lunes, 19 de octubre de 2020

LA TRISTE HISTORIA DEL PROFESOR DECAPITADO Y LO QUE PIDE LA SITUACIÓN

 

Cuando el terrorismo es protagonizado por una organización, la sociedad puede defenderse a través de las fuerzas de seguridad del Estado: basta con investigar, detener y juzgar a los integrantes de la red. Pero cuando el terrorismo es protagonizado por decenas de chalados, tras los cuales no existe ninguna organización y sus acciones criminales son el resultado de una interpretación literal de sus creencias religiosas, no hay defensa posible. Hoy será éste el asesinado, maña aquel otro y, poco importa que la buena noticia sea que el terrorista sea liquidado en cuestión de minutos al carecer de infraestructura y ni siquiera haber previsto qué hacer después de cometer. ¡Qué puede importarle, si tiene la convicción de que renacerá en el “paraíso de Alá”, donde recibirá cuarenta palacios de jade, cada uno con cuarenta harenes y cada harén con cuarenta huríes y vivirá eternamente con treinta y tres años y erección permanente! Todo esto viene a cuenta del asesinato de Samuel Paty, profesor decapitado en Francia por el fanático islamista de turno.

El profesor, ni era conocido como “islamófobo”, ni siquiera como votante de Marine Le Pen; el profesor Paty era, más bien, un liberal progresista, de esos que creen que el diálogo lo resuelve todo y que se puede debatir con todos con paz y amor. Era tan respetuoso que, incluso, en la clase de “libertad de expresión”, antes de enseñar las caricaturas de Mahoma, dijo que, si algún alumno se iba a sentir ofendido, podía abandonar el aula. Lo hicieron algunos, pero una de las alumnas que se quedó informó a los islamistas y así empezó todo. Esta misma alumna, había publicado dos vídeos en redes sociales criticando al profesor, ofreciendo datos personales de él y, previamente, lo había denunciado por difusión de “pornografía” en la clase de educación sexual…

Me recuerda al asesinato de los redactores de Charlie Hebdo: en las entrevistas posteriores a los supervivientes, con una ingenuidad pasmosa, demostraban ignorar por completo lo que era el islam y desconocer lo que implicaba publicar una caricatura de Mahoma. Lo mismo le ocurrió al profesor Paty. Hay que tener en cuenta que, los medios de comunicación en Francia dan mucha audiencia a islamistas moderados que insisten en sus puntos de vista compatibles con la legislación europea y cierran las puertas a los radicales islamistas, de tal manera que los sectores liberales y progresistas de la opinión pública están predispuestos a considerar al islam como una religión tolerante, respetuosa con la libertad de expresión y ajena a los radicalismos… Y luego pasa lo que pasa.

En cuanto al asesino, ni siquiera estaba fichado y no existían datos de que fuera un islamista radical. Había nacido en Moscú, de origen checheno. Un conocido propagandista islamista, Abdelhakim Sefraouni, presidente del “Consejo de Imanes de Francia”, visitó, junto con el padre de la alumna, al director del instituto y emitió una “fatwa virtual” contra el profesor. Se sabe cómo terminó.

El tal Sefraouni y los familiares del asesino, figuran entre los 9 detenidos por la policía francesa. Esta detención es importante porque se trata de la primera vez en que un alto cargo religioso de un país europeo haya amenazado e instigado el asesinato de alguien que no comparte sus ideas religiosas.  Lo sorprendente no es eso ¡sino que el fulano llevaba quince años siendo investigado por la policía como islamista radical tras promover continuamente actos violentos!

Sin contar las más de 200 iglesias incendiadas en Francia, entre las que se encuentran, vale la pena no olvidarlo, Notre Dame de París y la catedral de Nantes, en los últimos cinco años han muerto en Francia 259 personas, víctimas del terrorismo islamista. Si tenemos en cuenta que los matarifes de ETA, en medio siglo de actividad, asesinaron a 800 personas, la cifra de víctimas del terrorismo islamista en Francia habla por sí misma.

En cuanto al asesino, se trataba de un “refugiado” checheno. A pesar de tener antecedentes sólo por pequeños robos y delitos comunes, una hermana suya se había unido al Daesh en 2014 y sí está en busca y captura. Pero, lo más sorprendente -y en este asunto vamos de sorpresa en sorpresa- es saber que el ministro del interior francés anunció, después del asesinato de Paty, la expulsión de 231 extranjeros residentes ilegalmente en Francia y fichados por “radicalización islamista”, de los que 180 están en la cárcel. ¿Hacía falta un asesinato que ha generado la repulsa de la sociedad para acometer esta medida? ¿Cuántos asesinatos similares harán falta para entender que con demasiada frecuencia “refugiado” es sinónimo de “inmigrante ilegal con conciencia de islamista radical”?

La detención de Sefraouni es todavía más significativa en la medida en que se había enfrentado a los “imanes moderados”. Y tenía un buen apoyo para hacerlo: El Corán. En otras ocasiones ya hemos extraído frases del libro sagrado de la tradición islámica que constituyen verdaderas llamadas a masacrar infieles. Se dirá que en muchas religiones existen frases parecidas y que en el Antiguo Testamento también se encuentran frecuentes llamamientos a la violencia o que el propio Cristo maldijo a las ciudades de Betsaida y Corazaín que lo habían acogido mal, o expulsó con violencia a los mercaderes del templo, etc. Sí, esto es cierto, pero también es más cierto que ningún practicante del cristianismo se toma estos textos como ejemplos a seguir, algo que no ocurre con el islamismo, la única religión por la que alguien hoy está dispuesto a matar y morir (a la vista de la recompensa prometida que, por cierto, no es manca). Es esto y no otra cosa, lo que hace del islamismo una religión diferente.

Lo normal sería que, a la luz de lo ocurrido en los últimos seis años, la difusión en Europa del islam estuviera controlada y limitada. En lugar de eso, lo que tenemos es que es la única religión que se enseña en aulas en la Europa laica. Últimamente en Cataluña, se ya se dan clases en ocho centros públicos de islamismo, en un “proyecto experimental”. Es la misma Cataluña en donde el 17 de agosto de 2017 unos islamistas arrasaron en Las Ramblas al no poder cometer un atentado de mayor alcance. En total, 16 muertos para mayor gloria de Alá…

Hemos señalado reiteradamente que el gran problema de la religión islámica es la facilidad con la que un “islamista moderado” se desliza hacia posiciones “radicales” y como, manejando los textos coránicos, se consigue justificar cualquier masacre. Esto hace que un islamista “moderado” de hoy pueda pasa a ser un islamista “radical” mañana. ¿Cómo se controla un fenómeno así? Yendo a las raíces del problema y tomando medidas excepcionales.

Gracias a los iluminados que han generado las corrientes migratorias hacia Europa, estamos en un momento en el que el continente se enfrenta a la posibilidad de una guerra civil que será, a la vez, racial, religiosa y social: 

- guerra civil racial porque la inmensa mayoría de islamistas residentes en Europa pertenecen a grupos étnicos no europeos.

- guerra civil religiosa porque las únicas tensiones religiosas que existen en el continente tienen como origen una forma de entender el islam.

- guerra civil social porque los islamistas residentes en Europa realizan una mala lectura de su situación (se trata de grupos subsidiados) y la izquierda los considera el “nuevo proletariado” que ayudará a abatir a la “burguesía conservadora”.

Urgen medidas para evitar actos de terrorismo, organizado o espontáneo, de carácter islamista. Citamos algunas que nos parecen imprescindibles:

- Consideración del islam como una religión diferente a cualquier otra, en la medida en que no defiende solamente principios propios de cualquier otra forma religiosa, sino formas radicales de ponerlos en práctica.

- Cese de toda inmigración procedente de países islámicos o con mayoría islámica.

- Prohibición de difundir el Corán sin podarlo de aquellas frases que supongan llamamientos a la violencia.

- Expulsiones de imanes radicales y vigilancia continua sobre focos de radicalismo.

- Limitaciones a la difusión del islam en Occidente.

- Prohibición de abrir nuevas mezquitas con fondos procedentes de países islámicos.

Me gustaría que algún partido asumiera, al menos, alguna de estas exigencias. La debilidad se paga y Europa pagará cara la debilidad inducida por la clase política. Sí, ya sé que, en Europa, ni los Macron, ni la Merkel, ni mucho menos un Sánchez, tienen la más mínima intención de adoptar ninguna medida que pueda ofender a la comunidad islámica. 

En ese caso, vale la pena que nos vayamos preparando para la perspectiva de la guerra civil religiosa, étnica y social. Y que nos hagamos a la idea rápidamente, porque algunos islamistas ya están instalados en ese territorio agresivo.

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viernes, 16 de octubre de 2020

FRAUDE DESESPERADO

 

En un discurso Joseph Goebbels dijo:

“La buena propaganda no necesita mentir, de hecho no tiene por qué mentir. No tiene ninguna razón para temer a la verdad. Es un error creer que la gente no puede soportar la verdad… si pueden, es sólo cuestión de presentarles la verdad en una manera que sean capaces de entenderla. Una propaganda que miente prueba que tiene una mala causa y no podrá tener éxito en el largo plazo.” Joseph Goebbles, Nuremberg, 1934.

“Desperate Deception” (Fraude Desesperado) detalla cómo los británicos y los yanquis establecieron un campo de concentración alemán falso en Staten Island para crear imagenes de archivo mostrando “las atrocidades nazis”, con las cuales buscaban obtener que la opinión pública estadounidense apoyara la guerra contra Alemania.
Esto también se hizo en Canadá, donde también se crearon fotos falsas, todo para demonizar a los alemanes! Pero, por supuesto, no se detuvo ahí cuando terminó la guerra. ¿Usted recuerda haber visto todas esas “atrocidades nazis” que nos enseñan en la clase de historia? ¿Sigue pensando que todo era real y que todo es verdad? ¿Y todavía cree que Goebbels y Hitler fueron los grandes mentirosos?
Imagínese que Gran Bretaña está en guerra con un enemigo fuerte y decidido. Imagine que ha quedado claro para los políticos extranjeros de la isla que no podrán derrotar militarmente a su enemigo por su cuenta. Supongamos que los estos políticos miraron a su alrededor en busca de un posible aliado en la guerra, y llegaron a la conclusión de que Estados Unidos era el candidato más deseable. Pero supongamos que un gran obstáculo para la obtención de la participación norteamericana en la guerra del lado de los britanicos fuera un fuerte sentimiento no-intervencionista entre el pueblo americano y una falta de voluntad por parte de los miembros del Congreso de los EEUU para votar por entrar en la guerra, siempre y cuando no estuviesen directamente bajo ataque.
Ahora imagine que el gobierno británico va a llevar a cabo un amplio programa de engaño y manipulación en EEUU para que ésta entre en la guerra a su lado, incluyendo calumniar a los miembros del Congreso, que abogaban por la neutralidad americana y distorsionar sus posiciones, integrado por falsedades sobre las acciones e intenciones del enemigo británico en la guerra, utilizando una red de escritores norteamericanos respetados, corresponsales, y figuras de los medios para exagerar el caso británico, y escribir discursos y documentos de posición preparados por los miembros del gobierno norteamericano para utilizarlos casi palabra por palabra mientras que hacen creer como si hubieran sido escritos por los norteamericanos.
Es fácil suponer que si dicha información sobre esta campaña llegara a ser pública en Estados Unidos, causaría un escándalo nacional y una reacción violenta en contra de los británicos. Y es fácil imaginar que incluso algunos británicos podrían sentirse sorprendidos y enojados de que su propio gobierno recurriría a tales subterfugios contra un país neutral que normalmente se considera amable y comprensivo con ellos mismos.
Eso es exactamente lo que el gobierno británico hizo en los Estados Unidos a partir de 1939 para ganar el primer apoyo estadounidense en su guerra contra la Alemania Nacional Socialista y luego obtener la entrada de Norteamérica en la guerra del lado de Gran Bretaña, cuando una victoria británica sin la participación estadounidense parecía imposible.
La Historia de la Campaña de Guerra del Gobierno Británico en Norteamérica se cuenta con gran detalle en el libro de Thomas E. Mahl, Deception Desperate: Operaciones Encubiertas británicas en los Estados Unidos, 1939-1944.
Poco después del comienzo de la guerra en septiembre de 1939, los británicos crearon el Servicio Británico de Coordinación de Seguridad (BSC), con sede en la ciudad de Nueva York. Su director durante casi toda la guerra fue William Stephenson, cuyo nombre en clave era “Intrepid”. Los métodos y tácticas utilizadas incluyen las siguientes:
La Falsificación de la Información:
Por ejemplo, en octubre de 1941, Franklin Roosevelt pronunció un discurso a la nación en la que dijo que tenía en su poder un mapa alemán capturado de Sudamérica que trazaba la planificada invasión nazi de Brasil. El mapa había sido hábilmente creado por un equipo británico en Toronto y posteriormente enviado a la Casa Blanca. Fue utilizado por Roosevelt para presionar al Congreso a derogar algunas de las leyes de neutralidad.
En noviembre de 1941, el gobierno británico decidió que no eran suficientes las fotografías dramáticas de las atrocidades nazis. El BSC organizó un estudio en Canadá para crear este tipo de fotografías con actores, escenarios, disfraces y muñecos para la fabricación de escenas de guerra en la que los actores disfrazados de soldados nazis se mostraban asesinando a personas inocentes en masa. Estas fotos fueron ampliamente difundidas en los Estados Unidos.
El Uso y la Manipulación de la Prensa y Personalidades Públicas:
Los británicos obtuvieron el apoyo encubierto e implícito de tales figuras públicas más importantes de la prensa y los medios de comunicación como:
Walter Winchell (comentarista de radio); Dorothy Thompson (autor y columnista), Walter Lippman (escritor y ensayista), Robert E. Sherwood (autor y guionista) Paul Patterson (editor del Baltimore Sun), Marshall Field (empresario y fundador del Chicago Sun), Henry Luce (editor de Time, Life y Fortune), Harold Guinzburg (cofundador de Viking Press), y muchos otros para la creación de noticias sesgadas y comentarios sobre los británicos y a favor de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
Algunos de ellos fueron utilizados a través de organizaciones encubiertas patrocinadas o apoyadas por los británicos, algunos conscientemente participaron en una campaña encubierta para la causa británica.
El BSC también dio apoyo encubierto a la escritura y el uso de los libros de texto escolares que presentarían a Gran Bretaña en una luz positiva y la unidad de América en los valores y creencias con la causa británica. Los británicos incluso fueron tan lejos como para manipular las tiras cómicas, estos presionaron con éxito a Jamón Fischer, creador de “Joe Palooka”, para dar a su línea de la historia de cómic un sesgo pro-británico.
La Destrucción de los Opositores Políticos:
La inteligencia británica también puso en la mira a miembros no intervencionistas del Congreso. Se centraron en Hamilton Fish de Nueva York buscando su destrucción.
Un agente británico escribió a un colaborador estadounidense:

“Si… podemos derrotar a Fish, quien ha sido considerado invencible durante veinte años, vamos a poner el temor de Dios en todos los senadores aislacionistas y diputado en el país.”

Los británicos se pusieron a trabajar acusando a Fish de simpatías nazis e incluso de ser subvencionado por el gobierno alemán (ninguna de los dos acusaciones tenían un grano de verdad en ellos).
Sólo en 1944, los británicos finalmente tuvieron éxito en lograr la derrota de Fish. También dieron su apoyo en influenciar la nominación republicana de Wendell Willkie para la presidencia en 1940, debido a que Willkie era claramente pro-británico, mientras que otros posibles candidatos republicanos, como Robert Taft, eran firmemente no intervencionistas.
La distorsión de la Opinión Pública:
Los británicos posicionaron a las personas en la organización encuestadora Gallop y otros grupos encuestadores de opinión pública. Estos manipularon las preguntas y la redacción de las encuestas realizadas en las convenciones sindicales y organizaciones de veteranos para que pareciera que un gran número de personas apoyaba el esfuerzo de guerra de Gran Bretaña y de la acción estadounidense en favor de los británicos. De hecho, la opinión pública antes del ataque japonés a Pearl Harbor era abrumadoramente no intervencionista. Los británicos habían influido con éxito en la opinión pública y en la toma de decisiones políticas para conseguir que los Estados Unidos entraran en la Primera Guerra Mundial del lado de Gran Bretaña.
Pero nunca hubo un plan maestro de tal manera ampliamente aplicado como el de las actividades de propaganda encubierta británica que llevaron a la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Muchos de los hechos que narra Mahl se han dicho antes, no son completamente nuevas revelaciones. Sin embargo, su acceso a los registros, documentos y otros papeles ofrece una imagen mucho más clara de cómo Estados Unidos fue manipulado por una nación “amistosa” para entrar en la mayor guerra del siglo XX.
En un artículo escrito en 1941, Goebbels citó ejemplos de afirmaciones de guerra falsas por parte de los británicos, y acusó a los propagandistas británicos de haber adoptado la técnica de la “gran mentira” que Hitler había identificado y condenado en su libro Mein Kampf.

“El Inglés sigue el principio de que cuando se miente, se debe mentir grande, y se adhieren a ella. Mantienen sus mentiras, aun a riesgo de hacer el ridículo.” Joseph Goebbels

“¡El requisito previo para una acción exitosa es el coraje y la voluntad de decir la verdad!” Adolf Hitler

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Stanley G. Payne: “La Segunda República constituye un manual sobre los errores que no deben cometerse para consolidar una democracia”

 

Stanley G. Payne es, a sus 84 años, el especialista extranjero más prestigioso en el campo de Historia Contemporánea de España. Jubilado ya de su cátedra HilldaleJaume Vicens Vives en la Universidad de Wisconsin-Madison, ha mantenido sin embargo un ritmo de trabajo envidiable. Sus últimos libros se han centrado en el estudio de la República, la Guerra Civil y la España de Franco, pero destacan también sus últimas aportaciones sobre el hispanismo, la imagen de España y la historia general de nuestro país, entre las que sobresalen España. Una Historia única (2008), En defensa de España: desmontando mitos y leyendas negras (2017); 365 momentos clave de la Historia de España (2018); o La revolución española, 1936- 1939 (2019). Esa prolongada y constante dedicación a la historia de España es la clave que deseamos desentrañar en esta entrevista. 

1. Probablemente le hayan hecho muchas veces esta pregunta, pero es casi obligada formulársela a un hispanista. ¿Por qué eligió España como campo de estudio? ¿Fue algún vínculo familiar? ¿Algún viaje de juventud o algún libro que le impactase? -S. Payne. Entrar en esta pista era algo relativamente lógico desde un cierto punto de vista, pero desde otro parecía casi una casualidad. En la escuela me introdujeron al idioma, al menos un poquito, cuando era un niño de nueve años en Texas, y seguía estudiándolo en la escuela secundaria y como subgraduado universitario. Pero eso era una afición personal. El interés en mi país se enfocaba mucho más hacia Hispanoamérica y aprendí muy poco sobre España, sin la menor intención de dedicarme a estudios especializados. Me interesaba mucho más Rusia, pero no tenía la oportunidad de tomar clases en ruso. Perdí la oportunidad de ganar una beca en el Russian Institute de la Columbia University, tal vez por un atraso o extravío de correo, y me quedé con una beca de Claremont, pero en una situación en que tendría que escoger otro tema de investigación. Luego, en ese verano de 1955, por pura casualidad, di con dos libros en inglés que realmente despertaron mi interés. Fueron El temperamento español escrito por el veterano crítico literario inglés (e hispanista por afición) V. S. Pritchett, muy estimulante, y una historia de arte medieval española que realmente me gustó. Nunca tuve un mentor o director especialista en la historia de España, pero sí profesores especializados en cuestiones o países análogos o vecinos que me alentaron y apoyaron: el conocido hispanoamericanista Hubert Herring en Claremont, que dirigió la tesina, y cuando finalmente llegué a Columbia, Shepard Clough (antiguo alumno del exembajador Carlton Hayes), especialista en historia contemporánea de Francia e Italia, como director de tesis. Pero nunca había metido el pie en Europa ni tenía vínculo familiar alguno. Entonces éramos más pobres y se viajaba poco. 

2. Durante sus estudios de doctorado, tuvo un contacto frecuente con numerosas personalidades del exilio español. De ellos, ¿quién le pareció más sugestivo? -S. P. Joaquín Maurín, el fundador del famoso y malogrado POUM. En Nueva York conocí a varios emigrados republicanos notables, y de ellos el que me aconsejó más franca y astutamente fue Emilio González López, profesor de literatura española en Hunter College. Con Casares Quiroga, había sido uno de los dos líderes principales de la ORGA republicana gallega, aunque más moderado que su rival principal, pero sus contactos con la España de 1958 eran limitados. Uno de los miembros de mi tribunal del examen doctoral oral, preliminar a la tesis, fue Francisco García Lorca, exdiplomático republicano y hermano menor del poeta, que era profesor de literatura española en Columbia. Le expliqué que iba a necesitar contactos más extensos para empezar mis investigaciones en España, y por eso me puso en contacto con Maurín. Joaquín Maurín había sido, y en algún sentido seguía siendo, un personaje francamente carismático, aunque había tenido poco éxito en la política por su revolucionarismo extremo. Desde 1947, después de su salida de la cárcel en España, vivía en el exilio en Nueva York a base de su propia pequeña agencia de prensa, American Literary Agency, como una suerte de enlace entre la prensa de Estados Unidos y la de Hispanoamérica. Su experiencia personal le había templado mucho; ya no era un marxista-leninista revolucionario, sino más bien un socialdemócrata. Maurín tenía una personalidad impresionante, de gran calor humano pero combinado con inteligencia y rigor, como muy pocos que he conocido en mi vida. Me recibió en seguida de un modo abierto y simpático, y llegamos a ser muy amigos. A largo plazo su actitud conmigo era casi paternal, como si yo fuera su “hijo americano”. Siempre me invitaba a comer en su restaurante chino predilecto, “The Good Earth”, en la calle 72 con Broadway, cerca de su casa. La última ocasión que nos vimos tuvo lugar en 1973, meses antes de su muerte. Le visité en su casa, dado su estado de salud, pero cuando salí estaba lloviendo, y Maurín insistió en sacar su paraguas para protegerme de la lluvia cuando cogí un taxi, a pesar de que el enfermo era él, no yo. Así que mi último recuerdo personal fue de verdad conmovedor. Aunque su antiguo revolucionarismo había desaparecido en una parte muy grande por esta etapa, nunca compartimos exactamente los mismos valores políticos, y por eso su esposa (hermana del político y ensayista ruso Boris Souvarine, primer biógrafo crítico de Stalin) se sorprendía un poco de nuestra amistad, como ella misma me comentaba. Sentía desazón con respecto a su carrera política anterior, al punto de que no quería hacer una autocrítica formal, sino dejarla en gran parte en silencio. Empezó a publicar sus memorias solamente en los últimos meses de su vida en España Libre (bisemanal neoyorquino de republicanos emigrados, en gran parte cenetistas –con ellos Maurín volvió a su primera juventud política premarxista). Siempre apoyaba mis propios trabajos con entusiasmo, hasta en el caso de mi The Spanish Revolution (1970), a pesar de mi crítica del proceso revolucionario destructivo bajo la República. Fue gracias a la recomendación entusiasta de Maurín a un japonés interesado que pronto salió una edición de ese libro en japonés. 

3. Su primer trabajo de investigación versó sobre Falange Española y la figura de José Antonio Primo de Rivera. ¿Qué le impulsó a investigar un tema tan controvertido en un momento, finales de los cincuenta, álgido del franquismo? ¿Le supuso algún problema en la España de entonces? -S. P. Cuando yo empecé a investigar en 1955, lo ignoraba todo. El tema fue una sugerencia de mi director de tesina, Hubert Herring, que luego podía continuar con la tesis doctoral. No tenía muy claro cómo podría investigar en España, pero poseía la confianza y energía de la juventud. Puesto que habría muy poco de archivos aprovechable, era evidente que iba a necesitar el apoyo de los españoles mismos, a nivel personal. Maurín me puso en contacto con su correligionario Julián Gorkín (que tenía una cicatriz muy prominente en la frente, donde una bala comunista casi consiguió asesinarle) en París, que entonces cooperaba con Dionisio Ridruejo en el intento de formar un nuevo partido socialdemócrata español. Me dio una carta de presentación a Ridruejo en Madrid, solicitando su ayuda. Eso fue clave. Ridruejo se portó estupendamente conmigo, presentándome a todos los camisas viejas de Falange. Nuestras largas conversaciones en el cuarto de estudio de su casa, de las que yo tomaba notas copiosas a mano, también me explicaron mucho. Eso quería decir que mi metodología fue en gran parte “la historia oral”, término que entonces casi no existía. El momento fue especialmente oportuno. Habían pasado veinte años y el mundo había cambiado bastante. Los veteranos del partido estaban más relajados, con cierta distancia y perspectiva que antes no hubieran tenido. Muchos estaban dispuestos a hablar conmigo y hasta a dar alguna documentación primaria. Algunos eran bastante honestos, otros no. Es la responsabilidad del historiador contrastar y tratar de verificar todo esto. No tiene nada que ver con la llamada “memoria histórica”. La historia oral es una metodología crítica profesional que busca ser objetiva, también utilizando otras fuentes, mientras que la “memoria histórica” es una creación política presentista que, en la práctica, ignora la historia. 

Yo también calculaba que el momento era más oportuno para un investigador universitario norteamericano, por las buenas relaciones entre Washington y Madrid después de 1953. Así era. Los españoles de aquel tiempo en una gran parte aceptaron como válidas mis credenciales como doctorando neoyorquino, dándome cierto estatus objetivo y desinteresado que no hubiera podido lograr ningún español de esa época. La policía me vigilaba, pero de un modo discreto y profesional, sin la menor interferencia directa. Años después pude leer el informe policíaco sobre mis actividades que llegó al despacho de Franco en abril de 1959. Fue un documento por la mayor parte exacto, pero también expresó cierta impotencia de la policía y del régimen para impedir mis pesquisas, por la evolución de la dictadura y la delicada situación internacional. 

4. El nombre de la cátedra que ocupó en la Universidad de Wisconsin-Madison homenajea al historiador Jaume Vicens Vives. ¿Ha sido quien mayor influencia ha ejercido sobre usted en sus comienzos como hispanista? -S. P. Jaume Vicens fue el historiador más dinámico e impresionante que yo he conocido jamás, en cualquier país. Ya tenía fama en el extranjero, y quería conocerle. Mi compatriota Gabriel Jackson, algo mayor que yo, ya tenía contacto con él y le pedí una carta de presentación, que le presenté en su casa en Barcelona el segundo día de mi estancia en España. Me sorprendió el calor de su bienvenida; me invitaba a cenar la próxima noche, en compañía de su hijo Pere, que el año anterior había vivido en California como alumno de intercambio. En total, nos vimos en cinco ocasiones diferentes ese año, tres veces en Barcelona y dos en Madrid. Me distinguió con una atención, y hasta con una amistad, que me sorprendió, porque de verdad yo no era nadie, pero Vicens evidentemente creía que como joven estudioso era prometedor. Era el historiador más distinguido de España de su generación, un estudioso que tuvo que luchar con las condiciones de atraso educacional de la época y también con las restricciones políticas evidentes. Me impresionaron sobre todo su rigor y originalidad intelectuales, su aguda capacidad analítica, su apertura a las nuevas corrientes internacionales, y su fantástica energía y dinamismo. No tenía igual.

No era perfecto. Empezó su carrera con unas críticas originales y valientes del subjetivismo de la historiografía catalanista de aquellos años, pero al final formó su propio mito, hasta cierto punto, de la burguesía catalana modernizante del siglo XIX. Pero no ha habido nadie que fomentara tantos proyectos creadores en tan breve espacio de tiempo. Influyó mucho en mi propia formación por varios modos: por su valentía y originalidad, por su ejemplo personal, profesional y moral, y también por algunas sugerencias concretas. Fue Vicens, por ejemplo, quien me sugirió el tema de mi siguiente investigación importante, sobre los militares y la política. Cuando obtuve mi cátedra en Wisconsin en 1980, no dudé un instante en que debía homenajearle.

 5. Después de Falange, estudió las relaciones entre el Ejército y la política española, y se embarcó en un estudio de las izquierdas españolas titulado La Revolución española. ¿Qué papel tuvieron ambos factores, militares y organizaciones obreras, en la crisis del constitucionalismo español entre 1923 y 1936? -S. P. La larga época del liberalismo decimonónico español finalmente alcanzó cierta estabilidad después de 1874, y ese régimen, no la muy controvertida Segunda República, es el verdadero antecedente del sistema democrático actual. Entró en un proceso de crisis lenta en 1917, con su punto de inflexión en 1923, iniciado por el pronunciamiento de Primo de Rivera. La estabilidad constitucional y representativa no volvió hasta después de la muerte de Franco, pero el pronunciamiento de 1923 no representó ninguna gran conspiración o rebelión del Ejército, sino una iniciativa personal –con apoyo limitado– de Primo de Rivera. España había llegado a ser un país muy liberal, con mucho respeto por las leyes y los derechos individuales, y menor interés de parte de los militares en interferir en la vida política. Más tarde los republicanos no tendrían el menor éxito en sus múltiples intentos de provocar una sublevación a su favor, a pesar de la izquierdización de una gran parte de los militares. Y hasta en una situación de verdadera crisis como la de la primera de 1936, por meses los conspiradores militares tenían poco apoyo dentro del Ejército. La Segunda República casi constituye un manual sobre los errores que no deben cometerse para construir y consolidar una democracia. No hubo partido que no contribuyera negativamente en este proceso. Pero en la medida en que hubiera una clave principal, fue el proceso revolucionario, iniciado de un modo limitado y confuso en 1931 y luego acelerado en 1934, para después ampliarse profundamente en 1936, el que evitó la pervivencia de la República. La sublevación militar, parcialmente derrotada, fue el detonante de la Guerra Civil, pero la causa fundamental fue este proceso revolucionario, una verdad admitida por un socialista honesto como Julián Besteiro. No quiero recapitular toda esa historia aquí, aunque en varias ocasiones he explicado cómo las circunstancias de España reflejaban perfectamente las bosquejadas por la teoría conductista de la revolución de Tocqueville. El proceso revolucionario empezó de un modo semimoderado, para luego radicalizarse más y más. La pretensión de que la gran revolución española de 1936 –en la zona republicana la más extensa y violenta revolución obrera de masas desde la rusa en 1917, como insistían sus portavoces mismos– fue meramente una repentina “respuesta” a la sublevación militar semifracasada es mentalmente infantil, porque nada de esa extensión y profundidad puede ser inventada sobre la marcha, sino que fue la expresión de ese amplio proceso revolucionario en evolución. Dadas las circunstancias internacionales de 1936-37, pronto llegó a ser la “revolución que nunca se osaba o se atrevía a decir su nombre”. El camuflaje de la revolución ha sido la base de todo el mito histórico de las izquierdas en España desde entonces. Me parece realmente extraordinario que después de medio siglo ningún historiador español se haya atrevido a reemplazar mi antigua The Spanish Revolution, que sigue siendo el único estudio individual de todo ese proceso clave, aunque en el siglo XXI ese tomo está en parte desfasado. Relanzo el título para mi ensayo nuevo sobre la Guerra Civil, no porque se trate de una revisión de ese libro, sino para llamar la atención sobre lo que fue la clave de la coyuntura. La razón de este silencio, en la medida que haya razón, es que ninguna de las grandes revoluciones modernas fue tan completamente puesta al revés como la española, con la victoria total y aplastante de la contrarrevolución de Franco. En eso España ciertamente fue diferente, pero eso no cambia la historia, y debe exigirse la verdad de lo sucedido en la zona republicana entre julio de 1936 y abril de 1939. 

6. Es significativo su interés por la historia del nacionalismo vasco en los años setenta. ¿Tuvo que ver el contexto conflictivo de la España de entonces? ¿A qué atribuyó en aquellos años el surgimiento de ETA? -S. P. Mi interés en los nacionalismos lo despertó Vicens Vives, quien siempre deseaba que prestara más atención a Cataluña. Pero, cuando finalmente tuve algún tiempo para dedicar al tema en 1972-73, la cuestión vasca había llegado a ser la más candente. Por eso, sí, fue consecuencia de los conflictos de aquellos años. No pensaba escribir un libro sino un estudio más breve pero, cuando investigaba en los fondos del Basque Studies Program en Nevada (entonces probablemente el único de esa clase fuera de España), su director me pidió que lo ampliara a un libro breve para su serie de publicaciones. En aquel entonces yo, como la mayor parte de la gente, creía algo ingenuamente que la exacerbación del vasquismo fue el producto de la prolongación de la dictadura. Como he explicado en otro sitio, me habían gustado mis dos charlas con el líder del PNV, José Antonio Aguirre, campechano y simpático, en París en 1958-59, y tenía una opinión bastante positiva de los nacionalistas vascos. Pero esa monografía breve sobre el primer nacionalismo vasco fue de un alcance limitado, y era útil meramente como una primera indagación pionera en lo que después llegó a ser una industria de estudios sustancial.

7. El aumento de la conflictividad durante el tardofranquismo no auguraba un tránsito tranquilo de la dictadura a la democracia. ¿Existía cierto escepticismo en Estados Unidos sobre la democratización de España? -S. P. La situación en España en 1975 parecía conflictiva en comparación con la de 1960, pero no tanto desde otras perspectivas. En el Departamento de Estado existía algún escepticismo, que fue muy acusado en el caso personal de Henry Kissinger, siempre aconsejando mucho cuidado y lentitud en la Transición por temor de que a los españoles se les escapara de las manos. Pero en la primera parte de 1975, y probablemente antes, yo había llegado a ser francamente optimista, como éramos la mayor parte de los pocos estudiosos que nos ocupábamos de los asuntos políticos españoles, porque estábamos convencidos de que ya existían todos los ingredientes necesarios para una transición democrática exitosa. Por eso, cuando en junio de 1975 la Junta Democrática, bajo un disfraz, consiguió convocar una sesión privada en un salón de la Cámara de Representantes en Washington para insistir en una intervención del gobierno estadounidense para con trolar al mando militar español, evitando que se reprimiera la democratización, yo fui el único de unos doce presuntos expertos que dijo que no sería necesario. Expliqué que casi todas las intervenciones militares importantes en España habían sido respuestas a crisis políticas, y si los nuevos líderes de un gobierno democrático conseguían mantener la estabilidad, con la ley y el orden, un logro que yo creía posible, no habría una intervención desestabilizadora. 8. Su labor de ‘fascistólogo’ y su capacidad de análisis comparado de este movimiento quedarán como una de sus grandes aportaciones a la historiografía mundial. Pero, ¿qué le indujo a embarcarse en una empresa tan ambiciosa? -S. P. Fijarme en esa cuestión fue una consecuencia de mis primeras pesquisas en España y también de la coyuntura de aquellos años. Puse como subtítulo a mi primer libro las palabras algo pomposas de “Historia del fascismo español”, con la certidumbre de que se trataba de la expresión española de una tendencia europea más amplia. Pero me habría sido muy difícil en aquel momento presentar cualquier análisis comparado del fenómeno, por la ausencia de investigaciones intensivas. Una vez que había terminado el libro de los militares y varios escritos menores, junto con mi historia general de España y Portugal en dos tomos, el problema me preocupaba más y más, y me puse a leer una enorme literatura secundaria, que me costó bastante tiempo. Durante la última parte de la década de 1960 y gran parte de la década siguiente también, existía a nivel internacional lo que llegó a ser conocido como “el debate sobre el fascismo”, en que, después de los primeros años, yo participé también. Mi primera contribución de cierta importancia fue una ponencia en un congreso en Noruega en 1974, y desde entonces persistí en la labor. Por 1977 creía que había formado una base de datos y una estructura analítica adecuadas para pasar a la preparación de un libro no tanto de narración histórica sino de análisis comparado, más como politología, que pudiera dar claridad analítica e histórica al fenómeno comparado. Tuvo éxito y continúa reeditándose después de casi cuarenta años. 9. Usted siempre sintió un gran interés, incluso vocación, por la historia de Rusia. ¿Fue “Unión Soviética, comunismo y revolución en España” una manera tangencial de abordarla? -S. P. Sí, en cierto sentido. El estudioso que había dado gran parte de su vida a este tema fue mi muy buen amigo el británico Burnett Bolloten. Había llegado a obsesionarse con ello, pero se murió poco antes del colapso de la Unión Soviética, y por eso no pudo rectificar algunos errores cuando finalmente se abrieron los archivos soviéticos. Durante la década de 1990 la americana Mary Habeck y los españoles Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo sacaron la primera documentación básica de Moscú, y en los 2000 parecía posible escribir una historia auténtica de una de las cuestiones más importantes y más controvertidas de la Guerra Civil. La historia de Rusia es un tema apasionante, aunque a la vez deprimente y frustrante. He explicado mi interpretación de una parte de eso en mis reseñas de libros sobre Rusia en Revista de Libros. En 1917 algunos escritores de izquierdas, Trotski incluido, abordaron el tema de que España era el país más parecido a Rusia, un concepto muy falso. El país más parecido a España (fuera de Portugal) es, a pesar de las grandes diferencias, Italia, y en el este de Europa, como decía el gran historiador polaco Jan Lelewel, es Polonia. 10. El Colapso de la República ha sido el intento más sugerente de ofrecer una explicación más compleja y multicausal de la quiebra del constitucionalismo español. ¿Cómo ve actualmente la historiografía sobre los orígenes de la Guerra Civil? -S. P. Yo he dicho siempre que la ausencia de atención a las verdaderas causas de la Guerra Civil por parte de los historiadores españoles, con la ausencia de una historia objetiva y detallada de los últimos meses de la República, es un fenómeno extraordinario de timidez, conformismo y pensamiento único. Creo que ahora se realizan progresos, especialmente en los dos últimos años. Un libro clave es vuestra historia nueva de las elecciones del Frente Popular, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (2017), que explica por primera vez el punto de partida. Todo el mundo sabía que las tres últimas fases del proceso electoral (marzo a mayo) fueron fraudulentas, pero con este libro nuevo aprendemos que una parte crucial de la primera fase, la básica, fue igualmente anormal. Y, sobre todo, que el ascenso de la izquierda al Poder se produjo antes de que pudieran verificarse los resultados y, por tanto, permitió a sus dirigentes construirse una mayoría. Otros hispanistas han contribuido, sobre todo el libro más reciente del as de los hispanistas italianos en historia contemporánea, el muy destacado Gabriele Ranzato, con su El gran miedo de 1936 (2014). Son muy importantes los dos libros recientes de Miguel Platón sobre la República y sobre el comienzo de la Guerra Civil, e igualmente importante la obra que se publicará pronto sobre la conspiración militar de 1936 por Roberto Muñoz Bolaños, la primera historia completa y objetiva de la preparación de esa sublevación. Es la enorme ventaja de los historiadores que tienen la suerte de trabajar en un marco de libertad y democracia: pese a todos los obstáculos y resistencias, poco a poco la verdad y la complejidad histórica emergen. 11. Usted tiene historias generales, ensayos y balances sobre la historia española, estudios sobre diversos aspectos como el Ejército, las izquierdas, el catolicismo, el fascismo, el nacionalismo, la República, la Guerra Civil, el Franquismo y la imagen de España. El bagaje es impresionante. ¿Existe algún aspecto de la historia de España que le hubiera gustado investigar y no haya podido? -S. P. Claro, hay varios aspectos que no he podido tratar con más que un breve ensayo: el reino de Asturias (mi interés principal en la Edad Media, aunque totalmente fuera de mi alcance), el nacionalismo cultural del siglo XIX, y otras muchas cuestiones. Si hubiera podido ser antropólogo, me habría gustado hurgar en la cuestión del “individualismo español”, tesis que nunca me ha convencido: me parece un mito que, por su perduración, necesitaría ser estudiado. Y podríamos seguir así por mucho tiempo. Para poner la cuestión del revés, sin duda he dedicado demasiada atención a la historia política, pero eso es el producto de mi época y mis circunstancias y, en realidad, no lo lamento lo más mínimo.


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miércoles, 14 de octubre de 2020

El Plan de Estabilización de 1959, el milagro económico español. Por Luis E. Togores

 

A mediados de la década de los 50´, hace casi setenta años, la situación de los españoles era terrible. España había sufrido una guerra civil que había dejado la nación empobrecida, sus infraestructuras y viviendas destruidas o muy dañadas, con una enorme deuda exterior y cientos de miles de enfermos y mutilados. Cinco meses después de terminar la guerra comenzaba la 2ª Guerra Mundial, un conflicto que iba a dejar Europa arrasada y que iba a castigar a los europeos con una crisis como nunca se había visto.

España se vio arrastrada a una doble postguerra, la de la Guerra Civil española y la de la Guerra Mundial,  que se prolongaría por más de una década. Esta crisis, además, se vio acentuada por el bloqueo internacional político y económico a que se vio sometido el régimen de Franco hasta la segunda mitad de los años 50´ por los miembros de la recién nacida ONU.

La situación de España en 1950, magistralmente descrita por Camilo José de Cela en su novela La Colmena, era infinitamente peor que el peor escenario que podamos imaginar en la actualidad fruto de la actual crisis del Covid-19. Pero, ¿cuáles fueron las recetas para dar un vuelco a las situación económica de España y convertir en pocos años al país en la octava potencia industrial del mundo? Sin lugar a dudas, la primera medida política, sin ningún mérito para los españoles, fue el comienzo de la Guerra Fría y el inicio del acercamiento y amistad con los Estados Unidos, una amistad incomparablemente menos estrecha y rentable que la actual relación de España con sus socios europeos.

El sueño autárquico de los falangista se cerró definitivamente al ponerse en marcha el Plan de Estabilización de julio de 1959 diseñado por los ministros tecnócratas Alberto Ullastres,  ministro de Comercio,  y Mariano Navarro Rubio de Hacienda, junto a los economistas Enrique Fuentes Quintana y Juan Sardá.

El domingo 21 de junio de 1959 llegaba a Madrid el director-gerente del Fondo Monetario Internacional Per Jacobson. En el aeropuerto de Barajas fue recibido por diez altos funcionarios, encabezado por Epifanio Ridruejo, subgobernador del Banco de España. Jacobson permaneció en Madrid cuatro días negociando los pormenores del ya por entonces denominado Plan de Estabilización, así como la ayuda que los organismos internacionales prestarían a España. El Régimen de Franco fue <rescatado> por el Fondo Monetario Internacional con la modestísima suma de 544 millones de dólares cantidad que representaba, aproximadamente, el 6% de la Renta Nacional española de 1959  y cerca del 50% de los ingresos totales de un Estado que ingresaba poco y gastaba menos. Todo empezaba  cambiar.


Quince años después, en 1975, a la muerte de Franco, la economía había crecido de manera sostenida a una media del 7% desde 1959, cifra solo superadas por Japón, quedando atrás el hambre y la pobreza de la postguerra. En el período que va de 1960 a 1975 el Producto Interior Bruto (PIB) pasará de los 633.000 millones de pesetas hasta los 5.870.000 millones. En la actualidad el PIB español es del 1.419.000.000 millones € más o menos equivalente a la misma deuda que tiene actualmente España.

 

Entre las decisiones adoptadas en 1959 una, muy destaca, fue la fijación estable del cambio a 42  pesetas por dólar junto a unas duras y decididas medidas para el control y reducción del gasto público. En España sólo había 700.000 funcionarios  frente a los  más de 2,5 millones de funcionarios actuales, sin contar políticos. Para salir de la crisis también había que aumentar los ingresos del Estado. El franquismo era tacaño, gastaba poco dinero y, por eso, su presión fiscal fue, en la mayor parte del tiempo de su gobierno del 11,0% frente a la del 36,2% de, por ejemplo, el año en España 2017. Se redujeron los gastos en temas tan importantes como los presupuestos militares que resultaban especialmente queridos por una dictadura militar. Se produjo una limitación de los créditos bancarios con la elevación de los tipos interés y la congelación de los salarios para contener la entonces enorme inflación. Este hecho hoy no se produce gracias el Banco Central Europeo. La inflación pasó del 13,40 % en 1958 al 1,18 % en 1960.

¿Qué resultados tuvieron estas medidas? España paso de tener una deuda de 2 millones de dólares a tener un superávit en 1959 en su balanza de pagos de 81 millones de dólares, lo que equivaldría en la actualidad a 776 millones de dólares. En diciembre de 1960 España lograba un saldo positivo en su balanza de pagos de 500 millones de dólares (4.795 millones dólares actuales). Una cantidad ridícula viendo la cifras actuales del Estado español en billones  de euros pero eso sí en positivo.

Con el Plan de Estabilización comenzó el "milagro económico español" especialmente gracias al turismo. Son los años  que llegaban las famosas suecas a las playas españolas para alegría de Alfredo Landa y de José Luis López Vázquez. La industria española creció y comenzó a ser muy competitiva gracias a su baja conflictividad laboral y a sus bajos salarios en comparación con los de los trabajadores del otro lado de los Pirineos. Son los tiempos en que Samuel Bronston viene a España a rodar El Cid, 55 días en Pekín y La caída del Imperio Romano. De la Seat de Valladolid que, en 1953, en su primer año de producción sacó de su planta de montaje 707 automóviles. ​ En 1958, la producción anual había aumentado a 7.547 unidades.  En 1961 produjo 14.537 unidades del modelo Dauphine y en  1971 la producción había aumentado a 110.255 vehículos En la década de los 70´ España se consolidó como el segundo mercado más importante para los coches Renault después de Francia. En 1970 se empezó a negociar la construcción de una gran factoría Ford en España en Almusafes.



En 1957 los ingresos ordinarios del Estado sólo representaban el 9,6% del PIB, en 1965 eran el 15% y en 1970 los ingresos ordinarios de las administraciones públicas suponían el 21,4% del PIB,  cifra con la que se mantenía todo el aparato político y funcionarial de España. En la actualidad el gasto público supone el  41,9% del PIB, unos ingresos inmensamente superiores.

Este milagro tuvo un precio. A corto plazo se produjo un frenazo de la producción española durante la segunda mitad de 1959 y principios de 1960 una congelación de los salarios e incluso la caída de muchos sueldos. ¡Los españoles se tuvieron que apretar un cinturón que ya estaba apretado! Se produjo un fuerte descenso del consumo y de la inversión con el consiguiente aumento del paro, lo que trajo aparejado una enorme emigración al exterior, fundamentalmente a Alemania. Seguramente, los tecnócratas franquistas contaron con esta emigración conocedores de las necesidades de mano de obra por una Europa Occidental con pleno empleo. La emigración española permitió obtener una fuente adicional de financiación para el desarrollo industrial español a través de las remesas de dinero que los emigrantes enviaban casa, al igual que ocurre en la actualidad, con la diferencia que hoy emigran ingenieros, médicos o enfermeras. Este enorme esfuerzo fue por muy pocos años.

En 1950, la clase media representaba en España el 34% de la población, en 1975 la cifra había subido al 56%, la más alta de toda nuestra historia. En 2016 había descendido al 43%. La clase baja y la pobreza pasaron del 65% en 1950 al 39% en 1975 —la cifra más baja de toda nuestra historia—  para crecer al 54% en 2016.

Las consecuencias que a medio plazo supuso el Plan de Estabilización del 59' fue un enorme crecimiento económico hasta alcanzar España un puesto entre la diez economías más desarrolladas de aquel tiempo. Juan Sardá ha dejado constancia de ello: "los efectos del programa de estabilización operaron como un shock psicológico sobre el país, de forma que sus efectos fueron inmediatos y espectaculares". A los pocos meses del inicio del Plan de Estabilización las perspectivas españolas cambiaron por completo en sentido favorable: frenar la inflación, provocar una reasignación de recursos del consumo a la inversión y hacia la exportación. Todo esto se notó en las cuentas del Estado y en la rápida recuperación de las reservas exteriores. Se pusieron las bases sólidas de un crecimiento económico sin parangón en la historia de España. A la muerte de Franco España había entrado en el selecto club de países con una renta por habitante superior a los 2.000 dólares.

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REFLEXIONES SOBRE MONARQUÍA O REPÚBLICA, AQUÍ Y AHORA


I. Un problema de nuestro ambiente político

Procedo de un ambiente político en el que a Juan Carlos I se le llamaba “el Memo” y que cantaba aquello de “el que quiera una corona que se la haga de viruta…”, etc, etc. En mis recuerdos juveniles aparece la consigna de “República Sindical” a la que, hay que decirlo, siempre miré con desconfianza. Durante años tuve a los falangistas como “republicanos”, si bien es cierto que, el día en que empecé a buscar textos de los “fundadores” no encontré ninguno en el que abonaran el terreno republicano y que, años después, cuando me dediqué a estudiar la historia de Falange, me sorprendió ver que todos sus intelectuales eran monárquicos de tomo y lomo, el propio José Antonio lo era y si no hacía gala de ello desde el verano de 1931 fue porque percibió que el ideal realista ya no estaba en condiciones de arrastrar a la juventud. 

José Antonio, hasta última hora, defendió la monarquía (pocos días antes de ser fusilado se negó a contestar al secretario del juzgado de Alicante por haber tratado a Alfonso XIII de “ciudadano Borbón”, y pidió un “respeto para el que había sido rey de España”. Así que ya está claro lo que pensaba el “último José Antonio”. En realidad, su frase sobre la monarquía “gloriosamente fenecida”, más que un reproche era, en primer lugar, una constatación y luego una exaltación de la institución (la monarquía de Alfonso XIII, no “feneció gloriosamente”, sino que tomó las de Villadiego, dejando el país empantanado y al borde de la guerra civil que tardaría poco en llegar).

En otras palabras, a los falangistas les faltaba base teórica para condenar a la monarquía y declararse a favor de la república y si lo hicieron fue solamente a partir de los años 40 y por la náusea que les produjo el que los alfonsinos fascistizados del tiempo de la República, se convirtieran en aliadófilos y anglófilos al comenzar la Segunda Guerra Mundial. O al percibir que los monárquicos, financiados por la embajada inglesa a través de Juan March, presionaban para que España no se declarase a favor del Eje y, en lugar de la “revolución nacional” pidieran la “restauración de la monarquía en la persona de Juan de Borbón”.

En cuanto a Franco, era un monárquico sin más y, como todo monárquico, desde el principio tuvo muy claro que sería un heredero de la Casa de borbón el que asumiera la Corona y diera continuidad al régimen del 18 de julio, construido, ladrillo a ladrillo, por las Leyes Fundamentales del Reino que actuaban a modo de Constitución.

Me consideré falangista durante un corto período de mi vida y milité como tal en el Círculo José Antonio. Evitaba pronunciarme entre “monarquía” y “república” argumentando que el “Estado Nacional Sindicalista”, no era una cosa ni otra. Luego, al leer a Julius Evola, asumí que la forma tradicional de gobierno era la monarquía. La lectura de Maurras me lo confirmó. Es una cuestión de “tradición”. Si se defiende alguna forma de Tradición, necesariamente, aquí, en España, uno se coloca automáticamente en el terreno monárquico.

II. El reinado de Juan Carlos I

El período de Juan Carlos I, no ha contribuido a revalorizar la monarquía. No pasará a la historia de España como un gran rey, sino como un tipo frívolo, más preocupado por sus amantes que por la gobernación del país y que ni se leía las leyes que firmaba, ni siquiera las firmaba él mismo, sino un plotter que seguía, dale que te pego, cuando él estaba fuera de España con alguna petarda. 

Siempre he sostenido que ni el 23-F, ni la constitución, ni la transición fueron impulsadas por Juan Carlos I, contrariamente a lo que la “versión oficial” ha repetido durante décadas. Hubo transición 

1) porque la economía española necesitaba entrar en Europa y para formar parte del club había que gozar de marchamo partidocrático; 

2) porque los EEUU estaban hartos de negociar ranchos apartes con España y era necesario para ellos que entráramos en la OTAN… para lo que hacía falta partidos y partidillos; 

3) y porque la inversión extranjera quería entrar en España sin las barrerasimpuestas por el franquismo, para lo que hacía falta desregularizar la economía y liberalizarla. 

Y luego estaba la “política de derribo” iniciada por la Casa Blanca, de los “anciens regimens” del sur de Europa (Grecia, España y Portugal) que se desplomaron uno tras otro entre 1973 y 1975. Por todo eso hubo transición. 

En cuanto al 23-F, ciertamente hubo autogolpe, pero más bien fue urdido con sectores de las cloacas que contaron con asesoramiento exterior: fue el golpe para acabar con todos los golpes. Ni lo ordenó la Zarzuela, ni la Zarzuela hizo nada durante todo el reinado que pudiera interferir en la marcha política del país. De eso me quejo, de que no hiciera nada.

Y este es, en última instancia, el problema: que la monarquía quedó con la misma “cáscara sin vida” con que había quedado el 14 de abril de 1931 y pasó a ser, con la Constitución de 1978, un “mascarón de proa”, protocolario y sin poderes reales de ningún tipo. La Constitución aceptó la monarquía para evitar herir susceptibilidades de los franquistas de la época (acampados especialmente en los que entonces se llamaba “poderes fácticos”, milicia, magistratura, seguridad) y evitar la sensación de que se había producido la “ruptura democrática”. Pero, cuando se tiene a un monarca sin poderes reales, lo que se tiene es una monarquía desnaturalizada, o lo que es lo mismo, una república con otro nombre en la que no se precisa el engorro cada 5 años de elegir al figurón de turno. O sea, nada.

III. Tras Juan Carlos I, otra monarquía

El período de Juan Carlos I ha pasado sin pena ni gloria. A rey muerto (o abdicado), rey puesto. Sin coñas electorales, sin promesas, sin currículos falseados, sin luchas de partidos. El automatismo sucesorio ya es una ventaja frente a las elecciones. Hoy sabemos para lo que sirven unas elecciones “libres”: para que una clase política de baja catadura, nula moralidad y absoluta impreparación, queme presupuesto del Estado, favorezca buenos negocios a la sombra del Estado pillando comisiones de aquí y de allí, y se garantice un sistema legal, definido como “garantista” y que, en la práctica favorece la “impunidad”. Lo único que nos faltaba es un presidente de gobierno, aupado por este o por aquel partido, ampliando a la jefatura del Estado las lacras y taras de la partidocracia.

Durante el juancarlismo era casi mejor que la Casa Real pasara desapercibida. Sabíamos de ella por el “mensaje de Navidad” y poco más. Pero ahora eso ha cambiado:

- Otro monarca, con otro perfil, detenta la Corona de España.

- La situación actual no sólo es grave, sino que es gravísima, no tiene precedentes en los últimos 40 años.

Estos dos elementos deben ser objeto de reflexión. 

¿Qué por qué decimos que la situación es gravísima y sin precedentes? Por varios motivos:

- Cuando todavía sigue el remanente de la crisis de 2009, la desencadenada por el Covid-19 está todavía lejos de haber alcanzado su clímax. Con la economía destruida, la construcción paralizada, una caída en picado en las ventas de inmuebles y la segura salida al mercado de miles de pisos turísticos que ya no tienen ocupantes, con la hostelería y el turismo hundidos, un 30% del tejido empresarial pensando en cerrar definitivamente y con una deuda que en primavera rondará tres billones de euros, el desastre económico es absoluto y sin paliativos y ningún gobernante, incluso el psicópata de La Moncloa que ha hecho de la mentira su oficio, podría convencernos de que “España va bien”.

- Estamos ante el gobierno de perfil más bajo de toda la historia de la democracia en España: con un PSOE en el que ya no quedan nombres de prestigio, ni siquiera alucinados redentores de la humanidad estilo ZP, sino simples falsarios de tesis doctorales, diestros en adulterar currículos y psicópatas enfermizos con modales contenidos, pero con perfil de dictador en las entrañas. A eso se une, el acompañamiento inédito de “Unidas Podemos”, amasijo de feminitudas amargadas y amargadoras, porreros preocupados por moños, rastas o pendientitos, y anormalidades varias que harían las delicias de un psiquiatra. Estos últimos saben que están en el poder porque tienen las llaves de la caja de algunos ministerios y cobran nómina del Estado, pero su mentalidad es de pancarta y, oírlos, es como oír a un panfleto parlante. La “tarea de gobierno” y el “sentido del Estado” es algo que se les escapa.

- Imposibilidad absoluta de llegar a consensos para afrontar la crisis Covid-19: justo en el momento en el que más falta hubiera hecho un “gobierno de concentración”, que supusiera un alto el fuego en las luchas fraccionales entre partidos, lo que se ha llegado es a una ruptura práctica del país, resucitando las “dos Españas” que llevan siglos presente en nuestra sociedad y que han protagonizado los desgarrones más crueles y sangrientos de nuestra historia. A nadie se le oculta que, de la misma forma que la crisis de 2009, generó fenómenos tan variopintos como el independentismo catalán o la creación de Cs y de Podemos, como resultado de una crisis económica que se transformó en social y, finalmente en institucional, este mismo proceso se va a dar ahora avivando la polémica entre monarquía y república.

IV. La espiral de la locura en los últimos días

¿Qué hacer cuando en el gobierno se sientan “socialistas” y una “izquierda” que se parece más a la de Largo Caballero y a la del PSOE de 1934 que a la socialdemocracia alemana (que, a fin de cuentas, fue la creó a golpe de talonario el PSOE y la UGT entre 1972 y 1977)? 

Lo más sorprendente de la política española en estos últimos días es:

1) Que un partido que se dice “federalista” como el PSOE, haya sido el que limite la autonomía de la CAM -amparado en no sé qué cifras modificadas a su antojo- demostrando que es “federalista” con las comunidades gobernadas por nacionalistas, pero “jacobino” ante las comunidades gobernadas por la oposición. Veremos que hace el gobierno dentro de 15 días ante el ascenso imparable de nuevo del virus en Cataluña y si se atreve a hacer o decir algo.

2) Que salga como garante de la “democracia formal”, mientras que abole la sacrosanta división de poderes, tratando de crear un Consejo General del Poder Judicial que trabaje al dictado de La Moncloa, y no conformándose con una Fiscalía General del Estado que obedezca con fidelidad perruna los dictados del gobierno, negaciones puras y simples de la democracia.

3) Que el gobierno aparezca como “reformador de la enseñanza”, tras haber asestado el enésimo golpe con la piqueta de demolición al sistema de enseñanza (ver: Otra reforma educativa del PSOE de tapadillo), con la publicación del Decreto-Ley sobre lo que, en la práctica, es un “aprobado general” y el pase de un curso al superior con todas las asignaturas suspendidas…

4) Que el gobierno tienda a rebajar minimizar la importancia de las cifras macroeconómicas lanzando un seudo“Plan Económico” (ver: Un plan económico que no frenará la crisis y que agravará la crisis institucional) concebido como pura propaganda política y por exigencias de la UE, suma de incongruencias, absurdos y estupideces superpuestas, evitando recordar que los ERTES de hoy (casi 3.000.000) engordarán las cifras del paro mañana (en la actualidad estamos a 16,5% de parados, lo que equivale a 3.776.485 personas a principios de octubre de 2020) y que, muy probablemente, se superará la cifra mítica de 6.000.000 de parados, a los que habrá que sumar 2.000.000 de personas que trabajan pero que precisan ayudas públicas para subsistir y a otros 5.000.000 de inmigrantes (muchos de ellos con la nacionalidad recién estrenada en el bolsillo) que constituyen otra aspiradora de recursos públicos, mientras siguen llegando más y más inmigrantes y más aún por si fueran pocos. 

5) Que a nadie parece importarle que estemos superando los 400 muertos diarios por Covid-19, o que ya nadie se atreva a negar que estamos por encima de los 55.000 muertos, o que las medidas emprendidas desde el mes de marzo, no solamente no han frenado el virus, sino que además, nos ha colocado como líderes mundiales en número de muertos o que seamos el “país paria” de Europa (ya no se habla de los “países PIGS” -Portugal, Italia, Grecia y España- sino de la “excepción española” considerada como “estado fallido”) (ver: Cuando todas las políticas fracasan sólo queda entregar la gestión a técnicos y expertos). No sé que es peor, si la náusea que produce la clase política enfrentada irremediablemente y sin capacidad para gobernar ni para dominar las crisis, o si el desprecio que causa España ante los países europeos.

V. ¿Monarquía o República? Cualquier cosa, menos seguir así.

Como decía al principio, procedo de una tradición política que, muy gratuitamente, se ha autodefinido como “republicana”… No comparto esta opinión. En principio, soy de los que opinan que “gato blanco, gato negro, lo importante es que atrape ratones”. Monarquía o república, lo importante es que resuelva los problemas de los ciudadanos y no se vuelva a repetir el espectáculo bochornoso que se está produciendo estas últimas semanas.

Ahora bien, las ambigüedades son insostenibles: lo que exige el momento actual es decantarse de una vez y para siempre en este como en cualquier otro tema. Y hacerlo valorando todo lo que implica:

- Si Juan Carlos I no ha sido ni un gran Rey ni un buen Rey, no es menos cierto que los momentos más brillantes de nuestra historia han sido guiados por la monarquíay que no puede juzgarse a una institución considerando a uno de sus representantes.

- La monarquía española ha tenido personajes nefastos (Fernando VII marca, desde luego, el límite de la traición y de la infamia), pero también ha dado Reyes y Emperadores que aparecen como grandes figuras de la historia mundial.

- La República, por el contrario, ni en su versión 1.0, ni en la 2.0, ha dejado un buen recuerdo: la primera fue el elogio de la inestabilidad, la segunda la sensación de que una parte de España, la de izquierdas, aspiraba a aplastar a la otra (y la legislación anticatólica de los seis primeros meses republicanos o la sublevación socialista de 1934, motivada solamente por el hecho de que Lerroux había nombrado a 4 ministros de la CEDA -partido mayoritario que había ganado las elecciones pero que no gobernaba- son muestras del fracaso de aquella república), sin considerar la espiran de violencia desencadenada por el revanchismo de izquierdas que se generó a partir de febrero de 1936 y que hizo imposible la república. No existe absolutamente ningún motivo, sino todo lo contrario, para pensar que con una versión 3.0, el experimento saldría mejor, teniendo en cuenta, además, quién la patrocinaría.

- A la vista de los personajillos que hoy se declaran “republicanos”, no puede quedar ninguna duda de que, cuando en España se debate entre “monarquía” y “república”, quizás los políticos que tomar partido por los primeros sean poco recomendables, pero los segundos son hoy una colección de nulidades, psicópatas, feministas permanentemente cabreadas, “demócratas populares” a lo Stalin, admiradores del Che, mangantones de todos los pelajes, resentidos, individuos, en general, a medida del gobierno de Sánchez.

- Luego quedaría valorar la figura de Felipe VI y aquí si que vale la pena ser muy claros: difícilmente un Rey sin atribuciones constitucionales, puede dar la medida de su valía. Pero también es cierto que nada de lo que se le ha reprochado a Juan Carlos I (desde el jurar las leyes franquistas hasta acatar su negación, la constitución, hasta ir de cama en cama con la petarda más petarda que pudiera concebirse), se le puede atribuir también a Felipe VI. (ver: Nuevo Rey – Nueva Ley”. Ante la situación crítica, Felipe VI debe tomar la iniciativa).


Para concluir: 

- Defender la monarquía de Felipe VI es una necesidad: el mal menor, ante una república que sería el mal mayor.

- La monarquía debe asumir sus responsabilidades que van mucho más allá del papel al que le relegó la constitución del 78, especialmente ante la gravedad de la crisis y ante la manifiesta incapacidad de los partidos políticos para salir de ella.

- No basta con tener un Rey como símbolo de una “unidad” que la clase política se empeña día a día en destruir. 

- Es preciso tener un Rey con más amplios poderes para romper la parálisis actual, poder disolver las cámaras, destituir gobiernos, realizar los ajustes necesarios y proponer una nueva Constitución y que se atenga al viejo dicho “Reinarás mientras seas justo”.

- De los partidos políticos no se pueden esperar más reformas que las que les benefician directamente, les cubran y les encubran en sus corruptelas y de eso ya hemos tenido suficiente en los últimos 40 años.

Espero que estas notas hayan servido para que algunos reflexionen. 

 

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