Stanley G. Payne es, a sus 84 años, el especialista extranjero más prestigioso en
el campo de Historia Contemporánea
de España. Jubilado ya de su cátedra HilldaleJaume Vicens Vives en la Universidad de Wisconsin-Madison, ha mantenido sin embargo
un ritmo de trabajo envidiable. Sus últimos libros se han centrado en el estudio de la República, la Guerra Civil y la España de Franco,
pero destacan también sus últimas aportaciones sobre el hispanismo, la imagen de España
y la historia general de nuestro país, entre las que sobresalen España. Una
Historia única (2008), En defensa de España: desmontando
mitos y leyendas negras (2017);
365 momentos clave de la Historia de España (2018); o La
revolución española, 1936-
1939 (2019). Esa prolongada
y constante dedicación a la
historia de España es la clave
que deseamos desentrañar en
esta entrevista.
1. Probablemente le hayan
hecho muchas veces esta pregunta, pero es casi obligada
formulársela a un hispanista. ¿Por qué eligió
España como campo de estudio? ¿Fue algún
vínculo familiar? ¿Algún viaje de juventud o
algún libro que le impactase?
-S. Payne. Entrar en esta pista era algo relativamente lógico desde un cierto punto de vista,
pero desde otro parecía casi una casualidad. En
la escuela me introdujeron al idioma, al menos
un poquito, cuando era un niño de nueve años
en Texas, y seguía estudiándolo en la escuela
secundaria y como subgraduado universitario.
Pero eso era una afición personal. El interés en
mi país se enfocaba mucho más hacia Hispanoamérica y aprendí muy poco sobre España,
sin la menor intención de dedicarme a estudios
especializados. Me interesaba mucho más Rusia, pero no tenía la oportunidad de tomar clases en ruso. Perdí la oportunidad de ganar una
beca en el Russian Institute de la Columbia
University, tal vez por un atraso o extravío de
correo, y me quedé con una beca de Claremont, pero en una situación en que tendría
que escoger otro tema de investigación. Luego,
en ese verano de 1955, por pura casualidad, di
con dos libros en inglés que realmente despertaron mi interés. Fueron El temperamento español escrito por el veterano crítico literario inglés (e hispanista por afición) V. S. Pritchett,
muy estimulante, y una historia de arte medieval española que realmente me gustó.
Nunca tuve un mentor o director especialista en la historia de España, pero sí profesores
especializados en cuestiones o países análogos
o vecinos que me alentaron y apoyaron: el conocido hispanoamericanista Hubert Herring
en Claremont, que dirigió la tesina, y cuando
finalmente llegué a Columbia, Shepard
Clough (antiguo alumno del exembajador
Carlton Hayes), especialista en historia contemporánea de Francia e Italia, como director
de tesis. Pero nunca había metido el pie en Europa ni tenía vínculo familiar alguno. Entonces
éramos más pobres y se viajaba poco.
2. Durante sus estudios de doctorado, tuvo
un contacto frecuente con numerosas personalidades del exilio español. De ellos, ¿quién
le pareció más sugestivo?
-S. P. Joaquín Maurín, el fundador del famoso
y malogrado POUM. En Nueva York conocí a
varios emigrados republicanos notables, y de
ellos el que me aconsejó más franca y astutamente fue Emilio González López, profesor de
literatura española en Hunter College. Con
Casares Quiroga, había sido uno de los dos líderes principales de la ORGA republicana gallega, aunque más moderado que su rival principal, pero sus contactos con la España de 1958
eran limitados.
Uno de los miembros de mi tribunal del
examen doctoral oral, preliminar a la tesis, fue
Francisco García Lorca, exdiplomático republicano y hermano menor del poeta, que era
profesor de literatura española en Columbia.
Le expliqué que iba a necesitar contactos más
extensos para empezar mis investigaciones en España, y por eso me puso en contacto con
Maurín.
Joaquín Maurín había sido, y en algún sentido seguía siendo, un personaje francamente
carismático, aunque había tenido poco éxito
en la política por su revolucionarismo extremo.
Desde 1947, después de su salida de la cárcel
en España, vivía en el exilio en Nueva York a
base de su propia pequeña agencia de prensa,
American Literary Agency, como una suerte
de enlace entre la prensa de Estados Unidos y
la de Hispanoamérica. Su experiencia personal
le había templado mucho; ya no era un marxista-leninista revolucionario, sino más bien
un socialdemócrata.
Maurín tenía una personalidad impresionante, de gran calor humano pero combinado
con inteligencia y rigor, como muy pocos que
he conocido en mi vida. Me recibió en seguida
de un modo abierto y simpático, y llegamos a
ser muy amigos. A largo plazo su actitud conmigo era casi paternal, como si yo fuera su “hijo
americano”. Siempre me invitaba a comer en su restaurante
chino predilecto, “The Good
Earth”, en la calle 72 con Broadway, cerca de su casa. La última ocasión que nos vimos
tuvo lugar en 1973, meses antes de su muerte. Le visité en
su casa, dado su estado de salud, pero cuando salí estaba
lloviendo, y Maurín insistió
en sacar su paraguas para protegerme de la lluvia cuando
cogí un taxi, a pesar de que el
enfermo era él, no yo. Así que
mi último recuerdo personal
fue de verdad conmovedor.
Aunque su antiguo revolucionarismo había desaparecido en una parte muy grande por esta etapa,
nunca compartimos exactamente los mismos
valores políticos, y por eso su esposa (hermana
del político y ensayista ruso Boris Souvarine,
primer biógrafo crítico de Stalin) se sorprendía
un poco de nuestra amistad, como ella misma
me comentaba. Sentía desazón con respecto a
su carrera política anterior, al punto de que no
quería hacer una autocrítica formal, sino dejarla
en gran parte en silencio. Empezó a publicar sus
memorias solamente en los últimos meses de su
vida en España Libre (bisemanal neoyorquino
de republicanos emigrados, en gran parte cenetistas –con ellos Maurín volvió a su primera juventud política premarxista).
Siempre apoyaba mis propios trabajos con
entusiasmo, hasta en el caso de mi The Spanish
Revolution (1970), a pesar de mi crítica del proceso revolucionario destructivo bajo la República. Fue gracias a la recomendación entusiasta
de Maurín a un japonés interesado que pronto
salió una edición de ese libro en japonés.
3. Su primer trabajo de investigación versó
sobre Falange Española y la figura de José
Antonio Primo de Rivera. ¿Qué le impulsó a
investigar un tema tan controvertido en un
momento, finales de los cincuenta, álgido del
franquismo? ¿Le supuso algún problema en
la España de entonces?
-S. P. Cuando yo empecé a investigar en 1955,
lo ignoraba todo. El tema fue una sugerencia
de mi director de tesina, Hubert Herring, que
luego podía continuar con la tesis doctoral. No
tenía muy claro cómo podría investigar en España, pero poseía la confianza y energía de la
juventud. Puesto que habría muy poco de archivos aprovechable, era evidente que iba a
necesitar el apoyo de los españoles mismos, a
nivel personal. Maurín me puso en contacto
con su correligionario Julián Gorkín (que tenía una cicatriz muy prominente
en la frente, donde una bala
comunista casi consiguió asesinarle) en París, que entonces cooperaba con Dionisio
Ridruejo en el intento de formar un nuevo partido socialdemócrata español. Me dio
una carta de presentación a
Ridruejo en Madrid, solicitando su ayuda. Eso fue clave.
Ridruejo se portó estupendamente conmigo, presentándome a todos los camisas viejas de Falange. Nuestras largas
conversaciones en el cuarto
de estudio de su casa, de las
que yo tomaba notas copiosas
a mano, también me explicaron mucho.
Eso quería decir que mi
metodología fue en gran parte
“la historia oral”, término que
entonces casi no existía. El
momento fue especialmente oportuno. Habían
pasado veinte años y el mundo había cambiado
bastante. Los veteranos del partido estaban
más relajados, con cierta distancia y perspectiva que antes no hubieran tenido. Muchos estaban dispuestos a hablar conmigo y hasta a dar
alguna documentación primaria. Algunos eran
bastante honestos, otros no. Es la responsabilidad del historiador contrastar y tratar de verificar todo esto.
No tiene nada que ver con la llamada “memoria histórica”. La historia oral es una metodología crítica profesional que busca ser objetiva, también utilizando otras fuentes, mientras
que la “memoria histórica” es una creación política presentista que, en la práctica, ignora la
historia.
Yo también calculaba que el momento era
más oportuno para un investigador universitario norteamericano, por las buenas relaciones
entre Washington y Madrid después de 1953.
Así era. Los españoles de aquel tiempo en una
gran parte aceptaron como válidas mis credenciales como doctorando neoyorquino, dándome cierto estatus objetivo y desinteresado
que no hubiera podido lograr ningún español
de esa época. La policía me vigilaba, pero de
un modo discreto y profesional, sin la menor
interferencia directa. Años después pude leer
el informe policíaco sobre mis actividades que
llegó al despacho de Franco en abril de 1959.
Fue un documento por la mayor parte exacto,
pero también expresó cierta impotencia de la
policía y del régimen para impedir mis pesquisas, por la evolución de la dictadura y la delicada situación internacional.

4. El nombre de la cátedra que ocupó en la
Universidad de Wisconsin-Madison homenajea al historiador Jaume Vicens Vives. ¿Ha
sido quien mayor influencia ha ejercido sobre
usted en sus comienzos como hispanista?
-S. P. Jaume Vicens fue el historiador más dinámico e impresionante que yo he conocido
jamás, en cualquier país. Ya tenía fama en el
extranjero, y quería conocerle. Mi compatriota
Gabriel Jackson, algo mayor que yo, ya tenía
contacto con él y le pedí una carta de presentación, que le presenté en su casa en Barcelona
el segundo día de mi estancia en España. Me
sorprendió el calor de su bienvenida; me invitaba a cenar la próxima noche, en compañía
de su hijo Pere, que el año anterior había vivido en California como alumno de intercambio. En total, nos vimos en cinco ocasiones diferentes ese año, tres veces en Barcelona y dos
en Madrid. Me distinguió con una atención, y
hasta con una amistad, que me sorprendió, porque de verdad yo no era nadie, pero Vicens
evidentemente creía que como joven estudioso
era prometedor.
Era el historiador más distinguido de España de su generación, un estudioso que tuvo
que luchar con las condiciones de atraso educacional de la época y también con las restricciones políticas evidentes. Me impresionaron sobre todo su rigor y originalidad
intelectuales, su aguda capacidad analítica,
su apertura a las nuevas corrientes internacionales, y su fantástica energía y dinamismo.
No tenía igual.
No era perfecto. Empezó su carrera con
unas críticas originales y valientes del subjetivismo de la historiografía catalanista de
aquellos años, pero al final formó su propio
mito, hasta cierto punto, de la burguesía catalana modernizante del siglo XIX. Pero no
ha habido nadie que fomentara tantos proyectos creadores en tan breve espacio de
tiempo. Influyó mucho en mi propia formación por varios modos: por su valentía y
originalidad, por su ejemplo personal, profesional y moral, y también por algunas sugerencias concretas. Fue Vicens, por ejemplo,
quien me sugirió el tema de mi siguiente investigación importante, sobre los militares y
la política. Cuando obtuve
mi cátedra en Wisconsin en
1980, no dudé un instante
en que debía homenajearle.
5. Después de Falange, estudió las relaciones entre el
Ejército y la política española, y se embarcó en un estudio de las izquierdas españolas titulado La Revolución
española. ¿Qué papel tuvieron ambos factores, militares y organizaciones obreras,
en la crisis del constitucionalismo español entre 1923
y 1936?
-S. P. La larga época del liberalismo decimonónico español finalmente alcanzó
cierta estabilidad después de
1874, y ese régimen, no la
muy controvertida Segunda
República, es el verdadero
antecedente del sistema democrático actual. Entró en un proceso de crisis lenta en 1917, con su
punto de inflexión en 1923, iniciado por el
pronunciamiento de Primo de Rivera. La estabilidad constitucional y representativa no
volvió hasta después de la muerte de Franco,
pero el pronunciamiento de 1923 no representó ninguna gran conspiración o rebelión
del Ejército, sino una iniciativa personal –con
apoyo limitado– de Primo de Rivera. España
había llegado a ser un país muy liberal, con
mucho respeto por las leyes y los derechos individuales, y menor interés de parte de los
militares en interferir en la vida política. Más
tarde los republicanos no tendrían el menor
éxito en sus múltiples intentos de provocar
una sublevación a su favor, a pesar de la izquierdización de una gran parte de los militares. Y hasta en una situación de verdadera
crisis como la de la primera de 1936, por meses los conspiradores militares tenían poco
apoyo dentro del Ejército.
La Segunda República casi constituye un
manual sobre los errores que no deben cometerse para construir y consolidar una democracia. No hubo partido que no contribuyera
negativamente en este proceso. Pero en la
medida en que hubiera una clave principal,
fue el proceso revolucionario, iniciado de un
modo limitado y confuso en 1931 y luego
acelerado en 1934, para después ampliarse
profundamente en 1936, el que evitó la pervivencia de la República. La sublevación militar, parcialmente derrotada, fue el detonante de la Guerra Civil, pero la causa
fundamental fue este proceso revolucionario,
una verdad admitida por un socialista honesto como Julián Besteiro.
No quiero recapitular toda esa historia
aquí, aunque en varias ocasiones he explicado cómo las circunstancias de España reflejaban perfectamente las bosquejadas por la teoría conductista de la revolución de Tocqueville. El
proceso revolucionario empezó de un modo semimoderado, para luego radicalizarse
más y más. La pretensión de
que la gran revolución española de 1936 –en la zona republicana la más extensa y
violenta revolución obrera
de masas desde la rusa en
1917, como insistían sus portavoces mismos– fue meramente una repentina “respuesta” a la sublevación
militar semifracasada es
mentalmente infantil, porque nada de esa extensión y
profundidad puede ser inventada sobre la marcha,
sino que fue la expresión de
ese amplio proceso revolucionario en evolución. Dadas las circunstancias internacionales
de 1936-37, pronto llegó a ser la “revolución
que nunca se osaba o se atrevía a decir su
nombre”. El camuflaje de la revolución ha
sido la base de todo el mito histórico de las
izquierdas en España desde entonces.
Me parece realmente extraordinario que
después de medio siglo ningún historiador español se haya atrevido a reemplazar mi antigua The Spanish Revolution, que sigue siendo el
único estudio individual de todo ese proceso
clave, aunque en el siglo XXI ese tomo está en
parte desfasado. Relanzo el título para mi ensayo nuevo sobre la Guerra Civil, no porque
se trate de una revisión de ese libro, sino para
llamar la atención sobre lo que fue la clave de
la coyuntura.
La razón de este silencio, en la medida que
haya razón, es que ninguna de las grandes revoluciones modernas fue tan completamente
puesta al revés como la española, con la victoria total y aplastante de la contrarrevolución
de Franco. En eso España ciertamente fue diferente, pero eso no cambia la historia, y debe
exigirse la verdad de lo sucedido en la zona republicana entre julio de 1936 y abril de 1939.
6. Es significativo su interés por la historia
del nacionalismo vasco en los años setenta.
¿Tuvo que ver el contexto conflictivo de la
España de entonces? ¿A qué atribuyó en
aquellos años el surgimiento de ETA?
-S. P. Mi interés en los nacionalismos lo despertó Vicens Vives, quien siempre deseaba
que prestara más atención a Cataluña. Pero,
cuando finalmente tuve algún tiempo para
dedicar al tema en 1972-73, la cuestión vasca
había llegado a ser la más candente. Por eso,
sí, fue consecuencia de los conflictos de aquellos años. No pensaba escribir un libro sino
un estudio más breve pero, cuando investigaba en los fondos del Basque Studies Program en Nevada (entonces probablemente el
único de esa clase fuera de España), su director me pidió que lo ampliara a un libro breve
para su serie de publicaciones.
En aquel entonces yo, como la mayor parte
de la gente, creía algo ingenuamente que la
exacerbación del vasquismo fue el producto de
la prolongación de la dictadura. Como he explicado en otro sitio, me habían gustado mis
dos charlas con el líder del PNV, José Antonio
Aguirre, campechano y simpático, en París en
1958-59, y tenía una opinión bastante positiva
de los nacionalistas vascos. Pero esa monografía breve sobre el primer nacionalismo vasco
fue de un alcance limitado, y era útil meramente como una primera indagación pionera
en lo que después llegó a ser una industria de
estudios sustancial.
7. El aumento de la conflictividad durante el tardofranquismo no auguraba un
tránsito tranquilo de la dictadura a la democracia.
¿Existía cierto escepticismo
en Estados Unidos sobre la
democratización de España?
-S. P. La situación en España
en 1975 parecía conflictiva
en comparación con la de
1960, pero no tanto desde
otras perspectivas. En el Departamento de Estado existía
algún escepticismo, que fue
muy acusado en el caso personal de Henry Kissinger,
siempre aconsejando mucho
cuidado y lentitud en la
Transición por temor de que
a los españoles se les escapara de las manos. Pero en la
primera parte de 1975, y probablemente antes, yo había
llegado a ser francamente
optimista, como éramos la
mayor parte de los pocos estudiosos que nos ocupábamos de los asuntos políticos
españoles, porque estábamos
convencidos de que ya existían todos los ingredientes
necesarios para una transición democrática exitosa.
Por eso, cuando en junio de
1975 la Junta Democrática,
bajo un disfraz, consiguió
convocar una sesión privada
en un salón de la Cámara de Representantes
en Washington para insistir en una intervención del gobierno estadounidense para con trolar al mando militar español, evitando que
se reprimiera la democratización, yo fui el
único de unos doce presuntos expertos que
dijo que no sería necesario. Expliqué que casi
todas las intervenciones militares importantes en España habían sido respuestas a crisis
políticas, y si los nuevos líderes de un gobierno democrático conseguían mantener la
estabilidad, con la ley y el orden, un logro
que yo creía posible, no habría una intervención desestabilizadora.
8. Su labor de ‘fascistólogo’ y su capacidad
de análisis comparado de este movimiento
quedarán como una de sus grandes aportaciones a la historiografía mundial. Pero,
¿qué le indujo a embarcarse en una empresa
tan ambiciosa?
-S. P. Fijarme en esa cuestión fue una consecuencia de mis primeras pesquisas en España y
también de la coyuntura de aquellos años. Puse
como subtítulo a mi primer libro las palabras
algo pomposas de “Historia del fascismo español”, con la certidumbre de que se trataba de
la expresión española de una tendencia europea más amplia. Pero me habría sido muy difícil en aquel momento presentar cualquier análisis comparado del fenómeno, por la ausencia
de investigaciones intensivas. Una vez que había terminado el libro de los militares y varios
escritos menores, junto con mi historia general
de España y Portugal en dos tomos, el problema me preocupaba más y más, y me puse a
leer una enorme literatura secundaria, que me
costó bastante tiempo. Durante la última parte
de la década de 1960 y gran parte de la década
siguiente también, existía a nivel internacional
lo que llegó a ser conocido como “el debate sobre el fascismo”, en que, después de los primeros años, yo participé también. Mi primera
contribución de cierta importancia fue una ponencia en un congreso en
Noruega en 1974, y desde entonces persistí en la labor. Por
1977 creía que había formado
una base de datos y una estructura analítica adecuadas
para pasar a la preparación de
un libro no tanto de narración
histórica sino de análisis comparado, más como politología,
que pudiera dar claridad analítica e histórica al fenómeno
comparado. Tuvo éxito y continúa reeditándose después de
casi cuarenta años.
9. Usted siempre sintió un
gran interés, incluso vocación, por la historia de Rusia. ¿Fue “Unión Soviética,
comunismo y revolución en
España” una manera tangencial de abordarla?
-S. P. Sí, en cierto sentido. El
estudioso que había dado
gran parte de su vida a este tema fue mi muy
buen amigo el británico Burnett Bolloten.
Había llegado a obsesionarse con ello, pero
se murió poco antes del colapso de la Unión
Soviética, y por eso no pudo rectificar algunos errores cuando finalmente se abrieron los
archivos soviéticos. Durante la década de
1990 la americana Mary Habeck y los españoles Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo
sacaron la primera documentación básica de
Moscú, y en los 2000 parecía posible escribir
una historia auténtica de una de las cuestiones más importantes y más controvertidas de
la Guerra Civil.
La historia de Rusia es un tema apasionante, aunque a la vez deprimente y frustrante. He explicado mi interpretación de una
parte de eso en mis reseñas de libros sobre Rusia en Revista de Libros. En 1917 algunos escritores de izquierdas, Trotski incluido, abordaron el tema de que España era el país más
parecido a Rusia, un concepto muy falso. El
país más parecido a España (fuera de Portugal)
es, a pesar de las grandes diferencias, Italia, y
en el este de Europa, como decía el gran historiador polaco Jan Lelewel, es Polonia.
10. El Colapso de la República ha sido el
intento más sugerente de ofrecer una explicación más compleja y multicausal de la
quiebra del constitucionalismo español.
¿Cómo ve actualmente la historiografía sobre los orígenes de la Guerra Civil?
-S. P. Yo he dicho siempre que la ausencia de
atención a las verdaderas causas de la Guerra
Civil por parte de los historiadores españoles,
con la ausencia de una historia objetiva y detallada de los últimos meses de la República,
es un fenómeno extraordinario de timidez,
conformismo y pensamiento único. Creo que
ahora se realizan progresos, especialmente en
los dos últimos años. Un libro clave es vuestra historia nueva de las elecciones del Frente
Popular, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (2017), que explica
por primera vez el punto de partida. Todo el
mundo sabía que las tres últimas fases del proceso electoral (marzo a mayo) fueron fraudulentas, pero con este libro nuevo aprendemos
que una parte crucial de la primera fase, la
básica, fue igualmente anormal. Y, sobre
todo, que el ascenso de la izquierda al Poder
se produjo antes de que pudieran verificarse
los resultados y, por tanto, permitió a sus dirigentes construirse una mayoría.
Otros hispanistas han contribuido, sobre
todo el libro más reciente del as de los hispanistas italianos en historia contemporánea, el muy destacado Gabriele Ranzato,
con su El gran miedo de 1936 (2014). Son
muy importantes los dos libros recientes de
Miguel Platón sobre la República y sobre el comienzo de la Guerra Civil, e igualmente
importante la obra que se publicará pronto
sobre la conspiración militar de 1936 por
Roberto Muñoz Bolaños, la primera historia
completa y objetiva de la preparación de esa
sublevación. Es la enorme ventaja de los
historiadores que tienen la suerte de trabajar
en un marco de libertad y democracia: pese
a todos los obstáculos y resistencias, poco a
poco la verdad y la complejidad histórica
emergen.
11. Usted tiene historias generales, ensayos y balances sobre la historia española,
estudios sobre diversos aspectos como el
Ejército, las izquierdas, el catolicismo, el
fascismo, el nacionalismo, la República, la
Guerra Civil, el Franquismo y la imagen
de España. El bagaje es impresionante.
¿Existe algún aspecto de la historia de España que le hubiera gustado investigar y no
haya podido?
-S. P. Claro, hay varios aspectos que no he
podido tratar con más que un breve ensayo:
el reino de Asturias (mi interés principal en
la Edad Media, aunque totalmente fuera de
mi alcance), el nacionalismo cultural del siglo XIX, y otras muchas cuestiones. Si hubiera podido ser antropólogo, me habría
gustado hurgar en la cuestión del “individualismo español”, tesis que nunca me ha
convencido: me parece un mito que, por su
perduración, necesitaría ser estudiado. Y podríamos seguir así por mucho tiempo. Para
poner la cuestión del revés, sin duda he dedicado demasiada atención a la historia política, pero eso es el producto de mi época y
mis circunstancias y, en realidad, no lo lamento lo más mínimo.
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