domingo, 11 de abril de 2021

Cómo España evitó entrar en la Segunda Guerra Mundial

En 1972, Franco recibió a un prometedor político norteamericano, Ronald Reagan, gobernador de California. Ambos destacaron por su anti-comunismo. (FNFF)

 

Desde noviembre de 1933 el centro derecha gobernaba la II República española. En diciembre, los anarquistas protagonizaron una sublevación armada con un balance de 75 muertos y 101 heridos, entre los insurrectos, y 11 guardias civiles y 3 guardias de asalto muertos y 45 y 18 heridos respectivamente. En octubre de 1934 el Partido Socialista comenzó una revolución violenta de inspiración bolchevique con especial virulencia en Asturias con apoyo de los anarquistas de la CNT. Simultáneamente Esquerra Republicana, liderada por Lluís Companys, se alzó en armas en Barcelona y proclamó la independencia de Cataluña. Según el historiador Julián Casanova, durante los combates murieron 1.100 personas entre las que apoyaron la insurrección, además de unos 2.000 heridos, y hubo unos 300 muertos entre las fuerzas de seguridad y el Ejército. 34 sacerdotes y religiosos fueron asesinados. En toda España fueron encarcelados más de treinta mil revolucionarios y miles de obreros perdieron sus puestos de trabajo.

En febrero de 1936 se celebraron elecciones parlamentarias en las que se alzó con el poder de forma ilegitima el Frente Popular, como ya advirtió en sus memorias el entonces presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, y recientemente han demostrado los historiadores Álvarez Tardío y Roberto Villa, gracias a la falsificación de las actas de muchas mesas electorales en diversas provincias.

Entre febrero y julio de 1936 se produjo un proceso revolucionario “desde arriba” que aspiraba a conseguir por otros medios la revolución violenta fallida en octubre de 1934 y de la que se ha hablado en otros trabajos de este libro. La violencia se adueña de las calles y campos de España entre febrero y julio de 1936. A continuación, damos una relación de datos de los efectos producidos en los desmanes.

  • Iglesias totalmente destruidas: 160
  • Ataque a iglesias: 251
  • Muertos por atentado: 269
  • Heridos: 1.287
  • Agresiones: 215
  • Atracos: 312
  • Centros clausurados por orden gubernativa: 7
  • Centro de derechas asaltados destruidos: 69
  • Centro de derechas asaltados: 312
  • Huelgas generales: 113
  • Huelgas parciales: 228
  • Periódicos destruidos: 10
  • Asaltos a periódicos: 33
  • Bombas: 146 + 78 sin explotar

Mientras que el Gobierno republicano buscó apoyos en la Unión Soviética de Stalin y el Frente Popular francés, la España nacional los encontró en Alemania e Italia

Un grupo de militares, apoyados por una parte de la sociedad, proyectó un golpe de Estado para reconducir la República a sus cauces democráticos. El golpe fue un fracaso. Se iniciaba así una guerra civil que había de durar tres años y en la que ambos bandos se radicalizaron como consecuencia de la dureza que implica todo conflicto civil de la naturaleza del que asoló España.

La URSS, principal suministrador de material bélico 

Mientras que el Gobierno republicano buscaba apoyos en el exterior, encontrándolos principalmente en la Unión Soviética de Stalin y en el Frente Popular francés, la España nacional encontró ayuda en Alemania e Italia en el verano de 1936, antes de que Franco fuese nombrado jefe del Estado y Generalísimo el 1 de octubre de ese año. Comenzaba una intervención limitada de las naciones autoritarias de Europa en apoyo de uno y otro bando. Voluntarios comunistas, Brigadas Internacionales, reclutados por Stalin entre sus partidarios de todo el mundo, vinieron a luchar a España en apoyo del Frente Popular. Hitler envío la Legión Cóndor y Mussolini envío a sus camisas negras en favor de los nacionales.

La capacidad de la industria española para fabricar armamento de todo tipo, municiones, etc., era muy limitada. Buena parte del armamento que sustentó la guerra llegó desde fuera de la Península, de la Unión Soviética, armamento y equipamientos franceses, de los norteamericanos, desde Alemania e Italia, etc. Unas armas que sostuvieron y permitieron prolongar la guerra de España. Los carros de combate llegados España tuvieron principalmente la siguiente procedencia (ver Cuadro 1).

CUADRO 1. Procedencia de los carros de combate de cada bando

Carros soviéticos y polacos para el Frente PopularCarros alemanes e italianos para los nacionales
T-26B281Tanqueta CV33/35 italiana150
BT-550Panzer I A alemán96
Renault FT-1764Panzer I B25
Total395Total271
Tanquetas soviéticasTanquetas italianas
BC145Lancia8
BA-3/BA-640
UNL-35170
FA-120
Total375Total8

De todo el material blindado y acorazado empleado en la guerra, el de origen soviético fue inmensamente superior en calidad al entregado a los nacionales por Alemania e Italia. Sin entrar en valorar al carro de combate BT-5, un carro de última generación adelantado a su tiempo, el T-26 ruso era muy superior en todos los conceptos (armamento, blindaje…) a los Panzer de la Legión Cóndor y a las casi ridículas tanquetitas italianas. La ventaja nacional en combate radicaba no en la calidad de los carros con los que contaba sino en la doctrina y en su forma de utilización en el campo de batalla, lo que les dio a lo largo de la guerra una incuestionable superioridad táctica y estratégica.

En relación a las piezas de artillería llegadas a los campos de batalla españoles desde fuera de España ver Cuadro 2.

CUADRO 2. Piezas de artillería de todo tipo compradas por ambos bandos

Nación vendedoraNación vendedora
Alemania918Varios países1.483
Italia1.540URSS1.169
Total2.458Total2.652

La compra de aviones de combate (cazas, bombarderos…) resultó determinante en muchas de la batallas de la guerra (Cuadro 3).

CUADRO 3. Aviones comprados por ambos bandos durante la guerra

TipoNacionalesFrentepopulistas
Cazas649765
Bombarderos360127
Asalto, reconocimiento y bombardeo ligero273264
Hidroaviones602
Transporte, enlace y entrenamiento206296
Total1.5481.445

La España nacional compró a Alemania e Italia la practica totalidad de su armamento adquirido en el extranjero. Armamento que fue vendido en gran medida a crédito confiando Berlín y Roma en la victoria de Franco y de sus partidarios.

La compra de armamento contribuyó a alargar la guerra civil española, pero no resultó determinante en desequilibrar la balanza de la victoria en favor de uno u otro bando

El Frente Popular, contando con las enormes reservas de oro del Banco de España (entre las cinco mayores del mundo, acumuladas en el comercio con los aliados en la Gran Guerra), compró al contado casi todo su armamento a la Unión Soviética, Francia, Inglaterra, los Estados Unidos, Polonia, Bélgica, Holanda, Suecia, Suiza, Estonia… El armamento de mejor calidad y tecnológicamente más puntero de toda la guerra fue en su conjunto el que aportó la Unión Soviética.

La compra de armamento contribuyó a alargar la guerra y, seguramente, a aumentar el número de bajas en los combates, pero no resultó determinante en desequilibrar la balanza de la victoria en favor de uno u otro bando, de forma similar ocurrió con la intervención de tropas extranjeras (Brigadas Internacionales, Legión Cóndor, CTV italiano y Viriatos portugueses, entre los principales). Un sector de la historiografía española sostiene que la victoria de los nacionales se debió de forma principal a la ayuda de las llamadas potencias fascistas, pero lo cierto es que los nacionales ganaron la guerra fundamentalmente por las siguientes cuestiones:

– El logro de la unidad de mando desde el comienzo de la guerra.

– Poner como primer objetivo la victoria militar en lugar de dedicar esfuerzos a cuestiones de carácter político y revolucionario. El Gobierno y los partidos miembros del Frente Popular siempre se debatieron entre hacer la revolución y así ganar la guerra, o ganar la guerra y luego hacer la revolución.

– Por la mayor profesionalidad de los mandos nacionales en la gestión de la guerra en los aspectos logísticos, tácticos y estratégicos. Las milicias políticas nacionales (falangistas y carlistas) quedaron desde un principio bajo la dirección del Ejército. El Frente Popular siempre dudó de la fidelidad de sus soldados profesionales y en el Ejército Popular de la República siempre tuvieron en la mayoría de las cuestiones militares la última palabra los líderes políticos, los jefes de milicias de los distintos partidos frentepopulistas y hasta los comisarios políticos (cuerpo establecido el 15 de octubre de 1936 en el Ejército Popular), a la manera de como ocurrió en el Ejército Rojo.

– La mejor gestión de la retaguardia, lo que facilitó enormemente el esfuerzo de guerra. El racionamiento lo estableció el Gobierno de Franco después del fin de la guerra, mientras que el Gobierno republicano lo hizo en marzo de 1937. En la retaguardia frentepopulista existió una guerra civil abierta entre comunistas y socialistas frente a anarquistas y trotskistas que, en muchas ocasiones, llegaron a enfrentamientos armados.

– La creación de un partido único, FET de las JONS, mediante el decreto de unificación de abril de 1937, terminó por concentrar todo el poder y las decisiones de la guerra en la persona de Franco, lo que facilitó lograr la victoria final.

Resulta necesario precisar que la victoria nacional y la derrota frentepopulista fue fruto de las acciones de guerra realizadas por ambos bandos, la decisión de sus mandos y el valor de sus combatientes; pero sin que la ayuda militar extranjera fuese el factor determinante. El bando sublevado venció por sus capacidades militares y por la falta de estas cualidades en sus enemigos. Moscú, París, Berlín o Roma intervinieron en la guerra con uno y otro bando, pero sus acciones no fueron decisivas en el resultado final de la guerra. La derrota y la victoria siempre estuvieron en manos de los combatientes españoles en su propia guerra civil.

La victoria de los nacionales el 1 de abril de 1939 puso fin a la guerra. La España nacional, liderada ya de forma incuestionable por el general Francisco Franco, quedó arrasada, dividida en vencedores y vencidos y con una deuda moral y económica con los Gobiernos de Lisboa, Roma y Berlín, lo que no supuso que Franco se convirtiese en un gobierno Quisling de Hitler ni que la nueva España nacida de la victoria nacional ser convirtiese en una nación sometida a la voluntad y designios de la Alemania nazi.

De la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial a la ambición

A los cinco meses exactos del final de la Guerra Civil española, el 1 de abril, comenzaba la Segunda Guerra Mundial. El mando nacional había logrado dejar a España fuera del conflicto, a pesar de la fijación del presidente del Gobierno frentepopulista Juan Negrín (PSOE) y de sus partidarios comunistas de prolongar la guerra de España hasta que esta formase parte del nuevo conflicto europeo que ya se adivinaba en el horizonte cercano. La primera reacción del régimen español fue declarar “la más estricta neutralidad” en un decreto firmado por Franco (BOE, 4-9-1939).

El acercamiento constante entre Berlín y Moscú, que se materializó en la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop el 23 de agosto de 1939, no resulta un factor desdeñable entre las causas que colaboraron a que España no se viese arrastrada a la guerra a comienzos del invierno del 39.

El desarrollo de la Guerra Civil influyó, como no podía ser de otra manera, en una cierta fascistización del régimen “campamental” nacido en julio de 1936. El fascismo era una de las ideologías más modernas y populares en el periodo de entreguerras. El singular fascismo español, encarnado por los falangistas, grupo muy minoritario antes de la guerra, con el comienzo del conflicto pasó a ser la ideología y la estética política más popular en la nueva España nacional.

Roma y, sobre todo, Berlín se habían convertido en referencia mundial para todos los regímenes autoritarios que, tras el triunfo del comunismo bolchevique en Rusia y el “crack del 29”, veían un modelo exitoso de organización del Estado y de la sociedad ― mezcla moderna de nacionalismo, respeto a la propiedad privada y un atípico socialismo de estado militarista―, así como la solución de muchos problemas y la mejor senda futura para las naciones del mundo.

Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la fama y eficacia de la nueva Alemania de Hitler quedó probada en su rotunda victoria sobre Polonia con ayuda de la Unión Soviética. Hecho que no dejó de producir admiración en la España de Franco, al tiempo que una profunda desazón entre los sectores católicos y más conservadores del régimen, al no entender la alianza contra natura entre Hitler y Stalin para someter a la católica Polonia. A pesar de todo, militares, falangistas, derechistas e incluso monárquicos partidarios del derrocado Alfonso XIII y de su hijo, el infante Juan de Borbón, veían en el III Reich el modelo a seguir para el progreso de España y la recuperación de las glorias pasadas.

La intervención de Stalin en la guerra de España dejó una huella dolorosa entre los partidarios de los vencedores de la Guerra Civil española, pues los asesores soviéticos influyeron de manera determinante en la suerte de la guerra, así como en la represión de los enemigos del Partido Comunista español: matanzas de Paracuellos del Jarama, Aravaca, Pozo de Camuñas, Tren de la Muerte de Jaén, etc. La forma de actuar de la Cheká (Policía Secreta Política Soviética) no sólo llegó a España para propiciar el asesinato de miles de españoles contrarios al Frente Popular, también sirvió —gracias al apoyo de los socialistas españoles— para perseguir y asesinar a los trotskistas del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y a los anarquistas de la CNT, antes de que en marzo de 1939 el coronel Casado, el socialista Besteiro y los anarquistas diesen un golpe de Estado para quitar del gobierno a Negrín y a sus asesores soviéticos, y así poder poner fin a una guerra que ya el Frente Popular había perdido.

En mayo de 1940, Winston Churchill daba por inevitable el desembarco de las tropas alemanas en las Islas Británicas. Londres preparó la evacuación de mujeres y niños al campo y de la familia real al dominio de Canadá. A ojos de los observadores ajenos a la guerra, parecía que Alemania lograría implantar un Reich que iba a durar mil años.

En aquellos días se había realizado la Operación Dinamo, que permitió la evacuación de cerca de trescientos mil soldados británicos y franceses después del desastre militar de Dunkerque y con los alemanes llegando a París. En esta situación de victoria absoluta de la Wehrmacht, el 16 de junio el general Vigón visitó a Hitler en el castillo belga de Acoz llevando una carta del Caudillo español al Führer alemán felicitándole por sus victorias. El 27 de junio de 1940 las divisiones alemanas llegaban a los Pirineos.

En septiembre de 1940, el Generalísimo parecía estar dispuesto a unirse al Eje, como había hecho Mussolini al declarar la guerra a Francia y Gran Bretaña

En el verano de 1940, Franco y su cuñado y ministro de Interior, Ramón Serrano Suñer, estaban profundamente impresionados por las victorias fulminantes obtenidas por la Wehrmacht sobre los polacos, daneses, noruegos, belgas, holandeses, franceses y el Cuerpo Expedicionario británico (BEF). En este escenario, durante unas semanas de septiembre, el Generalísimo español parecía estar dispuesto a unirse al Eje, como había hecho Mussolini al declarar la guerra a Francia en Inglaterra en junio. 

A mediados de septiembre de 1940, Serrano Suñer viajó a Berlín para conferenciar con el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, y mantener una entrevista con Hitler. A lo largo de esos días, España y Alemania trataron las posibles condiciones para la entrada de España en la guerra. En los dos informes secretos enviados por Serrano Suñer a su cuñado, y en las órdenes confidenciales que recibió de éste, recientemente conocidas, se demuestra la existencia de ofertas por parte alemana y la valoración momentáneamente positiva de España en favor de la guerra. El primer informe de Serrano está fechado en Berlín el 18 de septiembre de 1940. Terminada la primera entrevista de Serrano con Ribbentrop, informó a Franco del sueño nazi de apoderarse de todo el continente africano, un nuevo imperio desde los fiordos noruegos hasta El Cabo, del futuro reparto del continente negro y de la construcción de una “muralla del Atlántico” en los dos continentes capaz de rechazar cualquier posible agresión por parte de los Estados Unidos. También informa de la pretensión de conseguir el III Reich una base naval en las Canarias, petición que produjo una airada respuesta de Serrano al ministro de Exteriores alemán. Es de señalar que en estas conversaciones no encontramos ninguna alusión a la URSS, tema que estaba muy presente en todos los españoles dada la brutal intervención soviética en la recién terminada guerra de España, a través de las Brigadas Internacionales, sus asesores militares, su armamento y policía y comisarios políticos con sus Chekás. Sobre las entrevistas con el Führer escribe Serrano Suñer:

“Europa debe decir que hay un hemisferio que consta de Europa y de África, y que es exclusivamente europeo, es decir de Alemania, Italia y España. Habló del futuro peligro americano, de las nuevas ideas imperialistas que nacen en E.U. y de la necesidad de cerrarles el paso totalmente en lo que se refiere al espacio africano de este hemisferio”.

“(…) Hablamos de que sólo Alemania —con una posición predominante en Europa y África— España e Italia contarían en lo sucesivo y que a los países pequeños se les dejaría vivir con una cierta independencia política pero no militar y que Francia, destrozada y anulada en la paz, no contaría para nada”. 

“Llevábamos ya más de hora y media de conversación (y una de espera el ministro italiano de Colonias) cuando le dije al Führer que para no cansarle (amablemente me dijo que no) muy rápidamente quería enunciarle solamente nuestro deseo de rectificar la frontera del Pirineo establecida hoy en puntos demasiado favorables para Francia (como en el Bidasoa donde hasta los montes de (ilegible) no tenemos frontera natural) y con un gesto de gran alegría me retuvo diciéndome casi literalmente estas palabras: que no podía uno fiarse nunca de la amistad de Francia; y puesto que las cincuenta veces que él había tendido la mano a este país, aún a costa de renunciar a tierra tan alemana como Alsacia-Lorena, había sido en vano, lo mejor era tomar precauciones contra una Francia enemiga, puesto que él sabía que (ilegible) que cerrada la ocupación alemana, Francia pensará en la revancha. Por eso recibía plenamente satisfecho esta petición española que era muy conveniente al nuevo sistema europeo (Hoy por un enviado me ha indicado algo sobre el Rosellón para España). Hitler terminó su conversación con una oferta espontánea y francamente cordial de que en cuanto estas negociaciones estén un poco más adelantadas, se trasladará a la frontera francesa del sur para tener una entrevista personal contigo”.

“(…) Que el Führer desea que después que tú contestes se haga un protocolo secreto con todo lo que hemos hablado y con lo que se convenga según tú indiques. (Creo que esto es lo que llevaría sin riesgo inmediato a España por su propio derecho a la conferencia de la paz)”.

De forma inmediata y por valija, Franco dio las siguientes directrices a su cuñado:

“Es inaceptable la tesis (alemana) en todas sus partes. (…) es una reivindicación de nuestra Patria el volver al dominio español lo que como español reconocemos, si hasta hoy esta recuperación tropezó con la muralla de la fuerza, no puede España con dignidad consagrar la posesión por otra nación siquiera sea tan estimada como Alemania (…). Respecto a las otras notas de sentido económico para el intercambio futuro, tienen que estar forzosamente mal traducidas o ser obra de administradores fríos y egoístas desprovistos de todo sentido político, como aquellos que en plena guerra nuestra, en Salamanca, tuvieron una pretensión del mismo orden, que tanto nos lastimó, que rechazamos y que motivó su desautorización por Alemania”.

Precisa Franco:

“Puede suceder que Italia sintiéndose incómoda, pretenda precipitar etapas y no hay que olvidar nuestra grave situación interior, en abastecimientos, con una cosecha inferior a los últimos cálculos, que nos fuerza a resolver el problema del suministro por Alemania incluso ayudada por Italia, y por lo tanto nos conviene estar dentro pero no precipitar; en esto ya está el Führer, pues en su carta se deduce habrá un tiempo de preparación (…). Para tu gobierno he de decirte que nosotros, seguiremos sin interrupción nuestros trabajos hace tiempo empezados, cuanto más se retrase la intervención sin daño para la situación de conjunto, eso hemos ganado; pero debemos de estar metidos ya dentro, esto es con derechos reconocidos, para estar en el menor tiempo dispuestos a afrontar cualquier situación que obligase a actuar rápidamente, desencadenando el ataque, con la garantía siempre de los suministros. Nuestra conveniencia íntima debe ser, seguir a toda marcha la preparación, perfeccionar abastecimientos y medios de asegurar el suministro por nuestros aliados para el momento de actuar, y si la guerra se alarga y no se requiere actuación inmediata completar lo que falta en favor de todos”.

El día 26, tras su segunda entrevista con Hitler, Serrano informa a Franco: 

“Es muy triste que los alemanes seguros de su victoria pierdan la ecuanimidad y el equilibrio. Lo es para nuestras aspiraciones legítimas y para un seguro porvenir. Y que esta pasión del triunfo les domina es muy claro por eso tienen tan poca sensibilidad para recoger nuestras razones. Dios sobre todo haga que esto no llegue a límites demasiado graves. (…). El hecho cierto es que la actitud de esa gente es así de dura y de ambiciosa y sobre ella hay que actuar para sacar el partido posible. Si no seguramente sería mucho peor (El triunfo de Inglaterra no solo sería nuestro fin individual que nada es frente a la Patria, lo peor es que significaría fatalmente el fin mismo de la Patria: República vasca, República catalana, etc.)”.

Seguramente Serrano llegó a Berlín siendo un confiado germanófilo, pero en la capital del Reich sus sentimientos comenzaron a cambiar. La percepción de las autoridades españolas sobre Alemania se iba a alterar a toda velocidad. En el momento de estas negociaciones aún faltaba algo más de medio año para que los sueños expansionistas de Hitler desatasen la Operación Barbarroja con la que dio comienzo la invasión alemana de la Unión Soviética.

Un mes después, el 23 de octubre de 1940, se produjo la única entrevista de Franco con Hitler, en la pequeña ciudad fronteriza francesa de Hendaya. En estas fechas los españoles tenían ya claro que la entrada en la guerra era una posibilidad no muy deseable, siendo la principal preocupación de Franco evitar una invasión alemana. El protocolo que propuso Ribbentrop para garantizar la entrada de los españoles en guerra fue rechazado en su totalidad por un Franco frío y tranquilo. El contraproyecto español fue considerado como inaceptable y casi ofensivo por los nazis. En la entrevista, España habría entrado en la guerra si el Führer hubiese sabido jugar sus cartas y ofrecido a los españoles lo que estos le pedían (aumentar las posesiones coloniales españolas en África, junto a una larga lista de suministros militares —necesarios para la recuperación de Gibraltar—, industriales y agrícolas), pero que seguramente Alemania no quería ni podía conceder, cosa que Franco sabía gracias a las informaciones que le transmitía el almirante Canaris, jefe de la Abwehr (servicio de inteligencia militar alemana). Franco ya dudaba del interés que podía tener la participación en el conflicto para los españoles. En Hendaya, España no entró en la guerra. 

A partir de este momento, la España nacional jugó una complicada partida con Londres, Washington y Berlín para evitar que la guerra volviese a asolar el país. Buenas palabras, concesiones, medias verdades, declaraciones amistosas, junto al envío de la División Azul, la entrada diaria de miles de trabajadores españoles en Gibraltar, la autorización más teórica que real para que productores libres españoles viajasen a trabajar al III Reich, la forzada tolerancia durante la construcción del aeropuerto militar en la zona neutral desmilitarizada de Gibraltar formalmente tierra española, la venta de minerales estratégicos ―sobre todo wolframio― y otras materias primas a Alemania y, en menor medida, a los aliados, así como la inacción ante las violaciones constantes de las aguas territoriales y espacio aéreo español por ambos contendientes (a lo que se sumaban los numerosos ataques a buques españoles por uno y otro bando, aunque en mayor número por los aliados) fueron las bazas de la diplomacia española para evitar la guerra. 

Franco intentó contentar a ambos bandos mediante concesiones de todo tipo y tolerando las violaciones de la soberanía española por Londres, Berlín, Roma o Washington 

A lo largo de todo el conflicto, ambos bandos violaron el espacio aéreo y las aguas territoriales españolas, hundieron barcos mercantes y pesqueros españoles y ametrallaron a sus tripulantes, sus servicios secretos actuaron por toda España sin freno y planificaron la invasión de España en numerosas ocasiones. Franco y su Gobierno, con paciencia y estoicismo, soportaron todo esto sin dejarse arrastrar a la guerra por los acontecimientos, aunque es cierto que para Franco, para muchos miembros de sus gobiernos y para la mayor parte de los españoles, el Eje era más simpático que la Rusia de Stalin o la Gran Bretaña de Churchill. Con todo, Franco, de diferentes formas, intentó contentar a ambos bandos mediante concesiones de todo tipo y, muy especialmente, mirando a otro lado cuando Londres, Berlín, Roma o Washington violaban sin pudor la soberanía española. Cuando las cosas iban bien para Alemania, Franco no arremetió contra los intereses británicos y cuando la guerra cambió en favor de los aliados, España no olvidó la amistad alemana durante la Guerra Civil. Franco y sus Gobiernos siempre, siempre, tuvieron fijos sus ojos exclusivamente en lo que entendían como el interés de España.

El Oberkommando des Heeres o OKH (Alto Mando del Ejército) planificó varios proyectos para “la entrada” de tropas alemanas en España: Operación Félix, 10 de enero de 1941; Operación Isabel, 11 de mayo de 1941; Operación Ilona y Operación Gisela (esta en septiembre 1942), para la “defensa” de España; Operación Nurnberg, que era más bien un plan de contingencia, en junio de 1943. Ninguno de estos planes se llevó a la práctica. Los aliados por su parte planificaron varias operaciones contra España —como la Operación Bolero, Blackbone, Tonic XY y XZ o la Operación Adroit—, que suponían la penetración de tropas aliadas en España, que era tanto como forzar la entrada de los españoles en la guerra.

Los éxitos alemanes en la guerra hacían muy difícil no sentir admiración por el III Reich. Franco hacía promesas a una Alemania que parecía decidida a invadir España cuando fuese necesario para sus objetivos de guerra, con el único objetivo de impedir que los españoles se viesen arrastrados al conflicto contra su voluntad. La última gran concesión que la España nacional hizo al III Reich para impedir la entrada en la guerra fue el envío de la División Azul al frente ruso. No deja de ser un contrasentido que el sacrificio de los voluntarios que fueron a luchar, cantando la marcha Gibraltar, soñando con poner la bandera española sobre el Peñón, en realidad sirviese para que Inglaterra conservase su colonia al permitir que España no entrase en la guerra y que las divisiones alemanas no cruzasen la Península.

España se distancia de Alemania

A partir del invierno de 1942-43, España, dada la cada vez más evidente debilidad militar de Alemania, se fue alejando lentamente del III Reich. El miedo a las divisiones acorazadas de Hitler fue desapareciendo. Estaba claro que los aliados iban a ganar la guerra y el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana (que había sustituido a Serrano Suñer en septiembre de 1942), se esforzaba en hacer gestos de amistad hacia las potencias anglosajonas, a pesar del odio visceral que la España nacional tenía a la Rusia de Stalin y su lógica prevención con los Gobiernos de Londres y Washington. Franco necesitaba la ayuda que llegaba del otro lado del Atlántico a través de los navicert [salvoconductos de neutralidad] que Gran Bretaña emitía como potencia que controlaba las grandes vías navales de comunicación casi a nivel mundial. España, de forma lenta pero segura, se fue separando de Alemania, incluso plantándole cara diplomática, como demuestra la dura negociación de la enorme deuda de Alemania con España que se saldó con una importante compra de armamento al III Reich mediante el programa secreto Bär. 

Las fuerzas armadas españolas estaban en un situación armamentística muy grave, con las armas, vehículos, municiones, piezas para reparación y mantenimiento, etc., obsoletos o casi inútiles por el uso. Alemania era la única nación capaz de proporcionar este armamento, ya que conseguirlas en los Estados Unidos (la otra posible vendedora) resultaba imposible.

Con la compra de la enorme cantidad de armamento que necesitaba España Alemania pensaba saldar sus deudas con España de manera muy beneficiosa para ella, pero los alemanes se encontraron con que la comisión de compras española, que viajó a Berlín, siendo consciente de que el escenario político europeo había cambiado, y que “tenían la sartén por el mango”, llegó con el claro propósito de rebajar los exorbitantes precios que aspiraban a cobrar los negociadores nazis. El III Reich no quería vender equipamiento militar, del que sus fuerzas armadas estaban muy necesitadas, pero si querían que su industria de guerra no se parase, tenían que pagar en oro o entregar el armamento que solicitaba España para abonar la enorme deuda que tenía y que crecía de forma constante.

La negociación fue muy dura. El éxito de la diplomacia española fue total, muy a pesar de los alemanes. La comisión española logró adquirir todo el material acordado: 

“(…) las negociaciones, que duraron varios meses, habían reducido grosso modo el precio de las armas que vendía Alemania hasta una tercera parte de su precio inicial, siendo los algo más de 200 millones de marcos pagados por España una cantidad enormemente alejada de los cerca de mil millones que solicitó al principio el Tercer Reich. Podemos decir, sin lugar a dudas, que las del Programa Bär fueron las negociaciones internacionales económicas más exitosas de la historia de España”.

A estos hechos muy pronto se sumó la retirada de la División Azul del frente ruso. El 17 de noviembre de 1943 se ordenaba al general jefe de la División de Voluntarios Españoles, Esteban Infantes, el regreso a España de sus soldados. Quedó la Legión Azul que fue retirada poco después.

Otras medidas de alejamiento del Reich estuvieron relacionadas con el envío de fuerzas de trabajo a Alemania. Se procedió al incumplimiento de los acuerdos para la llegada de productores españoles al Reich que había firmado el defenestrado ministro Gerardo Salvador Merino. El acuerdo de 8 de mayo de 1941 firmado con Robert Ley preveía la llegada de cien mil “productores” españoles libres para trabajar en la industria alemana. Su economía estaba al borde del caos por estar la mayoría de sus hombres en el frente, lo que llevó a que casi siete millones de trabajadores extranjeros se integrasen en el mundo laboral alemán. La necesidad de mano de obra del III Reich era acuciante. Franco apartó a Merino y a los falangistas de las negociaciones para la salida de trabajadores para Alemania, que quedaron en manos del diplomático José María Doussinague, al que se encargó impedir, en lo posible, la llegada de trabajadores españoles al Reich. Así, no llegaron a 10.000 (el 10% de lo acordado) el número de los “productores” españoles en Alemania.

En la actualidad tenemos numerosas pruebas de este alejamiento progresivo de Franco y de su Gobierno de Alemania, a pesar de resultar indudable que el corazón de la España nacional estaba con el Eje y no con los aliados. Una prueba más de la falta de sintonía entre Madrid y Berlín se puede observar en la cuestión judía. El historiador judío norteamericano Lawrence H. Feldman afirma en septiembre de 1941:

“Franco se volvió repentinamente a favor de los aliados hasta el final de la guerra; cuando quedó claro que Hitler se estaba preparando para una guerra de exterminio contra los judíos, la opinión de Franco cambió drásticamente. Las actividades de los escuadrones de exterminio en Rusia en julio de 1941 hicieron obvias las intenciones de Hitler, mucho antes de la implantación completa del genocidio en 1942. Así que Franco intentó reabrir relaciones con los aliados, y finalmente tuvo éxito en septiembre de 1941”. 

Ello ocurrió poco antes del ataque japonés a Pearl Harbor. Y continúa Feldman: 

“Franco recibió algunos discretos elogios por su ayuda al rescatar algunos judíos sefarditas en 1943 y 1944 (…), hizo posible la emigración de más de 15.000 judíos antes. Comenzando en el mes de junio, antes del acuerdo con Alemania para enviar judíos a Franco para que se embarcaran al extranjero, y continuando tras la abrogación nazi de ese acuerdo, esa migración es lo que hizo a Franco un verdadero y desconocido héroe del Holocausto (…). Con el intento exitoso de España de rescatar a los judíos protegidos de Salónica y Atenas, con las actividades de su cuerpo diplomático al rescatar a judíos individualmente, con la participación en la protección de los judíos en Hungría y muchos años después (1967) con la evacuación de los judíos de Egipto, España dijo al mundo que haría lo que pudiera para rescatar a los miembros de esta raza”. 

Israel Singer, presidente del Congreso Mundial Judío, en 2005, afirmó: 

“La España de Franco fue un refugio importante de judíos que se arriesgaron a venir, escapando de la Francia de la libertad, la fraternidad y la igualdad. No quiero defender a Franco, pero en la II Guerra Mundial muchos judíos se salvaron en España e ignorarlo es ignorar la historia”.

Franco contra todos: españoles, aliados y alemanes

Resulta incuestionable que en el Estado campamental surgido de la Guerra Civil, de carácter autoritario y fascistizado en apariencia, la figura del católico, monárquico y tradicional Franco se elevaba por encima de los otros generales que bajo sus órdenes habían vencido en la recién terminada contienda civil. Un Estado en el que su poder no era total, pero que se mantenía gracias a un complejo juego de equilibrios con sus generales, familias falangistas, carlistas, monárquicos juanistas y las viejas derechas revestidas de aires totalitarios, de tal forma que el Caudillo conservaba en sus manos el futuro de su patria. 

Juanistas, falangistas y militares “azules” y monárquicos conspiraron con los servicios secretos alemanes para forzar la entrada de España en la guerra

Franco, con la ayuda fundamental de los ministros Serrano Suñer y Gómez Jordana, logró mantener a España fuera del conflicto, lo que no fue únicamente una ardua labor de política exterior. En la España nacional había muchos sectores partidarios de entrar en la guerra. Juanistas, falangistas, militares “azules” y militares monárquicos, durante la primera parte de la Segunda Guerra Mundial, conspiraron con los diversos servicios secretos alemanes con el claro objetivo de forzar la entrada de España en la guerra. Para los militares “azules” ―Yagüe, Muñoz Grandes, Asensio Cabanillas…― y falangistas “auténticos”, España tenía que entrar en la guerra, pues en la inevitable victoria que pronto se iba a producir de mano de los soldados de Hitler, España tenía que combatir para ocupar el puesto en el orden nuevo que iba a venir y que, por historia y sacrificios, le correspondía. Los partidarios del pretendiente Juan de Borbón estaban dispuestos a forzar la entrada de España en la guerra, con todas sus consecuencias, y a desplazar a Franco del poder para que el hijo de Alfonso XIII ocupase el trono de España aunque fuese a cambio de una guerra y de convertirse en un gobernante quisling [traidor]. Además existían algunos sectores del Ejército que veían, desde una óptica estrictamente militar, en la guerra junto a Alemania el camino que debía andar España de cara al que parecía ser un nuevo y prometedor futuro.

Franco pudo sortear las presiones de Berlín, los dubitativos cantos de sirena de Roma y las presiones de muchos, muchísimos, de sus amigos y teóricos partidarios que le demandaban la participación en la guerra. España no entró en la guerra, realidad incuestionable, a pesar de la amistad y el lógico agradecimiento de Franco y de sus partidarios a la Italia fascista y a la Alemania nazi por el importante papel que habían tenido en la derrota del Ejército Popular de la República y en la llegada del Generalísimo al poder.

España no participó en la guerra, sin lugar a dudas, por la voluntad de Franco y su decidida actuación para evitar la entrada en el conflicto

La neutralidad española (pese al tiempo en que se declaró como “no beligerante” entre 1940 y 1943) fue una incuestionable realidad. Cuando los Aliados planificaban la Operación Torch, el ilegal aeropuerto de Gibraltar estuvo repleto de aviones apiñados en su pequeña pista en la que el lanzamiento de una única granada de mortero hubiera destruido todos los aparatos allí hacinados; pero no ocurrió nada. Los obreros españoles de la Línea siguieron cruzando la frontera con toda normalidad para ayudar al esfuerzo de guerra aliado con su trabajo, al tiempo que los numerosos pilotos angloamericanos que aterrizaban o saltaban en paracaídas en territorio español eran devueltos a su país de origen al poco tiempo. El entrenamiento de un piloto de caza o bombardeo duraba meses siendo, sin lugar a dudas, uno de los soldados “más caros” de la Segunda Guerra Mundial.

Franco jugó las cartas de España con uno y otro bando. Cada día sabemos más detalles de la gran partida que sirvió para que España no participase en la Segunda Guerra Mundial. La nueva documentación encontrada nos acerca a la verdad. España no entró en la guerra, sin lugar a dudas, por la voluntad y decidida actuación de Franco para evitar la participación en el conflicto.

En la actualidad, la ley 52/2007, de Memoria Histórica, el denominado Procedimiento de Actuación contra la Desinformación —que liquida la libertad de prensa mediante la implantación de un nueva censura— y el anteproyecto de ley de Memoria Democrática van directamente contra la libertad de investigación, enseñanza y divulgación del conocimiento, en el caso que nos atañe de la Historia de España. Ello hace temer un futuro próximo en el que los historiadores veríamos nuestros libros prohibidos, quemados, como comenzó a ocurrir en Alemania en marzo de 1934, y en el que podríamos ser multados y encarcelados al no ajustarse nuestros discursos académicos a la Historia Oficial.

España perdió la guerra sin combatir en ella. Londres no le agradeció los servicios prestados, a pesar de que pudo conservar Gibraltar y ganar la guerra, en cierta forma, gracias a España, como reconoció el propio Churchill:

“Durante la guerra, Franco tuvo una política totalmente egoísta y fría; pensó únicamente en España y en los intereses de los españoles; nunca se acordó de la gratitud que debía a Hitler y a Mussolini; tampoco guardó rencor a Inglaterra por la hostilidad de nuestros izquierdistas; taimado jefe, solo trataba de ahorrarle otra guerra a su desangrado pueblo (…). Así, con sutilezas, ardides y halagos, consiguió superar las dificultades y mantener a España fuera de la guerra, lo cual fue inestimablemente valioso para Inglaterra, cuando se hallaba completamente sola”.

¿Estas nuevas leyes del Gobierno socialista de Sánchez van censurar también a Churchill, a sus ministros, a los documentos oficiales del Reino Unido y a los historiadores británicos que los comenten?

El Régimen sobrevivió contra todo pronóstico y Franco, tras casi cuarenta años de gobierno, dio paso por su voluntad a una monarquía constitucional en la persona del rey Juan Carlos I. El Generalísimo nunca perdonó al pretendiente Juan de Borbón su desmedida ambición de poder y su egoísmo. Los documentos hablan por sí solos. Y el retorcimiento y la presentación sesgada y mutilada de la historia que se pretende imponer mediante la creación de un Ministerio de la Verdad, de la construcción desde la izquierda de una ‘Historia Oficial’, con la colaboración de los historiadores apesebrados en los Presupuestos Generales del Estado, lo único que hacen —como ha señalado el historiador británico John Vincent— es falsificar la verdad del pasado.

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martes, 6 de abril de 2021

Brendan Simms, historiador: La obsesión de Hitler no era la URSS, sino EE.UU.

 El historiador británico Brendan Simms aporta en una nueva biografía de Hitler que su obsesión «no era la URSS, sino Anglo-América y el capitalismo mundial», y, al contrario que sus biógrafos anteriores, incorpora el prisma de la «eugenesia positiva».

Simms explica en una entrevista con EFE que sus biógrafos anteriores no habían logrado entender el especial interés de Hitler sobre la emigración alemana, una parte integral de su ideología.

«Además, como los historiadores se han centrado comprensiblemente en la ‘eugenesia negativa’ de Hitler, dirigida especialmente contra los judíos, hemos tendido a prestar menos atención a su ‘eugenesia positiva’, es decir, a su intento de ‘elevar’ al pueblo alemán, al que consideraba débil, a un estatus comparable al de los anglosajones».

Simms ve pertinente la publicación de una nueva biografía del líder nazi porque «todas las épocas reinterpretan las figuras históricas a la luz de sus contextos específicos», y recuerda que «lamentablemente, el antisemitismo, latente en el momento en el que Ian Kershaw publicó sus dos volúmenes hace veinte años, ha resurgido con fuerza a día de hoy».

Para el catedrático de la Universidad de Cambridge, «el odio de Hitler hacia el capitalismo internacional tiene un eco inquietante en nuestros días que no tenía antes de la crisis financiera de 2008 y el crecimiento exponencial de teorías conspiratorias».

A esto se suma que siempre se acaban encontrando nuevas fuentes y pistas, incluso sobre figuras tan estudiadas como Hitler.

Simms ha podido acceder a fuentes inéditas, como «pruebas documentales del encuentro de Hitler con los estadounidenses en el Archivo de Guerra de Baviera; material sobre su plan de intercambio de judíos por alemanes estadounidenses en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, y una valiosa visión de su pensamiento sobre la raza, especialmente la ‘raza superior’ británica, en sus discursos inéditos efectuados durante la guerra».

Precisamente, de su experiencia en la Primera Guerra Mundial Hitler extrajo «la imagen arrolladora del poder angloamericano».

Simms asegura que «Hitler tenía seguro ese complejo de inferioridad, entre otras cosas porque negó explícitamente tenerlo; aspiraba a que el Reich alemán tuviera el territorio colonial necesario para compararse a los dos grandes poderes ‘espaciales’, EE.UU. y el Imperio Británico».

Argumenta el historiador que ese espacio territorial «solo podía encontrarse en Rusia, que estaba cerca y no podía ser interceptada por la Marina Real británica; y no fue tanto una hostilidad hacia el bolchevismo, como su proximidad geográfica y su aparente debilidad que hicieron que Hitler la escogiera como objetivo».

Aunque es difícil saber cuál fue el principal error que cometió Hitler, «ya que desde nuestra perspectiva toda su carrera fue un error», pero desde su propia visión, añade, «su mayor fallo fue declarar la guerra a Estados Unidos, ya que si no lo hubiese hecho, Roosevelt no hubiese podido llevar a su país al conflicto por voluntad propia, por mucho que le hubiera gustado hacerlo».

En «Hitler. Solo el mundo bastaba» (Galaxia Gutenberg), el autor plantea que «Hitler estaba convencido de que estos ‘soldaditos’ (americanos) eran descendientes de emigrantes alemanes que la patria había perdido a causa de la falta de ‘espacio vital’ para alimentarles y que habían regresado en venganza formando parte de las filas de un ejército enemigo imparable».

Precisamente, Simms piensa que las dos biografías más conocidas del líder nazi, las de Ian Kershaw y Joachim Fest, «desatendieron la dimensión fundamental americana, Fest casi por completo, y Kershaw, que comenzó su estudio desde su perspectiva de historiador social, se centró más sobre Hitler en el contexto de la sociedad alemana y en el marco del estado».

El libro recoge la preocupación de Hitler por el separatismo y particularismo bávaro, muy pronunciada entre 1919 y 1923, que surgió de «la visión pesimista que tenía del pueblo alemán, que tendía, según él, a la fragmentación».

Creía que el clericalismo bávaro minaría la cohesión del pueblo alemán, que la separación de Baviera haría estallar la integridad territorial del Reich y que fuerzas extranjeras, como Francia, se aprovecharían de esta apertura.

Plantear la hipótesis recurrente de que si Hitler se hubiese marchado en 1937 se le habría recordado como el mejor líder alemán de todos los tiempos es, según Simms, un planteamiento erróneo, pues «al margen de todos los crímenes del régimen entre 1933 y 1937» no se puede olvidar que, «para Hitler, restaurar las fronteras alemanas de 1914 simplemente no era suficiente, creía que Alemania necesitaba un territorio masivo -«lebensraum»- para competir en un mundo global»

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domingo, 4 de abril de 2021

El comunismo y los recalcitrantes, por Arnaud Imatz

 Arnaud Imatz

Razón Española

Ya no se vende la extravagante historiografía socio-comunista. Las recetas de su hermana mayor, la historiografía liberal jacobina, se estancan. Los bloques, solidarios durante mucho tiempo, se resquebrajan. El viejo prejuicio manqueo, heredado del iluminismo y sublimado por la ideología marxista, está hoy denunciado. Los nuevos inquisidores, a la defensiva, utilizan la artillería pesada, pero sus resultados son cada vez más decepcionantes. Estos nuevos «justos», guardianes de lo «políticamente correcto», pretenden, ahora y siempre, interpretar, encarnar el sentido de la historia, la razón, el progreso, la ciencia, los valores humanitarios y democráticos, pero sólo suscitarán un encogerse de hombros. Los medios de comunicación de masas ya no consiguen apagar completamente las voces de los historiadores independientes, ayer tan fácilmente marginados, excluidos o declarados reaccionarios, obscurantistas, obstáculos para la instauración de la sociedad ideal. El sectarismo, la intolerancia, el desprecio y el odio de que aún son víctimas estos historiadores que rechazan cualquier lectura unilateral de la Historia, ya no engañan. ¿No será la opinión pública menos ciega y maleable de lo que se dice?

El historiador auténtico debe responder a la mentira, a la manipulación, a la desinformación de los mandarines de la comunicación, con el «calcular, evaluar, encadenar» sin permitirse la facilidad engañosa de la exageración. Dominique Venner pertenece a estos. Historiador riguroso y ponderado, se consagra valiente e incansablemente a establecer las verdades más vejadas. Unas cuarenta obras, de las cuales las más recientes son Historia crítica de la Resistencia (1995), Historia de un fascismo alemán (1996), Historia de la colaboración (2000) y numerosos artículos publicados en su revista «Investigación sobre la Historia» han permitido apreciar su calidad de historiador y su talento de escritor. «Mutatis mutandis» es un poco el equivalente de Renzo de Felice en Italia, o de Ernest Nolte en Alemania. Recordaremos aquí entre sus trabajos recientes más importantes una obra muy completa y utilísima, Los Blancos y los Rojos, Historia de la guerra civil rusa 1917-1921 (1997).

Es inmensa la bibliografía sobre los acontecimientos de 1917; pero es mucho más limitada sobre la guerra civil que transcurre de 1918 a 1921. Dominique Venner estudia a los Rojos y los Blancos sin prejuicio. Bienvenida sea su obra por ser el fruto de un espíritu libre e independiente, y aún más, de un especialista a quien sublevan los análisis reduccionistas, los maniqueismos y los prejuicios de cualquier clase. La descripción de los acontecimientos es precisa, incluso minuciosa. Los retratos de los grandes protagonistas, Lenin, Trotski, Stalin, el zar Nicolás II, Rasputin, el Gran Duque Nicolás, Mikhailovitch, Kerenski, los jefes de los ejércitos blancos están trazados de mano maestra. La autocracia rusa era un régimen moribundo ya antes de ser atacada. Las torpezas de la zarina y del zar, los escándalos de Rasputín, el baile de ministros, la incompetencia de los gobiernos, la degradación de la situación social y económica, la crisis de suministros, las terribles pérdidas del ejército (2.500.000 muertos en dos años y medio de guerra contra Alemania) serán hábilmente explotadas por la oposición y por los revolucionarios. De hecho, la víspera de la revolución, todo el mundo conspiraba contra el régimen: los movimientos revolucionarios, por supuesto, el partido social-revolucionario (S.R), defensor del alzamiento populista y campesino, y el partido social-demócrata, que representa la tendencia marxista; pero también los monárquicos liberales, los republicanos y los socialistas moderados. El ejército estaba muy dividido. La revolución de febrero de 1917 es una sublevación militar injertada sobre movimientos proletarios de limitada importancia, pero explotados hábilmente por la minoría revolucionaria. Los bolcheviques, fracción mayoritaria y extremista del Partido social-demócrata, supieron implantar en el ejército y en los principales centros industriales una organización clan-destina eficaz y bien ramificada. En febrero de 1917 sólo tenían 24.000 adheridos. Entre abril y octubre de 1917, reclutan una cantidad prodigiosa, y se harán dueños del país. Al día siguiente de la abdicación del zar, los liberales y los socialistas moderados constituyen un gobierno provisional cuyos miembros son, en su mayoría, masones.

Esos hombres no tienen la menor conciencia de la marea que los va a arrastrar. El socialista moderado Kerensky, a la cabeza, representará un papel lamentable. La mayoría de los cuadros del ejército acogió la abdicación del zar como si le quitaran un peso de encima. La casi totalidad de los futuros jefes de los ejércitos blancos, Kornilov, Alexeiev, Denikne, Koltchak, Kaledine, etc, son hostiles a una restauración monárquica. Totalmente desacreditada por los últimos años del reinado de Nicolás II, la monarquía ya no tiene ningún defensor.

El comunismo de guerra, cuyas bases son asentadas por Lenin en la primavera de 1918, es la causa directa de la guerra civil. A diferencia de los Rojos, los Blancos no tienen unidad política. Reagrupan a todos los opositores del bolchevismo, desde la extrema derecha monárquica muy minoritaria, hasta socialistas-revolucionarios, pasando por los conservadores republicanos, los nacionalistas de la Gran Rusia, y los autonomistas cosacos. Contrariamente a los bolcheviques, no tienen un sistema de ideas, ni un proyecto poderoso, ni un mito movilizador. Se dividen sobre el porvenir. Dos ejemplos: el problema agrario, que condiciona el apoyo del campesinado, no encuentra solución. Los Blancos deberían apoyar a la masa de los pequeños campesinos en detrimento de los grandes propietarios; no lo hacen. Deberían apoyar a los nacionalismos; pero, ciegos, se hunden en la defensa reaccionaria de la «Gran Rusia una e indivisible». Enfrente, Trotski y Stalin son los dirigentes bolcheviques que representan el papel más importante. Saben poner al servicio de la revolución a especialistas militares en mayor número que los contrarrevolucionarios. Venner consagra capítulos al coste de la revolución bolchevique en Rusia. Cita las únicas evaluaciones científicas de la hecatombe imputables a la dictadura del partido comunista desde 1917, excluyendo las pérdidas de la Segunda Guerra Mundial.

Según la más modesta de esas estimaciones, debida al demógrafo soviético Maksudov, el cambio en Rusia habría costado 27,5 millones de víctimas de 1918 a 1958. El demógrafo Kourganov ofrece una cifra global aún más aterradora: 66 millones de muertos.

En fin, a la luz de los archivos de la ex URSS, el historiador ruso Volkogonov presenta un balance total de 35 millones de víctimas. Compararemos estos trabajos de los especialistas rusos, citados por Venner, con los de los investigadores franceses del CNRS, todos antiguos militantes comunistas o izquierdistas que han publicado recientemente el Libro negro del comunismo: crímenes, terror, represión (1997). Stéphane Courtois, el director de la obra, resume este voluminoso libro en un capítulo introductorio que llama particularmente la atención.

Da un primer resultado que no llega a ser más que una «aproximación mínima». El balance del comunismo da vértigo:


URSS: 20 millones de muertos

China: 65 millones de muertos

Vietnam: 1 millón de muertos

Corea del Norte: 2 millones de muertos

Camboya: 2 millones de muertos

Europa del Este: 1 millón de muertos

América latina: 150.000 muertos.

África: 1,7 millones de muertos.

Afganistán: 1,5 millones de muertos. 

En total se aproxima a 100 millones.

Del comunismo se sabía casi todo, desde el principio, desde la Revolución de octubre de 1917, tanto de los crímenes como de la represión y de los horrores que desencadenaba la ideología socio-marxista. Se sabía que las prácticas criminales, el "genocidio de clase", eran la consecuencia de la perversidad de su ideología, del morbo de su obsesión niveladora. Se sabía que los campos de concentración eran un invento del camarada Trotski, y se sabía que Stalin, y luego Mao, no había hecho otra cosa que retomar y proseguir la obra donde Lenin la habían dejado. Se sabía que el «genocidio de clase» había producido de siete a quince veces más muertos que el "genocidio de raza". Se sabía que la esencia del socialismo real era el terror frío, aplicado de manera minuciosa, casi científica. Se sabía, en fin, que el crimen estaba en el centro de la teoría y de la práctica del pretendido comunismo ideal. Pero faltaba todavía informarse y admitir el horror. La empresa criminal más terrible de la historia se benefició, hasta el final, de la ayuda y de la complicidad activa de una gran parte de las elites político-culturales occidentales. La responsabilidad y la culpabilidad colectiva de éstas son hoy evidentes. Abundaban los testimonios de los rusos escapados del infierno. Kravchenko, Soljenitsyn, Koestler, Djilas, Sakharov, los cuadernos clandestinos del Samijdat y las víctimas vietnamitas, chinas, camboyanas, laosianas, denunciaban plenamente el terror, los crímenes, los gulags. Pero todos estos testimonios eran considerados sospechosos, sin valor, o mentirosos por las «conciencias virtuosas» occidentales garantes de los pretendidos «derechos del hombre».

Las revelaciones sobre el comunismo, decían ellos, serían explotadas por la derecha. Decir la verdad sobre el sistema comunista era ser cómplice del Fascismo. Las revelaciones proporcionadas por los archivos de Moscú tropiezan aún con fuerte resistencia. Los compañeros de viaje, antes públicos y ahora camuflados, admiten que el comunismo ha matado a decenas o centenares de miles de personas, incluso a millones; pero no era tan grave, puesto que era en nombre de los "valores democráticos" y de la "felicidad de la Humanidad".

Después de todo, la inspiración era generosa, y en cualquier caso, se aplicaba a contrarrevolucionarios o a fascistas que era legítimo sacrificar. No exageramos: la lectura de las reacciones histéricas de demasiados medios de comunicación, entre ellas las de varios colaboradores del diario Le Monde, que reproducen fielmente Pierre Rigoulot y Ilios Yannakakis en su libro Un payé dans l'Histoire. Le débat francais sur le livre noir du communisme (1998), provocan náusea. Tanta crueldad, falta de corazón, ceguera sectaria e inhumanidad ante la desgracia ajena, y ello a pesar del balance terrorífico de ocho decenios de aplicaciones y de experiencias, dan asco. Se dice que hay lugares de la memoria. También hay lugares privilegiados de la mentira, de la manipulación y del odio. Para Venner y para todos los historiadores honrados y justos, la amplitud de la misión sigue siendo enorme. Y aunque no agrade a algunos, se cumplirá.

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