre “demócratas y fascistas”, de la misma manera que habrían debido hacerlo la obra de Pío Moa y el 1936: Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular de Villa y Álvarez Tardío. Lamentablemente no ocurrirá así porque hay demasiados intereses creados, tanto en la política y el periodismo como en la universidad y el cine. Pero los lectores de La gran venganza ya disponen de material para ganar las repetitivas discusiones sobre la guerra civil con el cuñado progre o la becaria con aro en la nariz y pulsera tricolor.

Entre los muchos textos que reproduce el autor, recojo uno de Ramón Menéndez Pidal, escrito en 1940. Si bien reconoce que al volver a España “tenía alguna esperanza, aunque no mucha, de hallar en ella una atmósfera próxima a descargarse de los rencores que toda guerra civil deja tras de sí”, que se frustró enseguida, añadía que confiaba en que vendrían “tiempos sin odios en que nuestra España pueda ser una en los espíritus y grande en el esfuerzo”. Incluyamos como una de las obras exclusivas del PSOE y de ese PCE dibujado ahora en morado habernos hecho retroceder a los españoles a 1940. Las generaciones de la paz y la democracia nunca lo olvidaremos.


Izquierda y homofobia, por Fernando Paz

 

Fernando Paz

Razón Española


En las últimas cuatro décadas, la izquierda ha desarrollado insospechadas querencias y ciertas inimaginables amistades. Una de ellas es la que ha establecido con las organizaciones de homosexuales, en simbiosis mutua de la que se derivan beneficios para ambas partes. Funcionalmente, la parasitación de la homofobia permite a la izquierda reforzar el ascendente moral que ejerce sobre el conjunto de la sociedad, desde que pone en sus manos un instrumento inquisitivo que ha sido asumido como un elemento central discursivo del propio orden social.

En su momento, la izquierda prometió libertad, y el resultado fue el gulag. Se adueñó de la igualdad y erigió la sociedad más jerarquizada que ha conocido la historia. Se manifestó como pacifista, pero en sus ejércitos había que servir tres años. ¿Acaso en lo que hace a la homosexualidad ha venido siendo más honesta?

Los fundadores del socialismo científico, es decir, Marx y Engels, consideraron la homosexualidad como algo reprobable y hasta repugnante. Marx, para quien la primera de las certezas era que el capitalismo terminaría sus días hundido bajo el peso de sus contradicciones, se mostraba radicalmente contrario al maltusianismo y a las ideas de control poblacional. Por el contrario, cuanto mayor fuese el número de proletarios, más se agudizarían dichas contradicciones, hasta el punto de provocar la caída del sistema.

La homosexualidad no favorecía el aumento de población, y era vista como una consecuencia de la degeneración burguesa, del mismo modo que las prácticas abortivas o la drogadicción. Para Marx, todo lo que no fuesen relaciones entre hombres y mujeres era una aberración, de modo que «la relación de un hombre con una mujer es la relación más natural de un ser humano con un ser humano». (Varias décadas más tarde, el socialista alemán August Bebel insistiría en La mujer bajo el socialismo —la obra más leída por los militantes del SPD antes de la Primera Guerra Mundial— que «el crimen contra natura es patrimonio de la degeneración de las clases altas y burguesas»).

Engels, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, calificaba la homosexualidad como abominable y despreciable, además de monstruosidad moral. Ni Engels ni Marx dudaron en emplear la acusación de homosexualidad para desacreditar a algunos de sus enemigos.

«Exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá».

Después de la Primera Guerra Mundial, la izquierda desplegó una homofobia radical, ya que consideraba que fascismo y homosexualidad eran una misma cosa. De acuerdo a la psiquiatría clásica —y hasta 1990 según la OMS—, la homosexualidad obedecía a un infantilismo psíquico, fundamentado en el rechazo de la alteridad, el miedo a lo diferente. Se trataba de una suerte de fobia patológica. De modo que el hiperbólico nacionalismo característico del fascismo encajaba a la perfección con el paradigma psíquico de la homosexualidad. Para Wilhelm Reich, padre de la escuela psicosexual, «la homosexualidad sociológica y psicológicamente es una aberración de la derecha nacionalista y, sobre todo, fascista... contra la inmoralidad de los nazis, los antifascistas evocan su propia racionalidad y pureza».

La identificación de homosexualidad y fascismo se acentuó con el trascurrir del tiempo, y para comienzo de los años treinta, los marxistas ale-manes se mofaban de las notorias tendencias eróticas de muchos de los militantes nazis (especialmente las tropas de asalto, las SA). Los socialistas denunciaban con asiduidad el «peligro» que para los padres suponía dejar a los jóvenes en manos de los «pederastas de la Hitlerjugend»; el Münchener Post, escribió en 1931 una serie sobre Nacional Socialismo y Homosexualidad y Hermandad de Maricas en la Casa Parda. En la prensa de izquierdas, los chistes sobre la condición sexual de los nazis eran frecuentes. Acosados por este tipo de propaganda, los nazis llegaron a denunciar ante los tribunales a los socialistas cuando estos publicaron que el dirigente de las milicias nazis, Ernst Rühm —un notorio sodomita—, pagaba los servicios de prostitutos.

En 1934, el mismo año en que Stalin incluyó la sodomía como delito, el celebrado literato Maxim Gorki escribió en Humanismo Proletario: 

«Exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá». Hasta entonces, la homosexualidad era considerada una enfermedad en la URSS; desde marzo de 1934, el artículo 121 del código penal soviético recogía las penas a imponer por prácticas de este tipo: cinco años si la relación había sido consentida y hasta ocho si se trataba de un menor. Según el ambientalismo marxista, la homosexualidad era un vicio burgués; una «sociedad sana» no tenía sitio para tales personas. La homosexualidad pasó a ser definitivamente contrarrevolucionaria, de modo que unos 50.000 homosexuales masculinos fueron enviados al gulag por su condición a partir de los años treinta.

En 1950, se publicó un delirante volumen titulado La personalidad autoritaria, especie de obra colectiva dirigida por Theodor Adorno que apuntaba a que «el fascismo era la consecuencia de la educación en los valores tradicionales». Unos años después, Adorno incluso afinó en la idea psicosexual de que el fascismo consistía básicamente en la repetición en la edad adulta de pautas violentas aprendidas en la infancia: «los niños educados en hogares estrictos eran los fascistas del mañana». De este modo, se desplazó la consideración de la homosexualidad desde su originario carácter fóbico y patológico, hasta s.0 incardinación en una interpretación genéricamente hedonista del mundo y la existencia. Son ahora los valores tradicionales los que pasan a ser patológicos. Horkheimer, Adorno, Marcuse y otros exiliados socialistas alemanes (la Escuela de Frankfurt), utilizaron la nueva visión para cuestionar los fundamentos de la cultura occidental judeo-cristiana. Así, Lacan afirmaba que «no hay hombres ni mujeres, sino sólo sujetos, todos castrados, todos perdidos». Como las elites tradicionales no permitirían la sustitución de los valores dominantes, habría que realizar la labor a través de la ingeniería social (algo que ya había barruntado Gramsci un cuarto de siglo antes), lo que no excluía ningún género de medios a emplear. La escuela de Frankfurt rescatará lo posible del naufragio marxista, esencialmente el marxismo cultural. Aunque en principio Sartre —mascarón de proa del 68— no había rechazado la teoría psicosexual que identificaba al fascismo con la homosexualidad, pronto cambió de perspectiva, sumándose a la idea de que la génesis del fascismo era distinta a la de aquella. Lo que conocemos como sesenta y ochismo representa una mutación que pondría punto final a la ecuación fascismo-homosexualidad. El existencialismo, tras la Segunda Guerra Mundial, no abandonó su característica desesperanza anterior, pero sí la mimetizó con la felicidad a través de una alegría hedonista puramente epidérmica.

Vía de subversión de los principios tradicionales

Su oposición a los valores tradicionales, en fin, es lo que hizo que la homosexualidad dejase de ser considerada una patología y pasara a convertirse, en el marco de unas sociedades hipersexualizadas, en una eficaz palanca de destrucción de los fundamentos tradicionales de la cultura occidental.

Como la evolución de la izquierda no se produjo de modo homogéneo, mientras en Europa y EE.UU. era reconsiderada y examinada desde una nueva perspectiva, en la Cuba revolucionaria la homosexualidad se perseguía duramente. Tras la revolución, los homosexuales fueron obligados a abandonar sus trabajos, sobre todo los relacionados con el mundo de la cultura. Se desarrollaron juicios públicos en los que debían admitir sus vicios e inclinaciones sexuales; eran repudiados por la comunidad y pasaban a ser considerados contrarrevolucionarios.

A partir de 1965, los homosexuales eran enviados a las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en las que eran vejados hasta lo indecible. Cuando la presión internacional puso fin a aquella organización en 1967, los presos fueron distribuidos por otros campos. Uno de estos campos fue el de la Isla de los Pinos, donde los presos trabajaban desnudos y los más rebeldes se veían obligados a cortar la hierba con los dientes. Al mezclar a los homosexuales con los comunes, los primeros —como muchos otros presos— se vieron obligados a embadurnarse con excrementos humanos para evitar las brutales violaciones que los comunes gustaban de perpetrar.

Desde entonces hasta este momento no ha cesado la persecución de homosexuales en Cuba, si bien se ha disfrazado convenientemente a fin de no alarmar a la permanentemente estrábica «comunidad internacional». Por ejemplo, en 1988 se llevaron a cabo redadas masivas con la justificación de que se trataba de identificar a los infectados de SIDA. Y en junio de 2010 aún se producían detenciones, a razón de treinta por día sólo en la ciudad de La Habana.

Ante estos hechos, es curioso que muchos de los activistas homosexuales más notorios en Occidente, en Europa y, por supuesto, en España, apenas abran la boca para emitir protesta alguna o, en todo caso, lo hagan de modo muy genérico y evitando todo compromiso.

viernes, 4 de junio de 2021

El sexo que llevó al III Reich

 

La República de Weimar fue uno de esos momentos estelares en la historia de la humanidad en la que en apenas unos años se produjo una gigantesca eclosión científico-político-cultural en la que lo mejor se juntó con lo peor y que, finalmente, predispuso a una mutación total y radical que llevó al III Reich. Las bases de este impulso, por supuesto, existían antes de la I Guerra Mundial pero las condiciones de inestabilidad, tensión, crisis permanente, agitación e inseguridad que aparecieron después (y en cierto sentido se mantuvieron a lo largo de toda la conflictiva vida de Weimar) parecieron favorecer a este movimiento de renovación uno de cuyas columnas centrales fue la modificación de los hábitos sexuales, tema que vamos a tratar en este artículo.

Cuatro años de guerra habían modificado profundamente la forma de ver la vida, el mundo y la sexualidad por parte de los jóvenes. Muchos de ellos habían caído en los frentes sin conocer los placeres del sexo. La guerra demostró a todos la impermanencia de lo humano, su fragilidad y la necesidad de vivir intensamente y sin tiempos muertos o de lo contrario, en cualquier momento un fragmento de metralla, una ráfaga certera o un disparo perdido podrían interrumpir banalmente la existencia. En los cerebros de toda una generación se habían producido inevitablemente estos pensamientos durante su tiempo de permanencia en las trincheras, en los hospitales del frente o durante los breves permisos en la retaguardia. Si la vida es breve, y todo es “vanidad de vanidades”, pasajero y puntual ¿por qué no disfrutar de los placeres de la vida “sin trabas y sin tiempos muertos”?

El problema era que el “antiguo régimen” se caracterizaba por un recato y unas actitudes pacatas que no dejaban mucho margen para vivir intensamente la sexualidad. Gozar no estaba bien visto. Así pues, hubo que esperar hasta noviembre de 1918 para que el shock de la derrota descompusiera los fundamentos de la sociedad y fuera posible vivir la sexualidad de otra manera. Una de las primeras consecuencias de la caída del Káiser fue la abolición de la censura. Entonces irrumpió la modernidad y esto implicaba, fundamentalmente dos cosas, apreciar la “libertad individual” (aceptar la democracia formal como la mejor forma de organizar una sociedad) y “vivir intensamente y sin inhibiciones el sexo” (rechazar cualquier cortapisa al principio del placer).

Algunos “reformadores sexuales” que aparecieron en los primeros años de la República introdujeron otro elemento en la ecuación: la sexualidad se vivía individualmente pero también dentro del marco de la sociedad, por tanto, había en ese impulso algo que trascendía lo privado y que, por tanto, debía tener una dimensión social. Y, por curioso que pueda parecer, esta opinión apareció en la derecha, en el centro y en la izquierda, como veremos.

En la izquierda esta idea se extendió de la mano de socialdemócratas con Hirschfeld (fundador del Instituto de Investigaciones Sexuales) como entre los comunistas con Wilhelm Reich. A pesar de la tradicional austeridad en materia sexual del Partido Comunista (KDP) que consideraba oficialmente que determinadas formas de sexualidad eran “residuos pequeño-burgueses”, en ese entorno apareció el Movimiento para la Reforma Sexual cuyo lema era “Tu cuerpo te pertenece”. Mientras la derecha (Theodor Hendrich van Welde, autor de tres gruesos volúmenes dedicados a una vida sexual placentera y ordenada el primero de los cuales se titulada El matrimonio ideal) se limitaba, en su habitual conservadurismo, a procurar extraer el máximo placer dentro del matrimonio, la izquierda solía aludir a la “miseria marital”, a la “crisis de la familia” y a la “miseria sexual”.

La guerra había provocado un desequilibrio sociológico en la sociedad alemana: en 1925 existían 1075 mujeres por cada 1000 hombres. Para colmo, la crisis de la superinflación que apareció a principios de los años 20 y que se reavivaría con la crisis mundial de 1929, generó el que las tasas de natalidad fueran extremadamente bajas, las más bajas de toda Europa en 1933, apenas 14,7 nacimientos por cada 1.000 habitantes. El 25% de los berlineses, ni tenía hijos ni quería tenerlos voluntariamente y para ello utilizaban entre 80 y 90 millones de preservativos al año. Por si esto fuera poco, el número de abortos ilegales pasó a ser de 1.000.000 anual sobre 32.000.000 de mujeres. El hecho de que buena parte de estos abortos se realizaran en condiciones higiénicas lamentables que provocaban la muerte de entre 4.000 y 12.000 mujeres al año, mientras otras 50.000 sufrían problemas de salud relacionados con la intervención.

La homosexualidad que hasta ese momento había estado contenido y era prácticamente invisible aumentó, aunque no se dispongan hoy de cifras seguras. Hirschfeld, uno de los gurús socialdemócratas de la sexualidad de Weimar, recomendaba prácticas sexuales imaginativas incluidas la homosexualidad. Incluso los “reformadores sexuales” de derechas, decían creer en el matrimonio, pero no en la monogamia. Para estos, las relaciones sexuales prematrimoniales debían mostrar si la pareja se “acoplaba” bien y, cuando lo habían comprobado, se trataba de obtener el máximo placer en el interior de la pareja. La izquierda, por supuesto, iba mucho más allá. Wilhelm Reich, que en aquel momento compartía las doctrinas psicoanalíticas de Freud, sostenía que la “represión” sexual había destrozado la estabilidad mental de los trabajadores y que la única terapia consistía en adoptar una vida sexual gratificante pues, según él, la “represión” era el recurso del capitalismo para paralizar y contener a la clase obrera. Si ésta quería ser dueña de su destino debía proceder, no solamente a una “liberación de clase” mediante la revolución proletaria, sino también a la terapia psicoanalítica. La primera aboliría la represión de clase que la burguesía ejercía sobre el proletariado, la segunda llevaba a la “liberación sexual”.

La sociedad alemana –siguiendo la tesis de Freud- había experimentado durante la guerra el principio del Thanatos (de la muerte) y solamente podía liberarse absorbiendo hasta las heces el principio del Eros (del placer). Theodor Hendrick, el teórico de la sexualidad marital de derechas, reconocía que la familia era la célula básica de la sociedad, pero, al mismo tiempo que el matrimonio podía llegar a ser para algunos un infierno. La clave de la vida feliz –u él estaba convencido de que la felicidad en el matrimonio existía- consistía en reconducir la sexualidad hacia el paraíso. En sus investigaciones había observado que muchas mujeres casadas no experimentaban ningún placer en las relaciones con sus maridos y que estos también habían caído en el aburrimiento y la rutina recurriendo a prostitutas, amantes o simplemente a la masturbación y se decía que la clave para una relación duradera era que ambas partes, marido y mujer, obtuvieran placer.

Hendrick, como decíamos, era un liberal de derechas y por tanto veía cierta relación “jerárquica” en la pareja: el marido, decía, debía ser el “educador” de la mujer, de su propia mujer y debía de darle la mano para recorrer con ella el camino que llevaba al placer. Confiaba, como todos los “terapeutas sexuales” de Weimar que la ciencia era quien debía marcar el camino hacia el placer teniendo en cuenta las características fisiológicas de las partes y las técnicas más adecuadas para dar placer. El orgasmo simultáneo marcaba la cima de la perfección de las relaciones maritales. Había observado que la culpa de que muchas mujeres no experimentaran placer en sus relaciones sexuales era por la tensión que les ocasionaba el coitus interruptus, unido a que los maridos no sabían utilizar las “técnicas sexuales”. Y allí estaba Hendrick y demás “reformadores sexuales” para difundir con su verbo misionero la buena nueva de una sexualidad sana y placentera.

Muchos de ellos creían que la respuesta a los males de la sexualidad occidental vendrían resueltos por las ideas recogidas por antropólogos y sociólogos entre las tribus primitivas o los aborígenes del Pacífico (estudiadas a través de los trabajos de Malinovsky), otros pensaban que había que recurrir a refinamientos orientales (el Kama-Sutra acababa de ser traducido y también había llamado la atención de la sociedad alemana anterior al conflicto bélico el descubrimiento de la institución japonesa de las Geishas o las prácticas sexuales árabes o propias del sudeste asiático. No solamente la mujer debía de aprender determinadas técnicas para dar más placer al varón, sino que éste debía hacer otro tanto, modificando sus hábitos y considerando que el placer no era cosa de uno, sino de dos, puntos en los que coincidían todos los “reformadores sexuales” de Weimar era en creer que el Estado debía de tomar cartas en el asunto.

Fue durante la República de Weimar cuando se introdujo la idea de que era necesario que existiera una educación sexual en las escuelas. A través de la educación sexual el Estado debía recomendar prácticas sexuales que llevaran a la felicidad individual y conyugal. Este planteamiento quedaba todavía más reforzado por el hecho de que en los años 20 las enfermedades venéreas y las psicopatías sexuales se habían enseñoreado de la sociedad. Sin excepción, todos estos problemas eran tratados en la amplia literatura que se generó a derecha e izquierda en la República de Weimar. La izquierda, por supuesto, insistía resaltando las dificultades económicas que encontraba la clase obrera en el ejercicio de una sexualidad placentera. La derecha, por su parte, buscaba contener el placer en el interior de la célula familiar. Sin embargo, la diferencia entre unos y otros consistía en que entre los medios de la izquierda, existían muchas mujeres que se habían sumado al movimiento, mientras que en la derecha el movimiento era algo protagonizado solamente por varones.

La sífilis estaba extraordinariamente extendida y era solamente una de las muchas enfermedades sexuales que transmitían las prostitutas (y de ahí se extendía a toda la sociedad); la impotencia también era el pan de cada día. La pauperización de la clase obrera contribuía a aumentar su miseria sexual. Viviendo en barrios hacinados, dentro de pisos minúsculos en los que era imposible disfrutar de una sexualidad plena unido a la falta de intimidad, con las mujeres constantemente embarazadas o trabajando fuera del hogar, la clase obrera parecía vivir una situación dramática que le impedía el acceso al placer. Por eso los “reformadores sexuales” de izquierda consideraban que la revolución sexual y la revolución social iban de la mano y que no podía darse una sin la otra.

Los medios de comunicación weimarianos también pusieron su granito de arena a la hora de definir una nueva sexualidad. Las varias decenas de títulos de la cadena de prensa Ullstein (sobre la que Arthur Koestler en sus memorias da abundantes datos en la medida en que desde muy joven fue uno de sus corresponsales) crearon el arquetipo de la imagen de la “mujer moderna” que tanto habría de influir posteriormente en toda Europa. Hay que decir, que los propietarios de cadena fueron muy criticados por el NSDAP en la medida en que eran judíos alemanes.

El ideal femenino weimariano: la “mujer moderna”

La “mujer moderna” tenía unos rasgos taxonómicos inequívocos: era atractiva, esbelta, la práctica del deporte (especialmente del tenis y la natación) le proporcionaban un cuerpo atlético y atractivo; ya no lucía melena recogida, sino un pelo corto casi varonil. Carecía por completo de instinto maternal o al menos las publicaciones de los Ullstein no se lo atribuían. El arquetipo, abundantemente fotografiado en los magazines ilustrados, mostraba inevitablemente a una mujer de clase media o acomodado, que trabajaba fuera del hogar en el mundo de la cultura o en oficinas y que no tenía inconveniente –importante novedad en la época- en salir sola o bien en grupo de mujeres. Tenía independencia económica y recurría a hombres solamente cuando experimentaba la necesidad del contacto. Políticamente era progresista o “centrista”. Creía en la democracia traída por la República y en la igualdad de derechos con el varón. 

Naturalmente, el arquetipo era una falacia que correspondía solamente a unos pocos miles de mujeres. En su mayoría la mujer weimariana distaba mucho de este ideal y del arquetipo pintado en las publicaciones de la cadena Ullstein que correspondía al ideal de la “mujer moderna” de derechas. Ciertamente, la mujer se había incorporado al mundo del trabajo durante la guerra europea, pero en 1925 una estadística demostró que a pesar de que un tercio de las mujeres alemanas trabajaba por cuenta ajena, habitualmente en fábricas insalubres o en oficinas, casi siempre lo hacía en puestos subalternos y percibiendo unos salarios extraordinariamente bajos. Esto permitió que los comunistas construyeran otro arquetipo de su “mujer ideal” de izquierdas.

Ésta era una mujer que no se cuidaba tanto de su apariencia externa. Solía vestir mono de trabajo y se la representaba manejando la cuba de un alto horno o cuidando de una máquina industrial. Si la mujer de derechas se peinaba “a lo garçon” y utilizaba prendas masculinas (pantalones y americanas estilizadas), la mujer de izquierda también incorporaba a su imagen el mono propio de los trabajadores y el pelo recogido. La mujer de izquierdas se presentaba en las publicaciones comunistas como comprometida con la causa del proletariado, a diferencia de la mujer de derechas que apenas lo estaba con la de Weimar y la democracia republicana. En Weimar no se inventó lo “bisex”, pero si apareció una tendencia a asimilar mujer a varón en su imagen externa.

El ideal de belleza masculina

¿Y cómo era el arquetipo del varón weimariano? También aquí se produjo otra novedad. Mientras que hasta ese momento nadie se había atrevido a hablar de la belleza masculina” y cualquier cosa que supusiera el que el varón se cuidaba de su aspecto físico, era considerado como sospechoso de homosexualidad o, lo que era lo mismo en la óptica de la época, de debilidad, lo cierto es que distintas publicaciones del período weimariano no dudaron en difundir un ideal de belleza masculina que interesó algo más a la derecha que a la izquierda. Y es que los ideales de la belleza masculina eran tipos habitualmente identificados con la óptica de derecha.

Stephan Zweig se sorprendía de que en apenas 15 años (desde principios de siglo hasta el final de la I Guerra Mundial) la sociedad alemana hubiera cambiado tanto. Recordaba sin ninguna nostalgia especial bien es cierto a las mujeres encorsetadas, utilizando canesús y miriñaques que recorrían los barrios acomodados alemanes en 1905 y las comparaba con la “mujer moderna” que parecía recorrer la Unter den Linden en 1920. Era todo el símbolo del tiempo nuevo que había sustituido a la vieja Alemania decimonónica. Esta visión era suficiente como para que Zweig se reconfortara pensando que todo estaba cambiando.

Los dolores de la guerra y el trauma de la derrota habían exorcizado todo lo que el Antiguo Régimen parecía representar. Además habían aparecido medios de comunicación nuevos e incluso los ya existentes como la prensa se beneficiaban de la incorporación de ilustraciones cada vez más perfectas que exhibían arquetipos de la belleza femenina y también masculina. La fotografía y el cine (que en Weimar adquirieron un desarrollo extraordinario) contribuyeron a esta renovación de la estética masculina y femenina. Pero también el auge de los deportes (que siempre había estado presente en Alemania desde el último tercio del siglo XIX) y entre ellos del boxeo que mostraba cuerpos desnudos y rostros sudorosos de varones agresivos. Además, habían llegado de los EEUU en los furgones de los vencedores, nuevos ritmos (el jazz, el fox, el charlestón…) que obligaban a los cuerpos a moverse y adoptar posturas y gestos que encerraban contenidos eróticos. Las bailarinas de revista, tan habituales en los miles de cabarés berlineses –a imitación de las hileras de coristas del Cotton Club neoyorkino- parecían responder muy bien al espíritu de la época, pero también a las tradiciones prusianas de disciplina. Tal como observó el filósofo y sociólogo Sigfried Kracauer, aquellas coristas no eran sino una deformación del arquetipo prusiano: iban de uniforme (quizás no con galones y guerra, sino con corpiños y mallas), evolucionaban en el escenario como una tropa en formación y, para colmo, tenían tendencia a levantar sus piernas uniforme y rítmicamente como si estuvieran desfilando al paso de la oca. Militarismo prusiano y sexualidad norteamericana confluyeron en los escenarios weimarianos y explican quizás porqué aquella época marcó el paraíso de la revista, los espectáculos de cabarets y la aparición de los primeros locales similares a nuestras actuales discotecas.

La guerra había dejado miles de minusválidos recorriendo las calles alemanas. Antiguos soldados del frente a los que las balas y la metralla enemiga había amputado piernas y brazos, cuyos rostros estaban deformados por el fuego, las heridas o las quemaduras, eran un penoso espectáculo que estaba presente día a día en las calles de la República y en todos sus barrios. Nadie podía huir de aquella realidad, pero si enmascararla refugiándose en el concepto de belleza idealizada que se pretendía encontrar en las salas de fiestas, en los espectáculos y en los medios de comunicación. Por tanto, no puede extrañar que incluso la “belleza masculina” estuviera presente en Weimar y en sus medios de masas.

Los Ullstein explotaron este filón que sabían que atraería a lectoras. Los actores a lo Paul Richter (que entre otros filmes había encarnado al Sigfrido de Die Nibelungen Fritz Lang) encarnaban un ideal “germánico” de belleza masculina que se complementa con la de deportistas como el boxeador Max Schmelling, considerado como un derroche de masculinidad agresiva que volvía locas a las “mujeres modernas” de la época (y a algunos hombres…). Schmelling (que luego sería paracaidista de la Luftwaffe durante la guerra y su imagen difundida por la propaganda de Goebels, debió abandonar el boxeo a causa de haberse roto los tobillos en un salto durante la batalla de Creta), boxeador de éxito y campeón mundial de los pesos pesados, era el arquetipo del héroe y del luchador real que tanto agradaba a la derecha. Era además, el triunfador, la imagen de la nueva Alemania que se inició en Weimar y que el nacionalsocialismo exaltó hasta la saciedad especialmente en las Olimpiadas de Berlín y en las películas de Leni Riefenstahl.

El ideal masculino en Weimar mostraba a un hombre sereno, misterioso, repeinado, destilando encanto y sensualidad, elegante y directo, destilaba una mezcla de firmeza y ductilidad, decisión y virilidad. Así era Richte en sus filmes. En el otro extremo estaba Schmelling cuyas fotos sugerían fuerza, vitalidad, sudor, brutalidad, erotismo salvaje y poder. Entre ambos extremos discurrió el ideal de belleza masculina en Weimar.

El movimiento nudista

Hubo un hombre llamado Hans Surén. Era hijo de un capital del Estado Mayor y él mismo ingresó en el ejército. En 1905 había alcanzado el grado de teniente y fue uno de los primeros aviadores militares del ejército del Káiser. Antes de la I Guerra Mundial había sido destacado al Camerún en donde fue capturado por los ingleses pasando un cautiverio de tres años. Tras acabar la guerra siguió en el ejército y en 1919 tomó parte en los combates que tuvieron lugar en el sur de la URSS alcanzando el rango de mayor. Aprendió durante su período de prisionero de guerra la importancia del deporte para mantenerse en forma. Practicó remo, boxeo, lucha libre, esgrima, levantamientos de pesas y gimnasia sueca. Era un individuo austero que por las noches gustaba realizar atletismo desnudo en los campos. Cuando se casó en 1920 ya había asumido el nudismo como ideal.

Hacia 1924 ya tenía claro su programa de actividades para llevar a cabo una vida sana, natural y sexualmente plena y lo expresó en su obra Der Mensch und die Sonne, literalmente El hombre y  el Sol. Hay en ese trabajo algo de mística de los Wandervogel (los “pájaros errantes” que habían aparecido antes de la guerra en Alemania como movimiento de la protesta de la juventud algunas de cuyas ramas de orientaron hacia el paganismo y el nudismo), pero también de los “reformistas sexuales” que aparecieron en Weimar. El libro obtuvo un gran reconocimiento en Alemania y en todo el mundo. La obra trataba sobre el arte de vivir al aire libre, acompañado del sol (de quien se recibía la vitalidad) y del deporte (que proporcionaba la fortaleza); ambos elementos daban proporcionaban belleza al cuerpo. Para Surén los cuerpo humanos, masculinos y femeninos, deben ser fuertes, bronceados y fibrados. El nudismo y la gimnasia son elementos esenciales para alcanzar la perfección corporal que, tal como se creía en el mundo clásico, era el mejor reflejo de una mente sana. El Sol (con mayúsculas) era el aliado de los humanos para perseguir este objetivo y el nudismo la mejor forma de absorber su energía. Su libro empezaba así: “¡Salve a todos los que amáis la naturaleza y la luz del sol! Bienaventurados vosotros que marcháis por campos y praderas, por valles y colinas (…) Una maravillosa sensación de libertad fluye en vuestro interior y exultáis con el ejercicio! (…) Nuestra desnudes natural encierra algo puro y sagrado. Sentimos la maravillosa revelación de la belleza y la fuerza de nuestro cuerpo desnudo, transfigurado por la divina pureza que resplandece en la mirada abierta y límpida que revela toda la profundidad de un alma noble en busca de algo (…) Salve a todos los que aman el sol desde su desnudez natural y saludable”. Así empezaba el libro de Surén, resumiendo su contenido. Desnudez, belleza, ejercicio, salud, son las claves de la alegría de vivir para Surén.

La segunda obra de Surén apareció en pleno régimen nacionalsocialista. En él abundan las citas al Mi Lucha de Hitler. Hacía tiempo que se había sumado al NSDAP y asumido sus tesis especialmente en lo que se refiere a la raza y a las técnicas eugenésicas de mejora de los arquetipos raciales.  A pesar de que sectores del NSDAP se mostraban contrarios a las prácticas nudistas de Surén (Goering, por ejemplo, era uno de sus críticos más demoledores), lo cierto es que en las publicaciones de propaganda del III Reich (en la edición española de la revista Signal, por ejemplo), la publicación de fotos de mujeres desnudas era habitual (y sorprende que en los años 40, en un momento en que la influencia del nacional-catolicismo en España estaba en su cenit, se difundieran estas publicaciones, las primeras que mostraron cuerpos desnudos de mujeres durante el período franquista).

A pesar de que Surén se declaraba heterosexual es cierto que sus trabajos excitaron la homofilia y que, en sus obras, las fotos de varones desnudos son extraordinariamente significativas y decían mucho sobre sus fantasmas ocultos. A decir verdad, había algo enfermizo no tanto en la obra de Surén como en él mismo. En 1942 fue detenido por la policía por masturbarse en público, excluido del NSDAP y multado, pasando los últimos años del III Reich en la cárcel de Brandeburg…

El caso de Hans Surén no era único, en la Alemania Weimariana el movimiento por la “reforma sexual” y el movimiento nudista iban de la mano. Si bien algunos sectores de la república eran admiradores de la vida ciudadana, del vértigo de las grandes ciudades y de la frialdad de las construcciones de acero, vidrio y cemento, otros seguían la tradición de los Wandervogel y apostaban por las excursiones al campo, el paseo por los bosques y las caminatas de uno a otro monumento ancestral como formas para reponer energías. La extrema izquierda, la socialdemocracia, los partidos del centro, la derecha y, por supuesto, el NSDAP compartían estas tendencias y todos ellos albergaban en su interior asociaciones deportivas y gimnásticas que estimulaban la práctica del deporte.

Es significativo que en la propaganda política de todos los partidos weimarianos, se tendiera a representar al adversario –fuera cual fuese- con los rasgos depravados y deformes, mientras que se atribuía a los propios militantes características de belleza y perfección física. Había un trasfondo sexual en todo ello. El enemigo, además de ser depravado, malvado, feo… tiene los rasgos de un acosador sexual que intenta lacerar la belleza. Así fueron presentados los judíos en la propaganda de Streicher y, por supuesto, los partidos de la derecha en las hojas del KDP o del SPD. La derecha y especialmente el NSDAP cargaron las tintas cuando se produjo la ocupación del Ruhr. Buena parte de las tropas que penetraron en aquel momento en Alemania eran fuerzas coloniales francesas procedentes de países africanos. Era inevitable que la propaganda nacionalsocialista los presentase como gorilas primitivos capaces de cualquier brutalidad. Así mismo, la propaganda de reclutamiento de los Freikorps insistía en la virilidad y la belleza de sus combatientes. Incluso los grabados de Sluyterman von Langeveyde muestran una singular tendencia a exaltar la belleza natural de los combatientes y no digamos los carteles de reclutamiento que suelen mostrar a soldados tocados con el casco de acero en actitudes marciales que emanan cierto erotismo. Quizás era esta la forma para olvidar la tristeza de la derrota, la miseria de los cuerpos mutilados que deambulaban por las calles de Alemania y la frustración generada por la doctrina de la “puñalada por la espalda”.

Hubo mucho equívoco sexual en la Alemania weimariana. Cualquier negativa a tener una relación sexual suscitaba inmediatamente una serie de letanías: “eres una reprimida”, “no has logrado emanciparte de tus prejuicios”, “vives en el antiguo régimen”, etc. En una mala lectura de las obras de Freud, Reich, Rank, y demás psiquiatras, cualquier negativa podía ser interpretada en clave psicoanalítica y evidenciar supuestas inhibiciones y traumas. Abundó en este sentido la presión psicológica surgida de la charlatanería seudo-psiquiátrica que indujo a muchas mujeres a revolverse contra esta dialéctica. El feminismo de la época reaccionó contra esta tendencia y denunció las “nuevas estratagemas” del varón para alcanzar el coito sin que a mujer lo deseara verdaderamente. En realidad, lo que estaba ocurriendo es que el tránsito de la sexualidad tradicional del período “wilhelmino” a la nueva sexualidad del período “weimariano” había tenido lugar demasiado aceleradamente y se había filtrado demasiada escoria. Algunos intelectuales de la época denunciaron el fenómeno. Kracauer, por ejemplo, denunció la obsesión por las apariencias física y por la perfección corporal y lo consideró como un reflejo del “carácter represivo e injusto de la modernidad capitalista en la fase del consumo de masas”.

Las iglesias católica y protestante se situaron también en la oposición a la nueva sexualidad pero desde el punto de vista conservador. No negaban la necesidad de una vida sexual sana, pero si temían que desembocara en un hedonismo que olvidara que en su concepción el papel sagrado de la familia era la procreación. Además, estas confesiones se alarmaron al conocerse, a mediados de los años 20, las dimensiones del número de divorcios y de abortos que estaban proliferando y que para ellos era sinónimo de inmoralidad y decadencia. Los “reformadores” les contestaban que la novedad de la nueva sexualidad que recorría Alemania consistía en haber desvinculado la “propagación de la vida” de la “alegría de vivir”… lo que implicaba reconocer que la sexualidad era importante no solamente por lo que contribuía a la procreación, sino también porque proporcionaba placer y uno era independiente del otro. Por extraño que parezca esa idea que hoy es unánimemente aceptada, se teorizó por primera vez en Weimar.

La república fue uno de aquellos momentos en los que una sociedad pareció sincerarse consigo misma. Los alemanes reconocieron que las restricciones a la sexualidad de las que habían hecho gala hasta ese momento les generaban más problemas y tensiones interiores que otra cosa. Fueron, acaso por primera vez en la modernidad, conscientes de que una vida sexual sana y plena tiende a estabilizar al resto de la personalidad y acertaron a la hora de reconocer el papel importante de la sexualidad en la constitución e lo humano. Tuvieron razón en denunciar la hipocresía que rodeaba a las concepciones burguesas de la sexualidad y aspirar a una salud y a una higiene sexual desconocida hasta entonces. Lo que estaban cuestionando los “reformadores sexuales” de Weimar era a la sociedad burguesa y a sus prácticas. Todo eso, como hemos dicho al principio fue inseparable del trauma que supuso la guerra y su catastrófico final.

La sexualidad tal como la conocemos hoy empezó en Weimar. Pero también puede formularse una crítica a estas posiciones. El “principio del placer” quedó situado en la cúspide de todos los valores y esto llevó a una oleada de hedonismo y de subordinación de cualquier otro valor a la tiranía del eros. Weimar, contribuyó a dar el primer paso para absolutizar el principio del placer y convertirlo en el eje de las búsquedas personales para muchos. No era algo que no se intuía en los EEUU desde antes de la I Guerra Mundial, pero si es rigurosamente cierto que en Weimar esta tendencia a liberar el sexo de cualquier atadura y absolutizarlo encontró a sus primeros teóricos e intelectuales. De hecho, en Weimar encontramos una mezcla de espíritu de renovación viciado por la importación de usos y costumbres procedentes de los EEUU que nada tenían que ver con la tradición europea. Quizás por esto, las concepciones weimarianas sobre la sexualidad escaparon pronto a todo control. Y entonces llegó el nacionalsocialismo.

El NSDAP era una mezcla de distintas tendencias políticas reunidas todas bajo la jefatura indiscutible y la personalidad carismática de Hitler. También en materia sexual el NSDAP era un amasijo de tendencias contrapuestas, con la diferencia de que Hitler nunca pareció tener una opinión concreta sobre la sexualidad (y si la tuvo no la divulgó). Hitler era uno de esos tipos históricos para los cuales la sexualidad parece no existir y que canalizan todas las energías que el hombre común encauza hacia la sexualidad, en dirección a otros fines. Esto creaba un vacío que hizo que la política sexual en el III Reich adquiriera rasgos relativamente contradictorios.

De un lado se reforzó el concepto de familia tradicional, se estimuló la natalidad y se tendió a que las familias fueran estables. El número de divorcios y abortos disminuyeron. También las distintas organizaciones del partido tendieron a favorecer las políticas eugenésicas e incluso, se favorecieron los matrimonios entre hombres y mujeres que respondían al arquetipo del ideal “germánico” tal como se concebía (el famoso proyecto Lebensborn), es decir, piel blanca, alta estatura y ojos y cabellos rubios o claros.

En general, las autoridades nacionalsocialistas solamente restringieron la actividad de los “reformadores sexuales” en la medida en que estaban vinculados a proyectos de izquierda y extrema-izquierda. En absoluto se favoreció una moral sexual restrictiva, ni se prohibieron lo que algunos hubieran podido considerar como muestras pornográficas: los espectáculos de cabaret y revista prosiguieron, se restringieron eso sí las publicaciones consideradas inmorales y que difundían mensajes contrarios a la integridad del Reich pero ni siquiera se restringieron las películas pornográficas que siguieron filmándose incluso tras el inicio de la guerra y en el Bundesfilarchiv de la República Federal Alemana han quedado muestras suficientes para atestiguarlo. El nudismo estuvo presente bajo el III Reich sin más restricciones que las derivadas de la “higiene racial”. Otro tanto ocurrió con la difusión de desnudos masculinos y femeninos en revistas gráficas, incluso de propaganda, que como hemos apuntado anteriormente, se difundieron con naturalidad.

Entre 1918 y 1933, en los apenas quince años que duró la república de Weimar, la problemática sexual estuvo muy presente y frecuentemente atrajo la atención de los medios y de las gentes. Lo mejor, como hemos visto, se juntó con lo peor y lo mismo ocurrió en otras ramas de la  sociedad weimariana en diferentes artes y manifestaciones culturales e incluso en la política. Cuando se produjo el advenimiento del III Reich todo esto quedó tamizado por las conveniencias de la política nacionalsocialista: aquello que contribuía a reforzar su concepción de la vida, del mundo, de la estética y de la sexualidad, sobrevivió, aquello que estaba ligado a movimientos de izquierda y de extrema-izquierda desapareció. Reformadores sexuales como Wilhelm Reich debieron abandonar Alemania y siguieron defendiendo sus principios desde los EEUU.

La sexualidad en los doce años que duró el nacionalsocialismo en el poder no fue muy diferente de la tendencia iniciada en Weimar: en el fondo, el Reich, con sus políticas sociales y de natalidad, con sus centros Lebensborn, con su exaltación de la belleza masculina y femenina y sus arquetipos de perfección racial, con sus tendencias neopaganas y su culto a la naturaleza, no podía sino seguir una tendencia muy desinhibida en lo sexual. La sexualidad en el Reich, en definitiva, no fue sino la sexualidad de Weimar depurada de sus componentes anárquicas, libertarias y de las interpretaciones psicoanalíticas que se les antojaban producto de la “teorización judía” sobre el psicoanálisis.

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