viernes, 13 de enero de 2023

Los talibanes iconoclastas de Euskaltzaindia - Pedro Chacón

 

Los talibanes iconoclastas de Euskaltzaindia

Voy a comenzar aquí el relato de la destrucción del patrimonio toponímico y onomástico que ha tenido lugar en el País Vasco desde 1978 hasta hoy, llevado a cabo por el nacionalismo, y en su nombre por la Real Academia de la Lengua Vasca, que es como se llama Euskaltzaindia. Y lo comparo con la destrucción de templos y esculturas que emprendieron los talibanes desde el poder en ciudades milenarias y patrimonio de la humanidad como Palmira, Nínive o Tombuctú que vieron demoler, dinamitar, bombardear e incluso tirotear monumentos y esculturas contrarios a la ley islámica. Alguno me podrá decir que cómo puedo comparar el daño o la desaparición que infligieron los talibanes sobre el patrimonio histórico universal del Oriente Medio con lo que ha hecho con los topónimos una institución tan pacífica como Euskaltzaindia. Pero yo estoy comparando exclusivamente los comportamientos hacia el patrimonio (que en el caso que nos ocupa podemos denominar inmaterial, por tratarse de una relación intrínseca que existe entre apellidos y topónimos) y que desde ese punto de vista sí es equiparable con lo ejecutado por los talibanes sobre el patrimonio material, arquitectónico y religioso, por lo que tienen ambos de borrado de una tradición histórica que conlleva una pérdida irreparable de identidad y de memoria. Aunque, puestos a decirlo todo, aquí, en el País Vasco, por las mismas ideas que impulsaron a los miembros de Euskaltzaindia y al nacionalismo en general a cambiar los letreros y los nombres de ciudades, ríos, montes y valles, y durante el mismo periodo, además, en el que se llevaron a cabo dichos cambios, otros, que pensaban parecido en cuanto a la política, la lengua y la identidad del pueblo vasco, y ante la pasividad, cuando no la complicidad, de una mayoría, implantaron un terror que facilitó y allanó esos cambios. Sin el terror producido por ETA, que mató sin piedad a policías, guardias civiles, militares, concejales, periodistas, taxistas, empleados y, en definitiva, a todo aquel que, según ellos, representara a España en el País Vasco y Navarra, no se entiende que desde una institución como Euskaltzaindia se cambiara a voluntad (y en ocasiones a capricho) y sin contestación de ningún tipo, toda la toponimia con la que, durante siglos, se han denominado aquí municipios, provincias y todo lo denominable, y que estaba íntimamente conectada con los apellidos de sus naturales, residentes tanto aquí como en el resto de España.

Aquí, con la excusa de la “normalización lingüística”, se han llevado a cabo cambios en los nombres de los pueblos con una alegría, una inconsciencia y una irresponsabilidad asombrosas. Porque un cambio en un nombre de un pueblo implica muchas cosas. No se trata de que, bueno, como a partir de ahora le vamos a llamar todos oficialmente así, pues cambiamos todos los papeles oficiales con el nuevo nombre, los letreros indicadores y lo que aparece en la página web y asunto concluido. Nadie parece que ha reparado en que ese nombre, que se considera ajeno a lo vasco, por no ir en grafía eusquérica o por haber sido creado por alguien a quien no se considera de aquí y que por eso se cambia, implica una historia de siglos que afecta directamente a la onomástica con la que está relacionada íntimamente la toponimia. Si esto no es destrucción pura y dura de patrimonio, de tradición, de historia y de identidad, ya me dirán cómo se puede denominar.

Porque aquí ha habido cambios en cuanto a la grafía de los topónimos, que se han repuesto en eusquera siempre que se ha podido y aun cuando no se ha podido, forzando hasta límites inauditos la transformación. De Vizcaya, los únicos que se han salvado, entre los nombres de municipios, aunque sea porque no tenían ni siquiera una pobre tilde que quitar, han sido solo 25 nombres, del total de 112 municipios que hay en la provincia, o sea, menos de una cuarta parte. Entre ellos citamos unos cuantos: Arrigorriaga, Basauri, Bermeo, Lanestosa, Mañaria, Portugalete, Sestao, Sopuerta, Zalla y Zamudio. Todos esos pueblos se llamaban igual en la época franquista. Si los pudieran haber cambiado, seguro que lo hubieran hecho. Pero no pudieron. No hubo forma. Eran y son nombres perfectamente autóctonos, tan vascos como españoles, imposibles de cambiar. De los 88 municipios que hay en Guipúzcoa, se han mantenido sin cambios solo 26: por ejemplo, Azpeitia, Hernani, Lezo, Orio, Tolosa, Segura y Urnieta. En el caso de Álava – paradójicamente, por tratarse de la provincia menos euscaldunizada–, de sus 51 municipios (no vamos a contar los 417 núcleos de población), solo 9 se han mantenido con el nombre que tenían antes de la llamada operación de normalización lingüística emprendida en esa provincia por Euskaltzaindia junto con el nacionalismo dominante en sus instituciones. Los municipios cuyo nombre ha sobrevivido intacto son Amurrio, Armiñón, Barrundia, Berantevilla, Bernedo, Leza, Navaridas, Samaniego y Zambrana. Todos los demás o han cambiado o han visto añadido otro nombre oficial al original.

Esta operación de liquidación de los nombres tradicionales ha traído como consecuencia mayor dejar privados a los apellidos que se originaron de esos topónimos de su referente histórico original. Porque no me refiero solo a la grafía eusquérica que se ha impuesto a los topónimos históricos en grafía castellana, que también los ha alejado de sus apellidos correspondientes (salvo que los portadores de los mismos se los hayan cambiado, cosa que ha ocurrido en muy pequeña proporción como veremos). Lo peor de todo se ha dado con el cambio radical del topónimo original, que ha significado la amputación histórica de la relación entre los apellidos y sus topónimos correspondientes. Por lo tanto, no se trata, como decíamos, de un simple cambio de nombre y ya está. Estamos hablando de algo mucho más trascendente que consiste en la alteración sustancial, por vía de los topónimos y de sus apellidos correspondientes, del núcleo denominador que conforma la esencia histórica misma del patrimonio cultural de un país, a consecuencia de lo cual muchos apellidos españoles se quedan sin sus referentes toponímicos originales.

Veámoslo con ejemplos, empezando por Vizcaya. Para empezar, digamos que el Nomenclátor de apellidos vascos de Euskaltzaindia apenas tiene en cuenta a los apellidos que son a la vez nombres de municipios. La inmensa mayoría de los que vamos a ver a continuación no aparecen en dicho Nomenclátor, lo cual es una forma de ignorar o de disimular la desconexión entre los topónimos y sus apellidos que estamos denunciando aquí, al suprimir o alterar los primeros. Euskaltzaindia hace aquí como si no se enterara de lo que está pasando y que ella misma ha causado, autorizando e incluso proponiendo los cambios en la toponimia.

En cuanto a los topónimos que se han alterado solo en su grafía. Tenemos los siguientes casos:

El municipio de Alonsótegui pasa a ser Alonsotegi. El apellido Alonsótegui tiene 23 portadores de primer apellido y 9 de segundo, la mayoría de ellos residentes en Cantabria. Alonsotegi, en cambio, como era de suponer, no tiene portadores.

Arcentales pasa a ser Artzentales. Arcentales tiene 160 portadores de primer apellido y 130 de segundo, que viven en 6 provincias españolas. Ninguno en el País Vasco y solo unos pocos en Navarra. Donde más apellidados Arcentales hay es en Barcelona, seguido de Madrid. Personas apellidadas Artzentales, en cambio, como era de suponer, no hay.

Arrancudiaga pasa a ser Arrankudiaga. Arrancudiaga tiene 30 personas apellidadas así de primero y 22 de segundo, repartidos a mitades entre Guipúzcoa y Madrid. Arrankudiaga, en cambio, como era de prever, no existe como apellido.

Baracaldo tiene 45 personas apellidadas así de primer apellido y 59 de segundo, de las que solo hay unas pocas viviendo en Vizcaya. El resto viven, por este orden, en Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria y Madrid. Barakaldo, como era de prever, no tiene a nadie que se apellide así.

Frúniz tiene 23 apellidados así de primero y31 de segundo, todos en Vizcaya. Pero el topónimo que han puesto en grafía eusquérica, Fruiz, como es obvio, no tiene ninguna persona apellidada así.

Galdácano tiene unos pocos portadores en Vizcaya. Galdakao, que es la forma oficial, no tiene nadie con ese apellido.

Lo del apellido Garay es paradigmático en este sentido. Es el nombre de un municipio de Vizcaya (bueno, era, porque ahora se llama oficialmente Garai). Pero como apellido, Garay tiene 5007 portadores de primero y 5013 de segundo en toda España, algo que lo sitúa como uno de los 300 apellidos eusquéricos que rebasan los 1000 portadores. Hay personas apellidadas Garay en todas las provincias españolas menos en 6. En País Vasco y Navarra hay algo menos de 2000 en total, tanto de primer apellido como de segundo, la mayoría en Vizcaya. La forma eusquérica, Garai, como apellido se la han puesto unas 500 personas de primer apellido y algo menos de segundo, la mayoría, como era de prever, en Vizcaya, seguida de Guipúzcoa, Alava y Navarra y alguno hay también en Madrid. El caso es que solo un 10% de los apellidados Garay se ha cambiado a la forma eusquérica Garai. El resto de los apellidados Garay, o sea, la inmensa mayoría de los portadores de este apellido, se han quedado sin su referente toponímico, que ha pasado a denominarse solo Garai.

Con el topónimo Gatica pasa una cosa muy curiosa. Como apelllido tiene 373 portadores de primer apellido y 382 de segundo en toda España. Pues bien, ninguno de ellos reside en las provincias vascas o en Navarra, sino en otras 13 provincias españolas, donde más con diferencia en Cádiz. Y por supuesto, como era de prever, la forma eusquérica que le han puesto, Gatika, no tiene portadores.

Gordejuela tiene 210 portadores de primer apellido y 219 de segundo en toda España, donde más en Burgos, seguido de las provincias vascas y Navarra. También está presente en otras 9 provincias españolas. Gordexola, que es la forma eusquérica del topónimo, naturalmente no existe como apellido puesto que, según creemos, fue una invención pura y dura de Sabino Arana, quien así denominó una de las cuatro batallas de su libro “Bizkaya por su independencia”, que correspondía a Gordejuela. Y por eso se denominó Gordexola uno de los batallones de gudaris de la Guerra Civil.

Hay 59 personas apellidadas Lejona de primer apellido y 50 de segundo, casi todas en Vizcaya. Pues bien, Leioa, que es el topónimo oficial en eusquera, no hay nadie que se apellide así.

Con el apellido Munguía hay 1208 portadores de primer apellido y 1229 de segundo. De los cuales en País Vasco y Navarra residen 147 de primero y 145 de segundo. La gran mayoría, por tanto, residen en el resto de España, repartidos en 29 provincias, en la que más con diferencia en Las Palmas de Gran Canaria, seguida de Madrid y Barcelona. Apellidados Mungia, en cambio, que es el nombre oficial actual del municipio, solo hay 29 personas con ese primer apellido y 19 de segundo, repartidas entre Guipúzcoa y Vizcaya por este orden.

Finalmente, en este apartado, el caso de Abadiano sí que tiene su guasa. Abadiano pasa a ser Abadiño en la grafía oficial actual. El apellido Abadiano tiene 355 portadores de primer apellido y 279 de segundo, repartidos en 7 provincias españolas, donde más en Navarra pero también los hay y muchos en Barcelona, Zaragoza, Huesca, La Rioja y Soria. De las provincias vascas solo está en Vizcaya. En cambio, Abadiño sí que existe también y en estos casos siempre en mucho menor número que el anterior. Pero en esta ocasión, además, se da la paradoja de que, aunque solo tiene 10 portadores de segundo apellido, resulta que 5 de ellos viven en Madrid. Por lo que, en este caso, la cadena histórica que une a los apellidos con sus topónimos no solo no han conseguido romperla, sino que más bien lo que han revelado es la existencia de personas apellidadas Abadiño (esto es, como los nacionalistas consideran que se debe redenominar ese municipio) nada menos que en la capital de España.

Pero ya si vamos a los topónimos que no solo es que se hayan puesto en grafía eusquérica sino que se han cambiado completamente por otros supuestamente más vascos, el destrozo ha sido completo. Veamos, si no, un par de ejemplos sin salirnos de Vizcaya:

Tenemos el caso de Pedernales, con 15 personas apellidadas así de primero y 10 de segundo, todas residentes en Vizcaya. El topónimo que le pusieron en eusquérico, por aquello de ser el municipio donde está enterrado Sabino Arana, tenía que romper por completo con el anterior y es, en efecto, Sukarrieta. Lógicamente no hay nadie apellidado así.

Y tenemos el caso de Villaro, villa histórica vizcaína, cuyo apellido tiene 378 portadores de primero y 349 de segundo, repartidos por 12 provincias españolas, donde más con diferencia en Barcelona, seguida de Lérida y La Rioja. En las provincias vascas y Navarra tiene en total 33 portadores de primero y 29 de segundo. A Villaro le han redenominado Areatza, que como era de esperar no tiene a nadie que se apellide así, por ser algo completamente nuevo e impuesto.

Y si nos vamos a la provincia de Guipúzcoa y dividimos los topónimos como en el capítulo anterior en el que tratábamos de Vizcaya, esto es, entre los que solo han puesto grafía eusquérica al nombre preexistente y los que lo han cambiado completamente, en ambos casos con la consiguiente ruptura de la conexión tradicional entre topónimo y apellido, nos encontramos con los siguientes ejemplos:

Lazcano es un apellido importante, dentro de las dimensiones de los apellidos vascos. Lo portan 1788 personas de primero y 1882 de segundo. Se extiende por 36 provincias españolas, siendo las vascas y Navarra las que se llevan la mayoría, con 1031 y 1079 de primero y segundo respectivamente. El caso es que el topónimo actual, Lazkao, no lo porta nadie.

Motrico lo portan 28 de primer apellido y 38 de segundo, algunas de ellas residentes en Cádiz, aunque la mayoría en Vizcaya y Guipúzcoa. El apellido Mutriku, que es el topónimo oficial ahora, no lo porta nadie.

Oñate es otro apellido histórico y, por lo tanto, extenso, con 2708 portadores de primero y 2681 de segundo, presente en 43 provincias españolas. En el País Vasco y Navarra tiene 373 portadores de primer apellido y 345 de segundo. Donde más presente está es, por este orden, en Madrid, Cádiz, Barcelona, Vizcaya, Murcia, Valencia y Sevilla. En cambio, el topónimo oficial hoy, Oñati, no tiene portadores, rompe la tradición, se queda como una isla desierta en la conexión histórica entre topónimos y apellidos.

Rentería tiene 1136 portadores de primer apellido y 1053 de segundo, que están repartido en 35 provincias españolas. En las provincias vascas y Navarra tiene 386 de primer apellido y 323 de segundo. Donde más en Vizcaya, pero no obstante, hay muchos más fuera de País Vasco y Navarra, o sea en el resto de España. El caso es que Errenteria, que es la forma eusquérica oficial que le han puesto al municipio, rompe por completo la relación topónimo-apellido y, como era de prever, no tiene nadie que se apellide así. Ni siquiera el actual lendacari Urkullu, que se apellida Rentería de segundo, ha dado ejemplo cambiándoselo. Pero el nombre del municipio sí que lo han cambiado.

El municipio de Legazpi, apellido histórico del fundador de Manila, se ha sustituido por Legazpia. Las consecuencias son obvias. El apellido Legazpi lo portan 251 personas de primero y 279 de segundo, repartidas por 10 provincias españolas, donde más con diferencia en Madrid seguido de Asturias. En las provincias vascas solo está en Vizcaya, con 16 y 13 portadores respectivamente. En Navarra no está tampoco. En cambio, Legazpia, el nombre actual, solo lo portan como apellido 24 y 12 personas de primero y segundo respectivamente, la mayoría en Álava y algunas en Guipúzcoa.

Y en cuanto a cambios drásticos, tenemos el ejemplo de Salinas de Léniz, que desde tiempos inmemoriales se llamaba así, en concreto la primera referencia que nos da la propia Euskaltzaindia es del año 947 nada menos, y así se mantiene sin interrupción durante seis siglos hasta la obra de Isasti (Compendio historial de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa) que es del año 1625, y donde junto a Salinas aparece Gatzaga por primera vez. La denominación actual es Leintz Gatzaga, que es la traducción al eusquera de los términos originales con los que desde siempre se denominaba la localidad. Aquí no se puede recurrir, por tanto, al argumento de la antigüedad de la denominación, como se ha hecho por ejemplo con un par de casos que veremos luego, como los de Vitoria/Gasteiz o Salvatierra/Agurain. Aquí la razón es única y exclusivamente lingüística y ejecutada en la actualidad por preferencia puramente ideológica.

De Álava ya dijimos al principio de este tema que vamos a considerar solo la redenominación de sus municipios, que son 51 y de los que solo 9 se salvaron de ser alterados. De sus más de cuatrocientos concejos no vamos a ocuparnos por ahora. Para Álava el cambio de Salvatierra por Agurain es justificado por investigadores del prestigio de José María Jimeno Jurio, que decía que así era como se llamaba Salvatierra antes de la fundación de la villa por Alfonso X el Sabino en 1256 y así era como quedó en la tradición de sus habitantes. José María Jimeno Jurio por argumentaciones como esta, entre otras, es por lo que luego recibiría el premio Sabino Arana de manos del PNV en 1997. Hoy el pueblo tiene las dos denominaciones oficiales. El mismo caso es el de Mondragón con Arrasate, por ejemplo.

Con Vitoria/Gasteiz pasa lo mismo. Gasteiz era un pequeño poblado, parece ser, situado donde luego se empezó a expandir la ciudad de Vitoria a raíz de su fundación en 1181 por Alfonso X el Sabio. Decir ocho siglos después que el nombre de Vitoria fue una imposición o que el auténtico nombre de la ciudad es el de un minúsculo poblado que, de no ser por la fundación del rey sabio habría permanecido en el más absoluto anonimato, no tiene ni pies ni cabeza, pero así es como va la cosa. De hecho, Gasteiz ni siquiera siguió usándose después por los hablantes, ni siquiera por los eusquéricos, por lo que no se mantuvo en la tradición de los moradores del municipio, como dice Jimeno Jurio que pasó con Agurain, Arrasate y otros.

Alegría de Álava ha pasado a ser Alegría-Dulantzi, siendo Dulantzi un término de clara ascendencia latina, solo que eusquerizado luego con la fórmula –tz-, de la que ya hablamos en esta serie en “El síndrome del averchale sobrado”.

Con Aramayona la influencia de Euskaltzaindia y del nacionalismo vasco está consiguiendo el efecto de que los apellidados así vayan pasando poco a poco a apellidarse Aramaio, que es el nombre oficial del municipio en eusquera. Esto solo puede ocurrir con apellidos con muy pocos portadores, que son la mayoría de los eusquéricos, que no pasan de 100 portadores en muchos casos. Y a ello se suma la influencia del entorno sociolingüístico, que es muy notable en Aramayona, al ser el único municipio alavés incluido en la asociación de municipios eusqueroparlantes (UEMA) y eso tiene influencia decisiva en el caso. De hecho, las personas apellidadas Aramayona son 31 con primer apellido y 49 con segundo, la mayor parte de ellas residentes fuera del País Vasco y Navarra, concretamente en Madrid, Valladolid y Zaragoza. Obsérvese la diferencia de número entre primero y segundo apellido, por el efecto de que son los primeros apellidos los que tienden a eusquerizarse, por ser más visibles. Las personas apellidadas Aramaio son 44 de primer apellido y 43 de segundo, la mayoría residentes en Vizcaya y alguna en Guipúzcoa, pero curiosamente ninguna en Álava, que es donde está el municipio.

Arceniega tiene 17 y 16 portadores de primer y segundo apellido respectivamente, residentes en Vizcaya y Álava. Artziniega, que es el nombre oficial del municipio en eusquera, no tiene portadores, como era previsible.

Lo de Ayala es más escandaloso si cabe. Un topónimo que corresponde a un apellido eusquérico de los grandes, puesto que lo portan 17.000 personas como primer apellido y otras tantas, en números redondos, como segundo. Que está presente en todas las provincias españolas menos en Palencia. Y que ha sido sustituido como nombre oficial eusquérico por Aiara, que, como cabía esperar, no tiene a nadie apellidado así, al carecer de trayectoria histórica.

Baños de Ebro es Mañueta en eusquera. Mañueta es un neotopónimo, o sea, un invento. Había que ponerle un nombre en eusquera a la localidad como fuera, había que rebautizarla. Y este es el nombre que eligieron para hacerlo. Ni más ni menos.

El nombre del municipio de Lanciego también funciona como apellido. Al ponerle Lantziego en eusquera, le han amputado esa conexión. No está recogido tampoco en el Nomenclátor de Euskaltzaindia, como la gran mayoría de los topónimos vascos que también funcionan como apellidos y que estamos relacionando aquí. Lanciego lo portan 115 personas de primer apellido y 106 de segundo, de las cuales la mitad, más o menos, residen en Navarra y el resto, por este orden, en Madrid, Guipúzcoa, Zaragoza, Ávila y Valencia. En Álava y Vizcaya no hay (o al menos no llegan a 5 los portadores en cada una de ellas).

El municipio de Oquendo lo han desfigurado conviertiéndolo en Okondo, cuando Oquendo tiene una prosapia histórica importante, por dar nombre al famoso marino Antonio de Oquendo y Zandategui (San Sebastián, 1577 – La Coruña, 1640). Su padre, Miguel de Oquendo, también fue capitán general de la Armada real de Guipúzcoa. El apellido Oquendo lo portan 419 personas de primero y 475 de segundo, que residen en 22 provincias españolas, donde más en Madrid, seguida de Barcelona, Valencia y Murcia. En País Vasco y Navarra solo hay en total 15 personas apellidadas Oquendo de primero y 23 de segundo.

Al municipio de Villabuena de Álava le han endosado como denominación en eusquera un término tan absurdo como Eskuernaga, que hasta suena mal. Recomiendo la lectura del artículo de mi colega y amigo Xabier Zabaltza, en El Correo de 7 de junio de 2011 titulado “Esquizoglosia”, que aplicado al caso vasco viene a significar “la presunción de que el euskara es algo intrínsecamente opuesto al castellano. Tal principio se deja sentir tal vez más que en otros ámbitos en la toponimia, especialmente en la de las zonas de Vasconia donde no se habla vascuence desde hace siglos. Cuando un pueblo no tiene en euskara un nombre distinto al castellano, hay que inventárselo”. En ese artículo, además de referirse a otros casos parecidos, se cita Eskuernaga también, ocurrencia que para el autor es un “puro dislate.” En realidad, Xabier Zabaltza del caso que más habla en “Esquizoglosia” es del de Biasteri, término eusquérico disputado por los municipios de Laguardia y Lanciego, hasta que al final el primero ha acabado llamándose Guardia en eusquera mientras que Biasteri sirve para denominar en eusquera a la pedanía de Viñaspre, en Lanciego.

El caso de Villarreal de Álava consiste en que no contentos con ponerle Legutiano, que es el antiquísimo nombre del municipio, previo a su fundación como villa en 1333 y que ni siquiera tiene origen eusquérico, al parecer, sino más bien latino, al cabo de treinta años lo cambiaron por Legutio, que les parecía más eusquérico todavía. Ni que decir tiene que ni Legutiano, ni mucho menos Legutio, existen como apellidos.

Y de momento lo voy a dejar aquí, porque en este tema de los topónimos vascos se han hecho tantas barrabasadas que casi es mejor ir tomándoselo poco a poco, sin olvidarlo nunca, eso sí, para no darles a los causantes de semejante atropello histórico y cultural ni un momento de tregua: no se lo merecerían en ningún caso, por ignorantes y por irresponsables. 


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