martes, 22 de septiembre de 2020

¿LA II GUERRA MUNDIAL LA PROVOCÓ EL EJE?


 

John Kaminski (nacido en 1959) es un escritor y periodista estadounidense, originario de Florida, que es mejor conocido por sus trabajos que exponen el supremacismo judío en el mundo y como crítico del Talmudismo.

Kaminski ha editado previamente varios periódicos diferentes, como parte de su carrera de periodista, pero se convirtió en parte del Movimiento por la verdad después de mirar en los eventos del 9/11 y llegando a la conclusión de que el gobierno no estaba diciendo la verdad sobre ello. En su juventud, Kaminski fue hippie y oponente de la guerra de Vietnam. Gracias a los esfuerzos de Kaminski, Fletcho, Giuliani y algunos otros de alrededor de 2008 en adelante, cuando muchos estaban todavía en el campo de Alex Jones, la palabra “judío” ahora se puede utilizar en lugar de “sionista” en los medios alternativos.

El autor defiende cuál fue la verdadera causa de la Segunda Guerra Mundial, defendiendo que lejos de recaer la culpa en Alemania y Japón, ésta fue provocada por intereses particulares del capitalismo occidental, que veían peligrar su status.
Kaminski escribió:

Pero el único lugar donde la idea bancaria estatal se desarrolló realmente y floreció fue en la Alemania Nacionalsocialista, donde se creó lo que cada uno concuerda en que fue un milagro económico en un momento en que el resto del mundo estaba en las angustias de la Gran Depresión creada por los judíos.

El plan de Gottfried Feder para abolir la servidumbre ante el interés del dinero fue entusiastamente adoptado por Adolf Hitler, quien escribió:

“El Estado impostor de hoy, que oprime a las clases obreras y protege las ganancias pirateadas de banqueros y especuladores de la Bolsa, es el área para el desconsiderado enriquecimiento privado y para las más bajas y excesivas ganancias políticas que no dedican ningún pensamiento a la gente y que no proporcionan ningún alto lazo moral de unión. El poder del dinero, el más despiadado de todos los poderes, tiene un control absoluto, y ejerce una influencia corruptora y destructiva sobre el Estado, la nación, la sociedad, la moral, el teatro, la literatura, y en todos los asuntos de la moralidad…”.
La conclusión de Hitler:

“Nuestro principio financiero: las finanzas existirán para el beneficio del Estado; los magnates financieros no formarán un Estado dentro del Estado. De ahí que nuestro objetivo sea romper la esclavitud del interés (del dinero)”.

“Desde ser una nación arruinada y quebrada en 1933 con 7,5 millones de personas desempleadas”, escribe Goodson, “Hitler había transformado a Alemania en un paraíso socialista moderno”.

Después de 1939, “Hitler era ahora su propio banquero, pero habiéndose apartado del redil de los estafadores y usureros internacionales, él, como Napoleón Bonaparte, que en 1800 había establecido el Banque de France como un banco estatal, sufrió el mismo destino: una guerra innecesaria seguida del arruinamiento de su pueblo y su país”.

“Fue este acontecimiento el que provocó la Segunda Guerra Mundial, la comprensión por parte de los Rothschild de que la réplica universal del sistema bancario estatal sin usura de Alemania destruiría permanentemente su malvado Imperio financiero. En Europa esta esclavitud fue finalmente conseguida con el establecimiento del Banco Central Europeo controlado por los Rothschild el 1º de Junio de 1998, y con la introducción del euro el 1º de Enero de 1999”.

En su breve apogeo, Hitler había tenido éxito en hacer de Alemania exactamente lo que él quiso que ella fuera.

“Los alemanes eran ahora el pueblo más feliz y más próspero en el mundo, totalmente empleado y disfrutando de uno de los niveles de vida más altos. Este éxito fue conseguido por el trabajo duro de la gente alemana y con el apoyo de un estimado sistema monetario no basado en la usura ni en el patrón oro”.

Goodson posteriormente hace notar que “el estado del armamento alemán en 1939 da la prueba decisiva de que Hitler no estaba contemplando la guerra general, y probablemente no quería ninguna guerra en absoluto”, el cual es un hecho que la mayor parte de la gente en el mundo simplemente rechaza conocer, gracias al constante bombardeo de las mentiras judías.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, cuando Japón adoptó el método de C. H. Douglas del crédito social, su economía se catapultó y se convirtió en un objetivo de los financieros judíos que habían capturado al mundo occidental con su debilitante esquema de banco central.
“Su sistema del crédito social fue entusiastamente recibido tanto por el gobierno como por la industria”, escribe Goodson. “El Banco de Japón se reorientó hacia las necesidades de la nación, más bien que a los parásitos de Nueva York. El desempleo disminuyó, los conflictos laborales disminuyeron, la producción industrial y la renta nacional aumentaron marcadamente, excediendo por un amplio margen al crecimiento económico del resto del mundo industrializado”.

“Hacia finales de los años ’30 Japón se había convertido en la principal potencia económica de Asia del Este y sus exportaciones estaban sustituyendo constantemente a las de EE.UU. e Inglaterra. Los judíos de la Reserva Federal concluyeron que la guerra era la única respuesta a esa amenaza económica…”.

Una serie continua de medidas provocativas por parte del Estados Unidos controlado por los judíos forzó a Japón a involucrarse en la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt cerró el Canal de Panamá a todos los barcos japoneses, y fue impuesto un embargo a la goma y al petróleo, causando la pérdida del 88% de todos sus suministros. Sin petróleo, Japón no podía sobrevivir.

El general Tojo explica en su diario cómo Estados Unidos continuamente frustró los esfuerzos japoneses para el mantenimiento de la paz. El bloqueo económico puso una soga alrededor del cuello de Japón. Japón tuvo que responder a fin de sobrevivir.

Tras la derrota de Japón, Estados Unidos reestructuró el sistema bancario japonés para que se pareciera a los modelos occidentales de Rothschild, que enfatizaban el robo del pueblo y el robo de las ganancias nacionales.
JAVIER FERNÁNDEZ

sábado, 19 de septiembre de 2020

COVID 19 O LA CONSPIRACIÓN DE LOS INEPTOS

 

No creo que los chinos hayan creado un virus de laboratorio (hace falta entrar en la trastienda de un restaurante chino para comprobar que cualquier cosa puede salir de allí). Lo que si creo es que todos intentan beneficiarse del virus: los EEUU para echar la culpa a China y, de paso, dar un paso más en el “decoupling” comercial con este país (varios de los vídeos que han circulado en las últimas semanas -algunos de los cuales han sido reproducidos por Cuarto Milenio- tienen el aroma inequívoco de haber sido construidos desde los laboratorios de “operaciones psicológicas” del Pentágono y filtrados a la opinión pública occidental a través de distintos medios que ignoraban su origen (aunque no tanto su intencionalidad.

Tampoco creo que el gobierno de la izquierda marciana de nuestro país considere el virus como un medio para encerrar a la gente en sus casas y desmovilizar a la sociedad. Habitualmente, la gente está ya encerrada en sus casas y replegada a lo individual desde el primer tercio de los años 80, separada de la realidad y desinteresada por los grandes problemas del país. Y más todavía en esta época de autopistas digitales, Skype, redes sociales, streamings y multiplataformas mediáticas. No hace falta salir a la calle para estar en contacto con el mundo. Ahora bien, lo que si creo es que el gobierno español no ha estado a la altura y ha demostrado su ineficiencia absoluta.

Hoy sabemos que el gobierno español preguntó a la UE sobre la gravedad del virus, 30 días antes de que irrumpiera en España. La UE contestó que, efectivamente, se trataba de una pandemia grave. Ante lo que el gobierno marciano no hizo absolutamente nada, salvo permitir la manifestación feminista del 8 de marzo y que la televisión pública, a través del programa de Maxim Huerta del mediodía, unos tertulianos poco informados, estuvieran sembrando el miedo en la sociedad durante un mes, hasta que se decretó el confinamiento obligatorio. ¿Hay que recordar que el miedo es un reflejo psicológico que al somatizarse genera una bajada de defensas?

¿Cómo iba a hacer algo Sánchez, dotado de todo el poder que le otorga la constitución, pero huérfano de la Autoridad necesaria para que se respeten sus orientaciones por sí mismas y sin apelar a las multas o a la represión? La sanidad estaba en manos de Illa, un individuo carente por completo de formación en materia de sanidad, desconocedor de la diferencia entre un virus, una bacteria, un ácaro y una boina. Con unos ministros de Podemos más preocupados por el pendiente y la coleta, acompañados por neuróticas feminitudas, catetas en su mayor parte, y preocupados de que Sánchez cortejara a la otra parte del arco político… y les dejara en la calle con las hipotecas y los cuñaos en paro. Y luego estaba Simón, con aspecto permanente de haber pasado una mala noche, pero provisto de la capacidad de hablar sin decir nada. Sin olvidar a la inefable Celá, ministra de educación, incapaz de explicar cómo iba a actuar el gobierno en materia de enseñanza durante la pandemia y que todavía sigue sin responder esperando que las comunidades autónomas lo hagan. 

Pero, eso sí, aplausos, oímos y muchos. Se aplaudía por cualquier cosa: ¿Qué han muerto 20? Aplausos en el geriátrico. ¿Qué faltan mascarillas? Aplausos porque de China llegarán unas que no sirven para nada. ¿Qué las urgencias están saturadas? Aplausos y muérase de otra cosa… Aplausos, siempre aplausos, aplausos por nada, aplausos para nada. Aplausos para ahogar los gritos en el Ifema, oídos por todos los ingresados, de aquellos a los que se les había empotrado un tubo en los pulmones para que respiraran mejor y seguían ahogándose…

Establezcamos el orden de importancia: 

1) Hay muertos (29.000 oficiales y 54.000 reales) porque hay virus. Virus producto de la dejadez oriental (como antes la gripe aviar que vino de África pero se aceleró en China), cuya característica es la rapidez en su expansión, pero que no deja de ser una gripe grave.

2) El número de muertos ha aumentado al aplicarse un mal protocolo clínico para su tratamiento. Y ahí las responsabilidades se distribuyen entre la OMS, el gobierno español y su falta de especialistas (ni siquiera se creó la famosa non nato gabinete de expertos).

3) España ostenta el dudoso honor de ser el país del mundo con más muertos por cada 100.000 habitantes, gracias a la ineficiencia y falta de autoridad de los distintos escalones de gobierno (estatal, autonómico y municipal). 

Sigamos lo ocurrido en estos últimos meses. El gobierno actuó en cinco fases:

- Fase previa: tenía información suficiente para reaccionar un mes antes. No hizo nada. Ni siquiera encargó mascarillas a alguna empresa, ni prohibió manifas feminitudas

- Fase de confinamiento: cuando el virus estaba presente y difundiéndose, el gobierno central asumió el papel de “salvaguarda de la nación y escudo sanitario”.

- Fase de normalización: ante la pérdida de prestigio del gobierno y para cortarla, el gobierno trasladó la responsabilidad de la desescalada a las Comunidades Autónomas.

- Fase de reavivamiento: como era de esperar, cada comunidad reprodujo los errores que antes había cometido el gobierno central y se sacó de la manda “ideas geniales” (no fumar). 

- Fase providencialista: el gobierno y las comunidades, a estas alturas, ya solamente confían en que la vacuna esté difundida antes del final de la primavera y así poder recuperar económicamente al país en la campaña turística de 2021.

Vana esperanza esta última porque en la temporada siguiente el turismo todavía no estará suficientemente recuperado. Es más, es probable que casi dos años de interrupción de los flujos turísticos hayan sido aprovechados por otros países en los que el impacto del Covid-19 ha sido mucho menor (Europa del Este, Costa Dálmata, Portugal) para restar clientela a su principal competidor: la maltrecha España del Covid y de la izquierda marciana.

No, decididamente, no podemos hablar de conspiración en el caso del Covid-19, ni para el mundo (la epidemia apenas ha mermado la población mundial en un millón, algo imperceptible que es absorbido en menos de un mes por el crecimiento demográfico mundial), ni en España (en donde, de haber estado otro partido en el gobierno, probablemente hubiera ocurrido lo mismo y por las mismas causas: una clase política que está en el poder para saquear las arcas públicas y lo que menos le interesa es resolver los problemas que van apareciendo; y lo que es peor: que ni siquiera tiene criterio, sentido común y capacidad técnica, por no hablar de Autoridad, para resolverlo).

Lo que ha existido es la “conspiración de los ineptos”. Sería punible judicialmente si la policía tuviera una “Brigada para reprimir la Ineptitud”, existieran leyes que penaran la estupidez y la ineptitud de los funcionarios públicos y existiera una población que exigiera eficiencia en el ejercicio de los cargos políticos. Pero nada de todo ello existe y, en su lugar, tenemos una fiscalía general del Estado, cuyo titular es nombrado por el gobierno y que, por tanto, está poco predispuesto a actuar contra él. 

La “judicialización” de la vida pública -tal como enseña el caso del independentismo catalán y la vía que ensayó Rajoy para combatirlo y que ahora sostiene Vox- es una vía muerta. La “movilización popular” resulta impensable en un país que solamente se moviliza cuando gana su selección nacional de fútbol, porque desde el felipismo, la sociedad civil está agónica. La “indignación” de 2009 que dio lugar a Podemos se ha convertido hoy en frustración y desengaño para otra generación. Si la vía judicial está muerta y la vía de las movilización es ilusoria, habrá que deducir que este país no tiene remedio.

De todo ello puede concluirse -y esto es importante- que la única conspiración posible en España es la de los ineptos. Ha, existido y existirán muchas más “conspiraciones” como ésta (ya nos hemos olvidado del síndrome tóxico de 1981 que afectó a 20.000 personas, y que se “resolvió” con una sentencia judicial sin fundamento científico ni epidemiológico). No es extraño que el gobierno se niegue a una auditoria científica de su gestión...

Y luego a alguien le extraña que ahora estemos por los 2,3 BILLONES de euros de déficit y en la primavera de 2021 lleguemos a los 3 BILLONES. La idiotez tiene un precio a pagar por los que todavía tienen nómina.

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viernes, 18 de septiembre de 2020

EL AUTÉNTICO SOCIALISMO


 El que una ideología supuestamente muerta hace 75 años siga siendo hoy en día atacada y difamada constantemente, dia y noche, quiere decir que dicha ideología no esta tan muerta como pretenden hacernos creer.

El motivo de que tantos plutócratas disfrazados de demócratas y comunistas (que siempre han convivido sin hacerse daño el uno al otro) tengan tanto interés en ello es para evitar que la sinceridad objetiva se imponga un día y queden al descubierto los rostros de los criminales que esclavizan actualmente a la humanidad.

El auténtico socialismo nació en Alemania con el NSDAP y se materializo en el III Reich. Las grandes conquistas sociales de los trabajadores hoy en día comenzaron primero en la Alemania nacionalsocialista:

– El sistema de Seguridad Social con atención médica y pensiones existió primero en la Alemania nacional-socialista.

– El que un obrero disfrutara de conciertos de música clásica en su sitio de trabajo, fue una iniciativa de una oficina del Partido Nacional Socialista llamada ”Fuerza por la Alegría”.

– El concepto de Fábricas limpias, ventiladas, iluminadas con comedores populares para los empleados se debe al nacional-socialismo.

– El que un trabajador tenía un mes de vacaciones pagadas con cruceros fletados al Mediterráneo y el Caribe existió solamente en la Italia fascista y la Alemania nacional-socialista.

– El que un obrero dispusiera en su fábrica de instalaciones deportivas y recreativas para sus ratos libres, se debe al nacional-socialismo.

– El que un humilde trabajador pudiese comprar un excelente vehículo a un precio irrisorio fue una realidad en la Alemania nacional-socialista con el Volkswagen “escarabajo”.

– El que hubiese Bibliotecas, Cines, Cafés, Museos y Teatros abiertos en horas extras laborables y gratuitos para que los empleados pudiesen ir a ellos luego de sus jornadas de trabajo existió solo en la Alemania nacional-socialista.

– La construcción de espaciosas viviendas unifamiliares de una sola planta con jardín en urbanizaciones armoniosas fue una realidad en la Alemania nacional-socialista, a diferencia de los peligrosos, grises y tristes barrios de bloques de la URSS o EEUU.

– La prohibición del cobro de intereses (Usura) y de la especulación fue una medida que solo se dio en la Alemania nacional-socialista decapitando así a la inflación que se come a los ahorros de las gentes y devolviendo al Dinero su función original de herramienta de intercambio.

– Las primeras autopistas de Europa y que aun hoy en día disfrutan los alemanes fueron construidas por el nacional-socialismo.

– El que una Alemania destruida, endeudada, amputada y derrotada con 6 millones de desempleados y una constante inestabilidad política pasase a ser una potencia económica y militar fue gracias al nacional-socialismo.

Este fue el auténtico socialismo, el nacional, sin lucha de clases, sin expropiaciones, sin persecuciones religiosas, muy diferente a ese oscuro socialismo marxista soviético, chino, cubano o venezolano cuyas secuelas todavía estamos sufriendo; naturalmente que todo lo luminoso y bello que tuvo el nacional-socialismo es ocultado a la masa, puesto que la Historia la cuentan los que vencen….

JAVIER FERNÁNDEZ

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jueves, 17 de septiembre de 2020

POR QUÉ EL GOBIERNO MANIPULA LAS CIFRAS DE VÍCTIMAS DEL COVID

 

Hoy he entendido por qué el gobierno se niega a reconocer que, en estos momentos, según la diferencial de muertes entre 2019 y 2020, ya debemos haber superado con mucho los 54.000 muertos por Covid-19. Y lo he entendido, gracias a una estadística publicada en la web de RTVE. Como se sabe, desde el primer momento de la crisis del Covid, el gobierno y los medios de comunicación subvencionados -quien paga manda- han optado por dar cifras de muertos “en bruto”, sin refinar y absolutamente engañosas. Resulta absurdo contar el número de muertos y decir que EEUU y Brasil (es decir, Trump y Bolsonaro) son los países del mundo que contabilizan más muertos. ¿Qué son los 197.000 fallecidos en EEUU y los 134.000 muertos en Brasil, al lado de nuestros discretos 28.000 muertos?

Pero, claro, la contabilidad “en bruto” de muertos, no tiene en cuenta lo esencial: que EEUU tiene 328.000.000 de habitantes y Brasil 201.000.000… frente a España que solamente tiene 47.000.000. LO QUE CUENTAN, PARA DAR LA MAGNITUD DEL PROBLEMA SON LOS PORCENTAJES DE MUERTES POR CADA 100.000 HABITANTES. Y este es el dato que evita dar el gobierno y sus mansos corderillos mediáticos.

Pero, el becario que debe armar la web de RTVE, ha tenido hoy un desliz: ha incluido el cuadro elaborado por la Universidad John Hopkins y se percibe que el número 1 del ranking mundial de muertes por Covid-19 está en poder de Perú con 96,68 muertos por cada 100.000 habitantes. Le sigue Bélgica (con 86,9), luego Bolivia (65’87) y, en cuarta posición, sin subir al podio, España con 64,38). Brasil y EEUU están en posiciones más bajas (octava y décima respectivamente).

Hay un error en todo esto que explica el por qué el gobierno español y su socio telonero, NO RECONOCEN QUE LOS MUERTOS EN ESPAÑA NO SON 28.000 SINO PRÁCTICAMENTE EL DOBLE. La cifra de 50.000-54.000 que se ha manejado sale de la diferencial entre los fallecimientos en 2019 y los fallecidos desde principios de 2020. Dado que las cifras de muertes anuales son bastante estables hay que pensar que la diferencia, restados algunos cientos de muertos por “daños colaterales” (imputables, por otra parte, a la impresión gubernamental: retrasos en operaciones, mala asistencia médica) nos la cifra que tan pertinazmente el gobierno de miserables se obstina en ocultar, con el silencio cómplice del PP.

Pero ¿por qué un gobierno haría tal martingala de poner en el cajón algo más de 20.000 fallecimientos?Hace unas semanas, preguntado por esto, Sánchez respondió: “Ya habrá tiempo de contar a los muertos”… De momento, aplausos y mascarillas. Pero esa obstinación se debe a algo absolutamente intolerable y casi chusco: RESTANDO 20.000 MUERTOS ES COMO HEMOS DESCENDIDO DE LA PRIMERA PLAZA MUNDIAL DE FALLECIMIENTOS POR CADA 100.000 HABITANTES, A LA CUARTA…

En efecto, si el porcentaje se calcula en función de los algo menos de 30.000 muertos reconocidos oficialmente por el gobierno, el porcentaje da el 64,63 por cada 100.000 habitantes al que alude la universidad John Hopkins, PERO SI EL CÁLCULO SE REALIZA SOBRE LOS 50.000 MUERTOS, EL PORCENTAJE SE DISPARA A 106 Y ¡ENTONCES SI QUE PODEMOS REIVINDICAR EL DUDOSO HONOR DE SER EL PAÍS CON MÁS VÍCTIMAS EN TODO EL MUNDO!

Y ahora se está produciendo la inmersión en la “segunda ola” de Covid-19. Vemos como las cifras de muertos y de contagiados van creciendo de día en día. Hoy ya se advertía que las UCI están al 90% y que el colapso es cosa de una semana. Y nadie puede decir que esta segunda ola se ha producido en una situación de imprevisión. SE ESPERABA Y SE TEMÍA PARA NOVIEMBRE, PERO SE HA ADELANTADO.

Solamente desearía formular una pregunta y me gustaría que algún puto diputado de algún jodido partido preguntara en esa olla inútil de grillos que es el parlamento de la Nación, ¿POR QUÉ SOMOS EL PAIS CON MAYOR PORCENTAJE MUNDIAL DE MUERTES POR CADA 100.000 HABITANTES? 

Y lo que es más misterioso todavía: ¿por qué países de nuestro propio entorno geográfico en los que el Covid-19 llegó antes, no han superado ni remotamente las cifras de fallecimientos de España: Italia figura muy por detrás con un 59 por c/100.000 habitantes, Francia 46,35 por c/100.000 habitantes, bastante menos de la mitad que España.

Así pues, no perdamos el tiempo con esa maldita negociación de los presupuestos, o si el payaso que gobierna y sus mariachis piden perdón y ponen el culo ante Bildu y ERC, o si el australopiteco de Torra es o no inhabilitado. Vayamos a lo esencial: Y LO ESENCIAL, AQUÍ Y AHORA ES QUE, CUANDO TENEMOS ENCIMA LA SEGUNDA OLEADA, EL GOBIERNO DE LOS IMPRESENTABLES SIGUE REZANDO A MAMÓN PARA QUE LA VACUNA LLEGUE EN ENERO Y SOSTENIENDO QUE CON UNA MASCARILLA Y SIN FUMAR EN LAS TERRAZAS ESTO ESTÁ “CONTROLAO”.

¿Hace falta recordar que cuando el gobierno ordenaba ir con mascarillas, no había mascarillas a la venta y que pasó un mes antes de que llegaran? ¿Hace falta recordar que hoy hay mascarillas de moda y con todo tipo de símbolos muestra de la fatuidad, de la frivolidad y de la ignorancia de todo un pueblo? ¿Hace falta recordar que la economía está tocada y hundida y el sector turístico tardará en recuperarse o que nuestro déficit terminará a mediados de 2021 en torno a los 3 BILLONES DE EUROS, con una economía a la deriva y sin perspectivas? Y aquí algún imbécil todavía reclama que se acepten unos miles de inmigrantes pirómanos más procedentes de Lesbos? 

Paro aquí para no olvidar lo esencial: SOMOS LÍDERES MUNDIALES EN ALGO, EN EL RANKING MUNDIAL DE MUERTOS POR COVID. ¿Qué alguien me explique por qué?

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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Nota de prensa de la ADVC

 

Ante la aprobación del borrador de proyecto de Ley de Memoria Democrática, la Asociación Para la Defensa del Valle de los Caídos quiere poner de manifiesto lo siguiente:

  • El Valle de los Caídos, le pese a quien le pese se erigió como lugar de Paz, reconciliación y concordia. Parece claro que proyectos de Ley como el que hoy nos ocupa, obedecen a un espíritu contrario a la reconciliación entre los españoles.

  • Esta asociación representa legalmente a un más que significativo número de familias, que teniendo acreditada la presencia de los restos de sus familiares caídos en la guerra civil, de ambos bandos contendientes, en los osarios del Valle de los Caídos, se niegan a que dichos restos sean removidos, trasladados y ni mucho menos sometidos a proceso de identificación forense de cualquier tipo. Estas familias ya pusieron de manifiesto su negativa de permiso, por escrito ante Patrimonio Nacional en su día.

En este sentido, esta Asociación quiere recordar lo siguiente:

1.- El informe forense del Ministerio de Justicia fechado el 15 de diciembre de 2011 y firmado por el prestigioso forense D. Andrés Bedate Gutiérrez ya dejó claro que la complejidad de exhumación de cualquier resto del Valle de los Caídos es “extrema”.


2.- Un posterior informe también del Ministerio de Justicia, de fecha 28 de febrero de 2018, cuantificó en 213.392.846,23 euros el incremento de los créditos presupuestarios para acometer la exhumación e identificación de los restos de los caídos que reposan en los osarios de la Basílica del Valle de los Caídos.

3.- Otro informe, más reciente, evacuado por el Consejo Médico Forense con fecha 1 de 0ctubre de 2018, pone de manifiesto en al menos 24 ocasiones, la extrema dificultad de exhumación de restos desde diferentes puntos de vista especialmente los técnicos y jurídicos.

Por todo esto, y pareciendo claro que el Gobierno del Reino de España no parece dispuesto a tomar en consideración estos cualificados informes, cuya elaboración fue encargo del mismo gobierno y que a nuestro parecer son extraordinariamente taxativos, queremos dejar claro que esta Asociación Para la Defensa del Valle de los Caídos emprenderá cualquier iniciativa de tipo legal, incluyendo las que competan a organismos y Tribunales internacionales en defensa de las familias de caídos inhumados en el Valle de los Caídos cuya representación legal ostenta esta asociación.

  • Respecto al anuncio de “resignificación” del Valle de los Caídos, la opinión de esta asociación no es diferente. Examinaremos la argumentación en la que el gobierno intente sustentar jurídicamente dicha “resignificación” y por supuesto nos opondremos en los Tribunales de Justicia a lo que esta asociación considere improcedente o contrario a la Ley.

  • Por último, no podemos dejar de expresar nuestro pesar al observar cómo, para el gobierno no existen más víctimas de la guerra que las de un solo signo. Al igual que en el tema de las exhumaciones de restos del Valle para el gobierno parece haber muertos de “primera” y muertos de “segunda”. Al parecer los miles de víctimas en la retaguardia republicana, en las “sacas” descontroladas en checas, etc. no son motivo de preocupación para un gobierno que se cuelga el cartel de “democrático”. Si con este borrador de Ley se hubiera sido mínimamente ecuánime, el gobierno no sólo obtendría algo de (fingida) objetividad, sino que además daría cumplimiento a la resolución del Parlamento Europeo condenatoria del comunismo (2019/2819 RSP).

Para terminar, esta asociación quiere poner una vez más de manifiesto, su respeto por todas las victimas de la guerra civil española fuera cual fuese el bando en el que combatieron. Sus sacrificios, los de todos ellos, no merecen una clase política actual que por acción u omisión parece empeñada en volver a enfrentar a los que ya llevaban años reconciliados y supieron en su día perdonar.

ADVC

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martes, 15 de septiembre de 2020

Gatos y Perros por H. P. Lovecraft (1926)

 


GATOS Y PERROS


Habiéndome enterado de la disputa sobre perros y gatos que está a punto de tener lugar en su club literario, no puedo evitar contribuir con unos cuantos aullidos y silbidos tomísticos sobre mi posición en el asunto, aun cuando soy plenamente consciente de que la palabra de un venerable exmiembro nada tiene que hacer frente a la brillantez de los muchos miembros actuales que ladrarán desde el lado contrario. Conociendo mis escasas aptitudes para la argumentación, un valioso corresponsal me ha proporcionado documentación sobre una disputa similar que ha tenido lugar en el New York Tribune, en la que el señor Carl Van Doran se puso de mi lado y el señor Albert Payson Terhune estuvo defendiendo la tribu canina. De ellos estaré encantado de plagiar tantos datos como necesite, aunque mi amigo, con una sutileza auténticamente maquiavélica, me ha proporcionado únicamente una parte de la sección felina, al tiempo que me entregó el dossier perruno al completo. Sin duda imagina que de ese modo, teniendo en cuenta mi propio sesgo empático, logra algo parecido a la justicia definitiva; pero para mí es extremadamente inconveniente, ya que me fuerza a ser más o menos original en algunas de las partes de las siguientes observaciones.

Entre perros y gatos, mi grado de preferencia es tan alto que nunca se me ocurriría compararlos. No es que me disgusten positivamente los perros, no más de lo que me disgustan los monos, los seres humanos, los vendedores, las vacas, las ovejas o los pterodáctilos; pero por el gato he sentido siempre un respeto y un afecto especial, desde los días más tempranos de mi infancia. En su gracia sin tacha y en su superior autosuficiencia he visto un símbolo de la belleza perfecta y la suave personificación del universo mismo objetivamente considerado, y en su aire de silencioso misterio reside para mí todo el secreto y la fascinación de lo desconocido.

El perro apela a emociones baratas y fáciles; el gato lo hace a las fuentes más profundas de la imaginación y la percepción cósmica en la mente humana. No es accidental que los contemplativos egipcios, junto a espíritus poéticos posteriores como los de Poe, Gautier, Baudelaire y Swinburne, fueran todos adoradores sinceros del flexible micifuz. Naturalmente, las preferencias de cada uno en materia de perros y gatos dependen totalmente del temperamento y el punto de vista.

Me da la impresión de que el perro es el favorito de la gente superficial, sentimental y emocional: gente que siente más que piensa, que otorga importancia a la humanidad y a las emociones populares y convencionales de lo simple, y que encuentra el más grande consuelo en los lazos de adulación y dependencia de la sociedad gregaria. Tal gente vive en un mundo limitado de imaginación; aceptando acríticamente los valores del folklore popular, y prefiere siempre que les den la razón en sus creencias, sentimientos y prejuicios, más que disfrutar del placer puramente estético y filosófico que surge de la discriminación, la contemplación y el reconocimiento de la belleza austera y absoluta. Esto no significa que los elementos más baratos no se encuentren también en el amor hacia los gatos del amante medio de los gatos, sino simplemente que en el ailurófilo existe la base del esteticismo puro que el canófilo no posee. El auténtico amante de los gatos exige un ajuste más claro con el universo que el que proporcionan las comunes obviedades domésticas, un ajuste que rechaza tragar la noción sentimental de que todas las personas buenas aman a los perros, los niños y los caballos, mientras que los malos los aborrecen y son aborrecidos por ellos. No está dispuesto a establecerse a sí mismo y sus sentimientos desnudos como medida de los valores universales, o a permitir que nociones éticas superficiales deformen su juicio. En una palabra, prefiere admirar y respetar que adorar e idolatrar; y no cae en la falacia de que la sociabilidad y la amabilidad sin fundamento, o la devoción y la obediencia esclavizadoras, constituyan algo intrínsicamente admirable o elevado.

Los amantes de los perros basan toda su argumentación en esas cualidades comunes, serviles y plebeyas, y juzgan de forma que resulta divertida la inteligencia de una mascota por su grado de conformidad a sus propios deseos. Los amantes de los gatos evitan esa ilusión, repudian la idea de que la servidumbre rastrera y la compañía servil para con el hombre sean méritos supremos, y se mantienen libres para admirar la independencia aristocrática, el amor propio y la personalidad individual unidas a la gracia y la belleza extremas, tal y como las ejemplifica el frío, ágil, cínico e invicto señor de los tejados.

La gente de ideas ordinarias burgueses respetables sin imaginación, satisfechos con su ronda diaria de cosas y que suscriben el credo popular de los valores sentimentales— será siempre amante de los perros. Para ellos nunca habrá nada más importante que ellos mismos y sus primitivos sentimientos, y nunca dejarán de estimar y glorificar al compañero animal que mejor los ejemplifica. Tales personas están sumergidas en el vórtice de idealismo y envilecimiento oriental que arruinó la civilización clásica en la Edad Oscura, y viven en un mundo desierto de valores sentimentales abstractos, donde las ilusiones empalagosas de la mansedumbre, la amabilidad, la hermandad, y la humildad quejumbrosa se magnifican como virtudes supremas, y toda una ética y una filosofía falsas se levantan sobre las tímidas reacciones del sistema flexor de músculos. Esta herencia, impuesta irónicamente sobre nosotros cuando la política romana elevó a la supremacía la fe de una gente azotada y vencida al final del imperio, ha mantenido de forma natural un fuerte arraigo en los débiles y sentimentalmente inconscientes, y quizá alcanzó su culminación en el insípido siglo XIX, cuando la gente acostumbraba a alabar a los perros “porque son tan humanos” (¡como si la humanidad fuera un criterio válido de mérito!), y el honrado Edwin Landseer pintó cientos de presumidos Fidos y Carlos y Rovers con toda su trivialidad, nimiedad y “monería” antropoide de victorianos eminentes.

 Pero entre este caos de servilismo intelectual y emocional, unas pocas almas libres han mantenido las viejas realidades civilizadas que el medievalismo eclipsara —la austera lealtad clásica hacia la verdad, la fuerza y la belleza, que proporciona una mente clara y un espíritu valeroso al ario occidental lleno de vida, enfrentado a la majestad, hermosura y frialdad de la Naturaleza—. Esta es la estética y la ética viril de los músculos extensores —las creencias y preferencias osadas, optimistas, asertivas, de conquistadores, cazadores, guerreros orgullosos, dominantes, invictos e intrépidos— y tiene poca utilidad para los engaños y lloriqueos del fraternal y sensiblero pacificador, y para el pusilánime y el sentimental. La belleza y la suficiencia —cualidades gemelas del cosmos mismo— son los dioses de esta clase libre y pagana; para quien adora tales cosas eternas, la virtud suprema no podrá hallarse en la humildad, el apego, la obediencia y la confusión emocional. Este tipo de adorador buscará aquello que mejor represente la hermosura de las estrellas y los mundos y los bosques y los mares y las puestas de sol, y que mejor exprese la suavidad, el señorío, la exactitud, la autosuficiencia, la crueldad, la independencia y la impersonalidad desdeñosa y caprichosa de la Naturaleza que gobierna todas las cosas. Belleza, frialdad, reserva, reposo filosófico, autosuficiencia, misterio indomado, ¿Dónde más podemos encontrar estas cosas encarnadas con ni siquiera la mitad de la perfección y completud que marcan su encarnación en el incomparable gato, que se desliza suavemente y ejecuta su órbita misteriosa con la inexorable e implacable certeza de un planeta en el infinito?

Que los campesinos burgueses sin imaginación aprecian a los perros, pero los gatos llaman la atención del filósofo, aristócrata, poeta, sensible, quedará claro en cuanto reflexionemos sobre el asunto de la asociación biológica. La gente plebeya práctica juzga algo sólo por su tacto, sabor y olor inmediato, mientras que los espíritus más delicados forman sus estimaciones a partir de las imágenes e ideas relacionadas que el objeto en cuestión trae a sus mentes. De este modo, cuando consideramos el asunto de los perros y los gatos, el estólido patán sólo ve dos animales ante él, y basa su preferencia en su capacidad relativa de conformarse con sus ideas sensibleras y vagas sobre la ética, la amistad y la servidumbre lisonjera. Por otra parte, el pensador y caballero considera a cada uno según sus afiliaciones naturales, y no puede dejar de observar que en las grandes simetrías de la vida orgánica, los perros están al lado de los descuidados lobos, zorros, chacales, coyotes, dingos y hienas, mientras que los gatos caminan orgullosamente junto a los señores de la jungla, y tienen a su alteza el león, al sinuoso leopardo, al regio tigre y a las elegantes panteras y jaguares como su familia.

Los perros son los jeroglíficos de la emoción ciega, la inferioridad, el apego servil y el gregarismo: los atributos de los hombres ordinarios, estúpidamente apasionados y subdesarrollados tanto intelectual como imaginativamente. Los gatos son las runas de la belleza, la invencibilidad, el prodigio, el orgullo, la libertad, la frialdad, la autosuficiencia y la delicada individualidad: las cualidades de la clase maestra de hombres, sensible, ilustrada, mentalmente desarrollada, pagana, cínica, poética, filosófica, desapasionada, reservada, independiente, nietzscheana, indómita, civilizada.

El perro es al campesino lo que el gato es al caballero. Podríamos, de hecho, juzgar el tono y el sesgo de una civilización por su actitud relativa hacia los perros y los gatos. El Egipto orgulloso donde el faraón era faraón y las pirámides se elevaban en belleza ante su deseo, que las soñó, se inclinó ante el gato, y se construyeron templos para su divinidad en Bubastis. En la Roma imperial, el grácil leopardo adornó la mayor parte de los mejores hogares, reposando su belleza insolente en el atrio con collar y cadena de oro; mientras que, después del tiempo de los Antoninos, el gato se importó de Egipto y se apreció como un lujo raro y costoso. Hasta aquí los pueblos dominantes e ilustrados.

Cuando llegamos, sin embargo, a la rastrera Edad Media con sus supersticiones y éxtasis y monasticismos y divagaciones sobre los santos y sus reliquias, encontramos que la hermosura fría e impersonal de los felinos está en muy baja estima; y contemplamos un lamentable espectáculo de odio y crueldad hacia estas pequeñas y bellas criaturas a las que únicamente sus virtudes como ratoneras les otorgaron un poco de tolerancia por parte de los patanes ignorantes ofendidos por su frialdad autosuficiente y temerosos de su independencia críptica y esquiva, que imaginaron relacionada con los poderes oscuros de la brujería.

Estos palurdos esclavos de la oscuridad oriental no podían tolerar lo que no servía a sus baratas emociones y endebles propósitos. Deseaban un perro para acariciar y cazar y cobrar y traer, y no encontraban ninguna utilidad en el presente del gato: belleza eterna desinteresada para alimento del espíritu.

Es posible imaginar cómo debieron ofenderse ante la calma magnífica de Pussy, su tranquilidad, relajación y desdén respecto a los triviales objetivos y preocupaciones humanas. Si tiras un palo, el perro servil resuella y tropieza para traértelo de vuelta. Haz lo mismo frente a un gato, y te mirará con aire divertido, frialdad educada y algo de aburrimiento. Y, del mismo modo que la gente inferior prefiere al animal inferior que se afana con excitación porque alguien quiere algo, así las personas superiores respetan al animal superior que vive su propia vida y sabe que cuando esos extraños bípedos se dedican puerilmente a lanzar palos, se trata de un asunto que no le incumbe y del que ni se percata. El perro ladra y suplica y se revuelve para entretenerte cuando haces sonar el látigo. Eso le gusta al campesino amante de la mansedumbre, que aprecia un estímulo para su propia importancia. El gato, por otra parte, te “engatusa” para que juegues con él cuando le apetece que le entretengan; te hace correr por la habitación con una bola de papel arrastrando de una cuerda cuando tiene gana de ejercicio, pero rechaza todos tus intentos de hacerle jugar cuando no está de humor. Eso es personalidad e individualidad y respeto a sí mismo —la maestría tranquila de un ser cuya vida es suya, y no tuya—, y la persona superior lo reconoce y aprecia porque también ella es un espíritu libre cuya posición está afianzada, y cuya única ley es su propia herencia y sentido estético. En consecuencia, podemos ver que el perro llama la atención de aquellas almas emocionales primitivas cuyas demandas principales al universo son las de afecto incondicional, compañerismo desinteresado, y consideración y servilismo lisonjeros; mientras que el gato reina entre esos espíritus más contemplativos e imaginativos que lo único que le piden al universo es la visión objetiva de la belleza intensa y etérea, y la simbolización animada del orden y la suficiencia suave, implacable, reposada, parsimoniosa e impersonal de la Naturaleza. El perro da, pero el gato es.

La gente simple siempre sobredimensiona el elemento ético en la vida, y es bastante natural que también lo hagan en el ámbito de las mascotas. En consonancia, oímos muchos dichos inanes a favor de los perros basados en que son fieles, mientras que los gatos son traicioneros. Pero ¿qué significa eso exactamente? ¿cuáles son los puntos de referencia? Ciertamente, el perro tiene tan poca imaginación e individualidad que no conoce motivo alguno más que los de su amo; pero, ¿qué mente sofisticada podría percibir una virtud positiva en esa abnegación estúpida de su instinto? La discriminación debería sin duda alguna dar como vencedor al superior gato, que tiene demasiada dignidad natural como para  aceptar otro esquema de cosas que no sea el suyo, y que en consecuencia no le importa en absoluto lo que cualquier torpe humano pueda pensar, desear o esperar de él. No es traidor, porque nunca ha reconocido ninguna lealtad con nada excepto con sus propios deliberados deseos; y la traición implica básicamente una separación respecto a algún pacto explícitamente reconocido. El gato es un realista, no un hipócrita. Toma lo que le apetece cuando quiere, y no hace promesas. Nunca permite que esperes de él más de lo que da, y si eliges de forma estúpida ser lo suficientemente victoriano como para confundir sus ronroneos y frotamientos de autosatisfacción con señales de un afecto fugaz hacia ti, la culpa no es suya. No tratará ni por un momento de que creas que quiere algo más de ti que comida y calor y cobijo y diversión —y, ciertamente, está justificado para criticar tu desarrollo imaginativo y estético si no reconoces su gracia, belleza y alegre influencia decorativa un pago suficientemente abundante para todo lo que le das—. El amante de los gatos no necesita asombrarse del amor que otros les tienen a los perros (de hecho, puede que él también posea esa cualidad; porque los perros son a menudo encantadores, y tan adorables de esa manera suya condescendiente como un viejo y fiel sirviente o arrendatario a los ojos de su señor), pero no puede evitar asombrarse ante aquellos que no comparten su amor por los gatos. El gato es un símbolo tan perfecto de belleza y superioridad que parece prácticamente imposible que un auténtico esteta y cínico civilizado pueda no adorarlo. Nos denominamos “amos” de un perro, pero ¿quién osaría decirse “amo” de un gato? Somos propietarios de un perro: está con nosotros como esclavo e inferior porque así lo queremos. Pero damos alojamiento a un gato: adorna nuestro hogar como un invitado, compañero, huésped e igual porque así es su deseo.

No es ningún honor ser el estúpidamente idolatrado amo de un perro cuyo instinto es idolatrar, pero se trata de un tributo muy distinto ser elegido como el amigo y confidente de un gato filosófico que es su propio amo de un modo absoluto y que puede con toda facilidad elegir otro compañero si encuentra uno más agradable e interesante. Un signo, creo, de esta gran verdad relativa a la mayor dignidad del gato se ha filtrado en el saber popular mediante el uso de los nombres “gato” y “perro” como términos de oprobio. Mientras que “gato” nunca se ha aplicado a ningún tipo de indeseable más que a la ligeramente rencorosa e inofensivamente maliciosa mujer cotilla, las palabras “perro” y “canalla” han estado siempre ligadas a las más graves vilezas, deshonores y degradaciones. En la cristalización de esta nomenclatura sin duda ha tenido que ver que la mente popular se ha dado cuenta, de forma débil y medio consciente, de que hay profundidades de vileza rastrera, quejumbrosa, aduladora y servil que ningún pariente del león y del leopardo puede nunca alcanzar. El gato puede caer bajo, pero nunca será domado. Es, como los nórdicos entre los hombres, uno de esos que o bien gobiernan sus propias vidas o bien mueren.

No tenemos más que observar analíticamente a los dos animales para ver que los puntos se acumulan a favor del gato. La belleza, que es probablemente lo único que tiene un significado básico en todo el cosmos, debe ser nuestro criterio principal; y aquí el gato supera al perro de un modo tan brillante que toda comparación palidece. Algunos perros, es cierto, son bellos en un grado muy destacado; pero incluso el nivel más elevado de belleza canina es muy inferior a la media felina. El gato es clásico mientras que el perro es gótico, el perro es prosa, el gato es poesía  —en ningún otro lugar del mundo animal podemos descubrir tal perfección helénica en la forma, con su anatomía adaptada a la función, como en los felinos—. El minino es un templo dórico —una columnata jónica— en el total clasicismo de sus armonías estructurales y decorativas. Y esto es tan verdadero en movimiento como estáticamente, porque el arte no tiene paralelismo para la gracia mágica del más insignificante movimiento del gato. El esteticismo puro y perfecto de los perezosos estiramientos del gatito, sus aplicados lavados de cara, revolcones lúdicos, y pequeños movimientos involuntarios mientras duerme son algo tan profundo y vital como la mejor poesía pastoral o género pictórico; mientras que la exactitud infalible de sus saltos y cabriolas, carreras y cazas, tiene un valor artístico igualmente alto aunque de un modo más enérgico. Pero es su capacidad para el ocio y el reposo lo que hace al gato preeminente. El señor Carl Van Vechten, en “Peter Whiffle”, toma el descanso ilimitado del gato como un modelo para la filosofía vital, y el profesor William Lyon Phelps ha captado de modo muy efectivo el secreto de la felinidad cuando dice que el gato no está simplemente echado, sino que “derrama su cuerpo sobre el suelo como un vaso de agua”. ¿Qué otra criatura ha combinado de este modo el esteticismo de la mecánica y la hidráulica? Contrástese esto con el inepto jadeo, resuello, ajetreo, babeo, arañado y torpeza general del perro medio, con sus falsos e inútiles movimientos. Y en los detalles de limpieza, el puntilloso gato está por supuesto a años luz. Siempre es agradable tocar un gato, pero sólo las personas insensibles pueden dar la bienvenida de modo uniforme a los frenéticos y húmedos olfateos y pataleos de un polvoriento y quizá no inodoro canino que salta y se agita y se revuelve en desmañada actividad febril por ninguna otra razón más que la de que sus centros nerviosos ciegos se han visto espoleados por algún estímulo sin sentido. Hay un fastidioso exceso de malas maneras en toda esa furia perruna (la gente de buena familia no nos soba y manosea), y sin duda encontramos al gato amable y reservado en sus avances, y delicado incluso cuando se desliza elegantemente en tu regazo con cultivados ronroneos, o salta caprichoso sobre la mesa en la que estás escribiendo para jugar con tu pluma con modulados y seriocómicos golpecitos. No me asombra en absoluto que Mahoma, ese jeque de las buenas maneras, amara a los gatos por su educación y desdeñara a los perros por su grosería; o que los gatos sean los favoritos en los educados países latinos, mientras que los perros tomen la delantera en la Europa Central dura, práctica y bebedora de cerveza. Obsérvese a un gato comiendo, y luego mírese al perro. El primero se contiene por una delicadeza inherente e inevitable, y otorga una especie de gracia a uno de los procesos más carentes de ella. El perro, por el contrario, es totalmente repulsivo en su bestial e insaciable avidez; actuando de acuerdo con su estirpe salvaje al devorar vorazmente como un lobo, de la forma más abierta y desvergonzada.

Volviendo a la belleza de línea: ¿no es significativo que, mientras que muchas razas normales de perros son notoria y admitidamente feas, ningún felino saludable y bien desarrollado, de ninguna de las especies, es otra cosa distinta de bello? Hay, por supuesto, muchos gatos feos; pero se trata siempre de casos individuales de mestizaje, malnutrición, deformidad, o herida. Ninguna raza de gatos en su condición natural puede, por mucho que estiremos la imaginación, considerarse ni siquiera levemente vulgar; un record frente al cual debemos lamentar el deprimente espectáculo de bulldogs achatados de forma imposible, dachsunds grotescamente alargados, Airedales horriblemente deformes y peludos, y otros semejantes. Por supuesto, podría decirse que ningún criterio estético es otra cosa más que relativo; pero siempre funcionamos con tales criterios como siempre lo hemos hecho empíricamente, y al comparar gatos y perros bajo la estética de la Europa occidental no podemos ser injustos con ninguno. Si alguna tribu desconocida del Tibet encuentra que los Airedales son bellos y los gatos persas feos, no discutiremos con ellos en su propio territorio; pero por ahora estamos ocupándonos de nosotros mismos y de nuestro territorio, y aquí el veredicto no admitiría demasiada duda ni siquiera del más ardiente canófilo. Tal persona normalmente obvia el problema con una paradoja epigramática, y dice que “¡Snookums es tan encantador, que es hermoso!” Esta es la inclinación infantil por lo grotesco y cursi, por lo “mono”, que vemos del mismo modo encarnada en cómics populares, muñecas monstruosas, y todos los oropeles decorativos deformes tipo “Billikin” o “Krazy Kat” que se encuentran en los “refugios” y “rincones acogedores” de la plebe que se cree sofisticada.

En lo que respecta a la inteligencia, encontramos que los caninitas sostienen afirmaciones divertidas. Divertidas porque miden de un modo muy ingenuo lo que conciben ser la inteligencia de un animal por su grado de servidumbre al deseo humano. Un perro puede traerle al amo la presa cobrada, un gato no lo hará, por lo tanto (¡sic!), el perro es más inteligente. Los perros pueden recibir entrenamientos más complejos para el circo o para obras de vodevil que los gatos, por tanto (¡Oh Zeus, oh Royal Mount!) son cerebralmente superiores. Por supuesto, todo esto es el más puro sinsentido. Nunca diríamos que un hombre débil de espíritu es más inteligente que un ciudadano independiente porque podemos hacer que vote según nuestros deseos mientras que no podemos influir sobre el ciudadano independiente, y sin embargo incontables personas aplican un argumento exactamente paralelo al valorar la materia gris de perros y gatos. La competencia en servilismo es algo que no tiene nunca fin para ningún Thomas o Tabitha que se precie, y está claro que cualquier estimación realmente efectiva de la inteligencia canina y felina debe proceder desde una observación cuidadosa de perros y gatos de un modo independiente — sin la influencia de los seres humanos—, evaluando cómo formulan objetivos propios y utilizan su propio equipamiento mental para alcanzarlos. Cuando hacemos esto, llegamos a un respeto muy saludable por nuestro amigo que ronronea al calor del hogar, y hace tan poco despliegue de sus deseos y métodos de negocios; porque en cualquier idea y cálculo muestra una unión de intelecto, deseo, y sentido de la proporción deliberada y fría como el acero, que pone totalmente en evidencia las sensiblerías emocionales y los trucos dócilmente adquiridos del “listo” y “fiel” pointer u ovejero.

Obsérvese a un gato que decide cruzar una puerta, y véase cuán pacientemente espera su oportunidad, sin perder nunca de vista su propósito incluso aunque se vea en la obligación de fingir otros intereses entretanto. Obsérvesele concentrado en la caza, y compárese su paciencia calculadora y el silencioso estudio del terreno con el forcejeo y pataleo ruidoso de su rival canino. No vuelve a menudo con las manos vacías. Sabe lo que quiere, y está determinado a conseguirlo del modo más efectivo, incluso a costa del sacrificio de tiempo —que, filosóficamente, reconoce como algo sin importancia en el cosmos sin objetivo—. Nada puede desviar o distraer su atención; y sabemos que entre los humanos esta es la cualidad de la tenacidad mental, esa habilidad para seguir un único camino a través de distracciones complejas que se considera un signo bastante bueno de vigor y madurez intelectual. Los niños, las viejas arpías, los campesinos y los perros divagan; los gatos y los filósofos persisten en su empeño. En ingenio, también el gato atestigua su superioridad. Los perros pueden entrenarse bien para hacer una sola cosa, pero los psicólogos nos dicen que esas respuestas a una memoria automática inculcada desde fuera son de poco valor como índices de auténtica inteligencia. Para juzgar el desarrollo abstracto de un cerebro, enfréntalo a condiciones nuevas y no familiares para ver cómo su propia fortaleza le permite alcanzar su objetivo a través del razonamiento puro sin caminos marcados. Aquí los gatos pueden idear silenciosamente una docena de alternativas misteriosas y con éxito, mientras que el pobre Fido ladra asombrado preguntándose de qué va todo eso. Concediendo que Rover el retriever puede tener más opciones de ganarse el aprecio popular sentimental metiéndose en una casa en llamas para salvar al niño al modo del cine tradicional, queda el hecho de que el bigotudo y ronroneador Nig es un organismo biológico más elevado —de algún modo fisiológica y psicológicamente más cercano al hombre debido a su auténtica libertad respecto a las órdenes humanas—, y como tal merecedor de un respeto más elevado por parte de aquellos que juzgan según criterios puramente filosóficos y estéticos. Podemos respetar a un gato como no podemos respetar a un perro, sin importar cuál de ellos resulte más atractivo para nuestro simple capricho de tomarles cariño; y si fuéramos estetas y analistas en lugar de vulgares amantes y emocionalistas, las escalas deberían inevitablemente volverse por completo en favor del gato.

Es preciso añadir, no obstante, que ni siquiera el reservado y suficiente gato está privado de atractivo sentimental. Una vez que nos libramos de los sesgos éticos incultos —el prejuicio de “traidor” y “antipático cazador de pájaros”—, encontramos en el “inofensivo gato” el cúlmen mismo del feliz simbolismo doméstico; y los gatitos pequeños se convierten en objetos a adorar, idealizar y celebrar con los más rapsódicos de los dáctilos y anapestos, yámbicos y trocaicos. Yo mismo, en mi propia madurez senescente, confieso profesar una predilección desmesurada y en absoluto filosófica por los gatitos pequeños negros como el carbón y de grandes ojos amarillos, y no puedo pasar al lado de uno sin acariciarlo, del mismo modo que el Dr. Johnson no podía pasar al lado de una farola sin tocarla. (1) Asimismo, muchos gatos desarrollan un sentimiento bastante análogo al cariño recíproco tan exageradamente ensalzado en perros, seres humanos, caballos y otros. Los gatos llegan a asociar a ciertas personas con actos que contribuyen a su placer de forma continuada, y adquieren para ellos un reconocimiento y un apego que se manifiesta en la excitación placentera cuando se acercan —tanto si llevan comida y bebida como si no— y cierta tristeza en su ausencia prolongada. Un gato con el que yo tenía una relación muy próxima llegó al extremo de no aceptar comida si no era de mi mano, e incluso prefería estar hambriento antes que tocar ni siquiera el más mínimo pedazo proporcionado por algún amable vecino. También tenía claros y distintos afectos entre el resto de gatos de aquel hogar idílico, ofreciendo voluntariamente comida a uno de sus amigos bigotudos, pero peleando de la forma más salvaje la más mínima mirada que lanzara su negro rival “Snowball” sobre su plato. Si se argumentara que esos afectos felinos son esencialmente “egoístas” y “prácticos” en su composición última, déjennos responder preguntando hasta qué punto los afectos humanos, exceptuando aquellos que surgen directamente del bruto instinto primitivo, tienen alguna otra base.

Después de que el jurado evaluador haya obtenido el importe total de cero, seremos más capaces de abstenernos de censurar ingenuamente al gato “egoísta”.
La superior vida interior imaginativa del gato, que da como resultado un superior dominio de sí mismo, es bien conocida. Un perro es un ser lastimero, que depende por completo de la compañía y se halla totalmente perdido a no ser que se encuentre en una jauría o al lado de su amo. Déjenle solo y no sabrá qué hacer más que ladrar y aullar y trotar hasta que se quede dormido de puro agotamiento. Un gato, sin embargo, nunca se encuentra sin la potencialidad del entretenimiento. Lo mismo que un hombre superior, sabe cómo estar solo y feliz. Una vez que ha mirado a su alrededor sin encontrar a nadie que lo entretenga, se dedica a la tarea de entretenerse a sí mismo; y nadie conoce realmente a los gatos sin haber tenido la ocasión de observar a hurtadillas a algún alegre y equilibrado gatito que cree estar solo. Únicamente después de vislumbrar la gracia natural con la que trata de cazar su rabo y su espontáneo ronroneo es posible comprender totalmente el encanto de aquellas líneas que Coleridge escribió refiriéndose más bien a los niños humanos que a los gatitos: ".... un ágil duende, que canta y baila solo, simplemente." (2) No obstante, podrían escribirse volúmenes enteros sobre el juego en los gatos, ya que sus variedades y aspectos estéticos son infinitos. Sea suficiente decir que en tales pasatiempos los gatos han exhibido rasgos y acciones que los psicólogos declaran auténticamente motivados por el humor genuino y por la fantasía en su sentido más puro; de tal modo que la tarea de “hacer reír a un gato” puede no ser algo tan imposible incluso fuera de las fronteras de Cheshire.

Resumiendo, un perro es un ser incompleto. Del mismo modo que un hombre inferior, necesita estímulos emocionales externos y debe establecer algo artificial como un dios o un motivo. El gato, en cambio, es perfecto en sí mismo. Es un ser real e integrado porque se cree y se siente como tal, mientras que el perro sólo puede concebirse a sí mismo en relación con algo distinto. Azota a un perro y te lamerá la mano. El animal no tiene ninguna idea de sí mismo excepto como una parte inferior de un organismo del que tú eres la parte superior —no puede pensar en devolverte los golpes más de lo que uno puede pensar en golpear su propia cabeza cuando le castiga con un dolor de cabeza—. Pero azota a un gato y observa cómo te mira amenazante y cómo retrocede bufando con su dignidad y autoestima ultrajada. Un golpe más y te lo devolverá; porque es un caballero y un igual, y no aceptará que se infrinja su personalidad y cuerpo de privilegios. Sólo está en tu casa porque desea estar, o quizá incluso como ofreciéndote un favor condescendiente. Es la casa, no tú, lo que le gusta; porque los filósofos se dan cuenta de que los seres humanos no son, como mucho, más que accesorios menores del paisaje. Da un paso más de la cuenta, y te dejará de una vez por todas. Te has equivocado en tu relación con él y te crees su amo, y ningún gato auténtico puede tolerar tamaña violación de las buenas maneras. En lo sucesivo, buscará otra compañía con mayor capacidad de discernimiento y una perspectiva más clara. Dejemos a esas personas anémicas que creen en “poner la otra mejilla” que se consuelen a sí mismas con los perros rastreros; para el pagano robusto con la sangre de los crepúsculos nórdicos corriendo por sus venas no hay ningún animal como el gato, intrépido corcel de Freya, que puede tener la osadía de mirar fijamente a la cara incluso a Thor y Odín, con sus grandes y redondos ojos transparentes, amarillos o verdes.

En estas observaciones creo que he delineado con bastante amplitud las diversas razones por las cuales, en mi opinión y usando el ingenioso y oportuno título de Mr. Van Doren: “los caballeros prefieren a los gatos”. La respuesta de Mr. Terhune en un número posterior del Tribune me parece desafortunada, en el sentido de que se trata más de una refutación de hechos que de una simple afirmación personal de la militancia del autor en esa convencional mayoría “muy humana” que se toma el afecto y la compañía en serio, que disfrutan siendo importantes para algo vivo, que odian a los “parásitos” sobre una base meramente ética sin consultar el derecho de la belleza a existir por sí misma, y por tanto aman al amigo más noble y más fiel del hombre, el perenne perro. Supongo que Mr. Terhune ama también a los caballos y a los niños, porque los tres suelen ir convencionalmente juntos en el credo del gran 100% como los afectos esenciales de cualquier hombre bueno y amable que se precie, de los hombres de “cuello Arrow” y de la escuela de héroes de Harold Bell Wright, incluso aunque los coches y Margaret Sanger hayan hecho mucho para reducir estos dos últimos elementos.

Los perros, entonces, son campesinos y las mascotas de los campesinos, los gatos son caballeros y las mascotas de los caballeros. El perro es para quien coloca el sentimiento crudo y la ética y el humanocentrismo más rancio sobre la belleza austera y desinteresada, que simplemente adora “al pueblo y lo popular”, y no le importa la torpeza descuidada en caso de que haya alguien que realmente se preocupe de él.  El tipo al que no le interesa demasiado la intelectualidad, pero que siempre hace lo que debe, que no encuentra a menudo el Saddypost o el N.Y. World demasiado profundos para él; que no se siente atraído por Valentino, pero piensa que Doug Fairbanks está bien para entretenerse una tarde. Saludable, constructivo, optimista, cívico, doméstico (he olvidado mencionar la radio), normal..., esa es la clase de persona emprendedora a la que deben gustar los perros.

El gato es para el aristócrata (bien sea de nacimiento, de inclinación o ambas cosas) que admira a sus pares de la aristocracia. Es para el hombre que aprecia la belleza como única fuerza viva en un universo ciego y sin propósito, y que adora esa belleza en todas sus formas independientemente de las ilusiones sentimentales y éticas del momento. Para el hombre que conoce la superficialidad del sentimiento y la vaciedad de los objetos y aspiraciones humanas, y que por tanto se aferra únicamente a lo que es real — como la belleza es real porque pretende un significado más allá de la emoción que suscita y que es—. Para el hombre que se siente suficiente en el cosmos, y no pide escrúpulos de prejuicio convencional, pero ama el reposo y la fuerza y la libertad y el lujo y la suficiencia y la contemplación; que siendo un alma fuerte y sin miedo desea algo que respetar más que algo que lama su cara y acepte que alterne golpes y caricias; que busca un par orgulloso y bello en la nobleza igualitaria del individualismo más que un acobardado y servil satélite en la jerarquía del miedo, la servidumbre y la delegación. El gato no es para el trabajadorcillo activo y engreído que cree tener una misión, sino para el poeta ilustrado y soñador que sabe que el mundo no contiene nada que merezca la pena hacerse. El diletante, el connoisseur, el decadente, si quieren llamarlo así, aunque en una época más sana que esta hubo cosas que estos hombres podían hacer, de tal modo que fueron los planificadores y líderes de aquellos gloriosos tiempos paganos. El gato es para quien hace las cosas no por el deber sin más, sino por poder, placer, esplendor, romance y glamour: para el arpista que canta solo en la noche de viejas batallas, o el guerrero que sale a luchar en esas batallas por belleza, gloria, fama y el esplendor de una tierra sobre la que no cae ninguna sombra de debilidad. Para aquel que no se alivia con tonterías de prosa y utilidad, sino que para estar cómodo pide la tranquilidad y la belleza y el dominio y la cultura que hacen que el esfuerzo merezca la pena. Para el hombre que sabe que jugar, no trabajar, y el ocio, no el ajetreo, son las cosas grandes de la vida; y para quien el círculo vicioso del esfuerzo únicamente para poder esforzarse más aún es una amarga ironía que el alma civilizada acepta en su mínima expresión posible.

Belleza, suficiencia, tranquilidad y buenas maneras —¿qué más puede requerir la civilización?—. Y todo eso lo tenemos en el divino monarca que descansa gloriosamente en su cojín de seda frente al fuego del hogar. Hermosura y alegría por sí mismas, orgullo y armonía y coordinación, espíritu, sosiego y perfección, todo está presente en el gato, y no se precisa más que una comprensiva desilusión para su completa adoración. ¿Qué alma completamente civilizada no haría sino servir a un sacerdote tan elevado de Bast? La estrella del gato, creo, está ahora en ascendiente, mientras emergemos poco a poco de los sueños de la ética y la conformidad que nublaron el siglo XIX y elevaron al carroñero y desagradable perro a la cima del aprecio sentimental. Aún no es posible decir si un renacimiento del poder y la belleza restaurará nuestra civilización occidental, o si las fuerzas de la desintegración son ya demasiado poderosas como para que alguna mano las detenga, pero en el momento presente de desenmascaramiento cínico del mundo, entre la pretensión de los dieciochescos y el misterio siniestro de las décadas por venir, podemos al menos vislumbrar un destello de la antigua perspectiva y de la vieja claridad y honestidad paganas. Y un ídolo alumbrado por ese destello, que aparece justo y bello sobre un trono soñado de seda y oro bajo una cúpula criselefantina, es una forma de gracia inmortal que no siempre ve reconocidos sus méritos entre los inútiles mortales: el elevado, el invicto, el misterioso, el lujurioso, el babilonio, el impersonal, el eterno compañero de la superioridad y el arte; el prototipo de belleza perfecta y el hermano de la poesía; el suave, solemne, flexible y patricio gato.

H. P. Lovecraft (1926)



1 El conocido escritor y lexicógrafo inglés Samuel Johnson (1709-1784) sufrió un trastorno obsesivo-compulsivo que le impulsaba, entre otras excentricidades, a tocar cada farola que se encontraba en su camino [N. de la T.].

2 Samuel T. Coleridge (1816), Christabel (conclusión de la parte II) [Nota de la T.].
Publicado en Something About Cats and Other Pieces. Arkham House, 1949.

lunes, 14 de septiembre de 2020

EL MAYOR ROBO DE LA HISTORIA

 

Ocurrió en Madrid en la madrugada del 13 al 14 de septiembre de 1936, y fue el mayor robo de todos los tiempos. Los socialistas españoles asaltaron el Banco de España y robaron sus reservas en oro, que eran las cuartas mayores del mundo. Mas de 500 toneladas de oro puro. Aquel dinero convertía a España en un país solvente, pero al ser esquilmado quedó desguarnecido e insolvente. El botín, que más tarde se completo con el robo de las cajas de seguridad de los bancos y con las joyas empeñadas en los montes de piedad, fue enviado a Moscú y a México. La mayor parte se lo quedó Stalin, el mayor asesino de la Historia, y las joyas y valores enviados a México sirvieron para que algunos exiliados republicanos vivieran el exilio a cuerpo de rey. Es una historia siniestra y malvada, protagonizada por un partido político cuya historia está llena de delitos y abusos. 

Aunque no lo admita, el PSOE se avergüenza de su historia, plagada de traiciones, robos y crímenes, y lucha a muerte por ocultarla. Dice el historiador Stanley Payne: "El PSOE tiene una historia siniestra y cuenta con un pasado de terrorismo en 1934, 1936 y 1937, incluso con participación en asesinatos en masa". 

Hoy Voto en blanco, cumpliendo con su misión de luchar por la verdad y contra la corrupción, el abuso de poder y la falsa democracia, publica una descripción detallada de aquel robo brutal, que los socialistas quieren que se olvide y por el que nunca han pedido perdón. 


Hoy se cumplen 84 años del mayor atraco de la historia de la humanidad. Así, como suena. 

Sucedió en Madrid y es desconocido en sus verdaderas dimensiones por la mayor parte de los españoles porque el aparato de propaganda de socialistas y comunistas, eficaz y excelente, se encargó de ocultarlo y sumergirlo en el olvido, a pesar de que el tema da para realizar películas, escribir novelas y reportajes y Hasta para componer óperas. 

Veamos la verdad: 

En la madrugada del 14 de septiembre de 1936 un grupo de cerrajeros, sindicalistas y pistoleros de la motorizada, la guardia personal del líder del PSOE Indalecio Prieto, la misma que menos de dos meses antes habían asesinado a Calvo Sotelo, asaltaron el Banco de España que estaba entonces donde ahora, en la madrileña plaza de Cibeles. 

Los enviaba el ministro de Hacienda, miembro del PSOE, Juan Negrín. 

El gobierno lo presidía Francisco Largo Caballero, también del PSOE. 

Arramplaron con la que era la cuarta reserva de oro del planeta. 

El cajero mayor se suicidó de un disparo en su despacho, abrumado por semejante expolio. El presidente de la República, Manuel Azaña, no fue informado y tampoco las Cortes, lo que demuestra que aquello no fue una operación de Estado sino un atraco. 

El 25 de octubre, los buques soviéticos Kine, Kursk, Neva y Volgoles zarparon de Cartagena con el oro, cientos y cientos de toneladas, una de las cuatro mayores reservas mundiales de oro, rumbo a Odesa, donde el asesino Stalin se quedó con todo para siempre. 

Posteriormente a ese robe le siguió el saqueo de las cajas de seguridad de los bancos de Madrid y de las joyas depositadas por el pueblo en la casas e empeño. 

Hasta hoy nadie ha pedido perdón por aquel robo miserable. 

Hoy España está gobernada por el mismo partido que perpetró aquel gigantesco atraco y ese gobierno prepara una nueva ley de memoria histórica que pretende condenar con más intensidad todavía el Franquismo, sin que el texto aluda a ninguno de los crímenes cometidos por las izquierdas, que van desde secuestros a torturas, robos, violaciones y asesinatos. 

(Encontrado en Internet y retocado en Voto en Blanco) 

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