lunes, 14 de octubre de 2019

Nazismo y comunismo: las verdaderas cifras del terror tras la histórica condena de la UE

El 19 de septiembre, el Parlamento europeo igualó oficialmente los «asesinatos en masa, genocidios y deportaciones de ambos regímenes» durante el siglo XX


El resultado fue aplastante: 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones. El pasado 19 de septiembre, la Unión Europea situó oficialmente al comunismo al mismo nivel que el nazismo, tras aprobar una resolución en la que se condenó que «ambos regímenes cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones, y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad».

Los europarlamentarios pedían, además, que todos los Estados miembros «hagan una evaluación clara y basada en los crímenes y actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi». A pesar de su trascendencia histórica, esta resolución ha pasado desapercibida para la gran mayoría de los medios de comunicación, lo que resulta curioso si tenemos en cuenta que dicha comparación ha sido un debate recurrente entre los historiadores más prestigiosos del mundo desde la caída de la URSS hace tres décadas.
En 1995, por ejemplo, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski llegó a la siguiente conclusión en su libro «El imperio» (Anagrama): «Si podemos establecer la comparación, el poder destructor de Stalin fue mucho mayor. La destrucción realizada por Hitler no duró más de seis años, mientras que Stalin empezó su terror en los años veinte y llegó hasta 1953. Su poder se mantuvo 30 años y la maquinaria de terror se prolongó mucho más. No es que Hitler fuese mejor, pero no tuvo tanto tiempo». No hay que olvidar que a Lenin ya se le responsabiliza antes de tres millones de muertes desde que tomó el poder en 1917 hasta su salida en 1924, sin incluir las registradas en la guerra civil.


«Libro negro del comunismo»

El debate alcanzó su punto álgido en 1997, con la publicación del «Libro negro del comunismo» a raíz del 80 aniversario de la Revolución de Octubre. Fue redactado por un grupo de historiadores bajo la dirección del investigador francés Stéphane Courtois, que se esforzó por hacer un balance preciso y documentado del verdadero coste humano del comunismo. Se apoyó en la información desclasificada de los archivos de Moscú y estableció un cómputo final sobrecogedor: cien millones de muertos, cuatro veces más que la cifra atribuida por estos mismos autores al nacionalsocialismo de Hitler.
El balance no fue una revelación, a pesar de todo. Numerosos investigadores ya se habían interesado en los años previos por los gulag, las hambrunas provocadas por Stalin en Ucrania y las deportaciones masivas de los disidentes del régimen soviético. En 1989, el politólogo Zbigniew Brzezinski ya había establecido los muertos del régimen soviético en 50 millones, en su obra «El gran fracaso: nacimiento y muerte del comunismo en el siglo XX». Robert Conquest, cuyos trabajos sobre la Unión Soviética le convirtieron en una autoridad, estimó 40 millones de víctimas, sin contar a los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial. En 1987, Rudolph Rummel, de la Universidad de Hawai, dijo que la URSS había matado a 61,9 millones de personas entre 1917 y 1987. Mientras que el historiador ruso y premio Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn, en el segundo volumen de su «Archipiélago Gulag», de 1973, cifró el número de víctimas de la represión en 88 millones.
La idea de que se pueda comparar a ambos regímenes ha sido siempre rechazada con indignación por los comunistas. De hecho, incluso el grupo socialista europeo –en el que se encuadra el PSOE– presentó una propuesta distinta a la resolución finalmente aprobada, en la que se evitaba mencionar al comunismo y los crímenes cometidos en su nombre en la condena. Es probable que los nazis también hubieran rechazado con igual indignación esta declaración pública, pero no hay que olvidar que esta equiparación ya fue establecida en la primera mitad del siglo XX por autores tan importantes y dispares como George OrwellSimone WeilMarcel MaussBernard Shaw, el Nobel de Literatura André Gide y socialistas rusos convencidos como Victor Serge. Hay muchos historiadores que, incluso, defienden que el nazismo no podría explicarse sin la existencia previa del comunismo.

Exterminio racial o político

Una de las diferencias más notables entre ambos es que que los gulag soviéticos se emplearon para castigar y eliminar a los disidentes políticos soviéticos, con el objetivo de transformar lo más rápido posible las estructuras socio-económicas del país e impulsar la colectivización y la industrialización. Los nazis, por su parte, emplearon sus campos de concentración para el exterminio de la raza judía, principalmente.
El balance más desolador de este último fue hecho público hace dos años por el Holocausto Memorial Museum de Washington, a través del proyecto «Enciclopedia de Campos y Guetos». El resultado fue un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos y factorías de trabajos forzados que provocaron entre 15 y 20 millones de muertos o internados. En su mayoría fueron judíos, pero también integrantes de otros grupos perseguidos por el nazismo, como los gitanos y los homosexuales. «Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos», aseguró el director del German Historical Institute de Washington, Hartmut Berghoff.
Sin embargo, el cómputo de la mayoría de estudios hechos desde 1945 era de seis millones. Ese mismo año, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York ya situó los muertos entre 5.659.600 y 5.673.100. Una cifra similar a la que fue revelada antes por William Höttl, antiguo miembro de las SS, que declaró que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en 1944.
A la luz de estas cifras, Courtois estableció otra diferencia importante que parece haber sido resarcida con la presente resolución. «Habría que reflexionar sobre el régimen que a partir de 1945 fue considerado como el más criminal del siglo y un régimen comunista que, hasta 1991, ha conservado toda su legitimidad internacional y que hoy está en el poder en varios países y mantiene adeptos en el mundo entero».

domingo, 13 de octubre de 2019

Cláusula de excepción - Fernando Sánchez Dragó

Héroe es quien se distingue por llevar a cabo una hazaña extraordinaria que además requiera valor. Eso dice la RAE. Héroes fueron, en su día, hombres de iglesia como Ambrosio de León, que excomulgó a Teodosio, el papa León Magno, que detuvo las pezuñas de los caballos de Atila, y Tomás Becket, que se subió a las barbas de Enrique II Plantagenet. Los tres supieron engallarse frente a los abusos del poder temporal. "Al rey, la hacienda y la vida / se ha de dar, pero el honor / es patrimonio del alma / y el alma sólo es de Dios", exclama el alcalde de Zalamea en la obra de Calderón. La cita vale para la prepotencia institucional e ideológica subyacente en la decisión de exhumar a Franco. Con los muertos, cualesquiera que sean las fechorías o las proezas, si las hubiere, de sus vidas, sucede algo similar: si son de alguien, son de Dios o de lo que por tal se entienda, y ninguna entidad política, civil ni castrense está moralmente autorizada a profanar sus tumbas. El Supremo se ha lucido. El Parlamento, también. Y la Iglesia del Papa siervo de Soros y del multiculturalismo, no digamos. Héroe es, en cambio, el padre Cantera, humanista, medievalista, especialista en la figura de san Bernardo -nadie menciona tales méritos- y prior de la comunidad que rige el colosal hipogeo de Cuelgamuros. Su decisión de plantar cara al Gobierno, a buena parte de la opinión pública y a la más alta institución del país no es baladí, sino sustancial, pues lo que se ventila en ella es nada menos que el respeto a lo sagrado por parte de lo profano y la libertad de cultos y, por lo tanto, de opinión teóricamente garantizada por quienes tanto presumen de ella. Dicho sea de otra forma: dese al César lo que es del César y reconózcase el derecho de la Iglesia -la de siempre, no la de Francisco- a invocar su independencia respecto al poder temporal. Anatema sean quienes irrumpen con togas, cargos o uniformes en el interior de un templo para instalar en él puestos de venta de palomas. Hay que ser muy miserable para buscar votos en el ámbito de la fe. Ningún robo peor que el perpetrado a costa del cepillo de las iglesias. No es cuestión de ser franquista ni antifranquista, sino de ética y honradez. Diría lo mismo que digo si en vez de Franco se exhumase por las bravas al cabrón del Che. Terminará esta pugna como termine, pero su firmeza, padre Cantera, nos dignifica a todos. La sangre del Papa Luna corre por sus venas.

martes, 8 de octubre de 2019

María Elvira Roca Barea: «Puesto en modo resistencia, el español es invencible»

María Elvira Roca Barea (El Borge, Málaga, 1966) ha logrado desmentir, según ella misma presume, ese refrán que dice que nadie es profeta en su tierra, sobre todo en España. Y no le falta razón. Tras haber convertido en best seller un libro ( «Imperiofobia») sobre el origen y las consecuencias de la leyenda negra, algo insólito en el mercado editorial español, poco dado a estrujarse las meninges históricas, acaba de ganar el premio Espasa con «Fracasología», obra en la que indaga en las causas de ese derrotismo tan nuestro, con un diagnóstico claro: andamos cortos de autoestima.
¿Por qué la historia de España se centra en el cultivo constante de la fracasología?
El concepto fracasología es de Manuel Lucena, yo se lo tomé prestado, porque me pareció muy atinado cuando se lo escuché la primera vez. Las razones por las que sucede son largas y profundas, pero el primer paso hacia la adopción de esa visión negativa de la Historia de España es el siglo XVIII, cuando nuestras élites intelectuales y políticas se afrancesan y absorben la visión de España que se tiene en Francia.


De hecho, esa es la primera parte del libro.
Exactamente. Por otra parte, es casi irremediable que esto ocurriera así, porque el cambio de dinastía hizo que pasara a reinar en Madrid la mayor enemiga de los Habsburgo. Esa dinastía, que había hecho de todos los argumento de la leyenda negra su caballo de batalla, cuando llega a Madrid no se va a desdecir.
Teníamos al enemigo en casa.
Claro, por una conjunción astral. Entonces, las nuevas élites, cuando se produce un cambio, recogen aquello que es el discurso oficial de la época de Felipe V y Luis XIV.
Les conviene para seguir manteniéndose como élites.
Claro, es que si no te pliegas, te vas. Yo lo ejemplifico siempre en Oropesa, que desaparece de repente, tras haber sido uno de los personajes más importantes del reino.
Es cierto que no todas las élites sostuvieron y alentaron ese discurso negativo, pero no es menos cierto que apenas se hicieron oír. ¿Por qué no se les escuchó? ¿Fueron silenciados?
En una primera etapa, hay un silenciamiento. Y luego hay miedo. Hay un poder nuevo que se ha impuesto a partir de una guerra y es evidente que el que gana impone su criterio y elimina todos los focos de resistencia. Si te pliegas, no prosperas o te condenas a ser un ostracista invisible. Luego, continúa porque conecta con el discurso triunfante en Europa: es lo que dicen los franceses, con lo cual tiene todo ese prestigio de lo europeo que en ese momento para España ya es crucial, es una prioridad que nuestro discurso coincida con el que haya al otro lado de los Pirineos, si no estamos perdidos y equivocados. Es el discurso ganador, aquel que siempre encuentra eco, y es relativamente fácil sumarse a él. Hay un montón de razones que explican por qué Goytisolo y Ferlosio tienen el Cervantes.
¿Y quiénes deberían tenerlo que no lo tienen?
Lo que quiero decir es que claramente el fracasológico ha sido un discurso prestigioso, premiado.
El discurso «noventayochista».
Claro, de la horrible España, mala, inquisitorial, casticista, con pecado original…
Y lo que usted sostiene es que las élites que se han atrevido a contradecir ese discurso no han sido recompensadas.
Han permanecido en segunda fila, no son tan importantes, ni adquieren la relevancia interna y externa que si tú te apuntas al discurso general. Esa es la tecla, y si la tocas, repercute, funciona y tiene éxito.
El diagnóstico es claro: los españoles tenemos un problema de autoestima.
Sí, desde hace ya muchísimo tiempo, desde los tiempos del cuplé, no cuestionando determinadas afirmaciones. Por ejemplo, Paul Preston sostiene que España no ha llegado a la modernidad. ¿Perdón? No me he leído su libro, pero niego la mayor. España ha tenido sus problemas, pero ha llegado a la modernidad. Decir eso es una barbaridad como un castillo.
¿Y por qué nos gusta tanto ese placer de la derrota?
No, lo que gusta es que te conviertes en un ser mejor que tu país, Y eso produce satisfacción. Unamuno, con el discurso del casticismo y la denuncia de esa España… Tú te sitúas fuera de tu país, no eres tu país, eres mucho mejor.
¿Pero qué ganas siendo mejor que tu país?
Gigantescas cantidades de autosatisfacción, y que te hacen muchísimo caso.
Fuera, quiere decir.
Y como te hacen caso fuera, te lo hacen dentro.
Bueno, el refranero español, que es muy sabio, dice aquello de que nadie es profeta en su tierra.
Yo lo he desmentido (ríe). Todos sabemos que cuando los españoles triunfan fuera, luego ya les hacen un caso enorme dentro. Es un fenómeno relativamente frecuente, ha pasado con autores del Siglo de Oro, nuestro Cervantes no se murió porque los ingleses lo adoraron.
¿Tenemos cura?
Yo creo que sí, porque el país, arrastrando este problema de mucho tiempo tiene una capacidad de resistencia formidable, mayor que ningún otro país de Europa. España es un país que, como lleva ya mucho tiempo de aprendizaje casi intuitivo, porque a las élites se les va la cabeza, les falla, ha aprendido a no confiar, y tiene una capacidad de autoestructuración y autoorganización extraordinaria.
Somos unos supervivientes.
Pues sí, es un país muy superviviente. Puesto en modo resistencia, el español es invencible. Viendo esa trayectoria, de élites dirigentes y de pensamiento, lo que ves es para morirse, y sin embargo el país no se muere. Lo que sostiene esto por abajo es una clase media fenomenal, cuerpos profesionales fantásticos.
La Administración Pública, tan vilipendiada.
Ese cuerpo de funcionarios de oposición que ha sido siempre el refugio de los que no tienen padrino que les bendiga por ningún lado. Nuestra clase política se ha ocupado de erosionar cuanto ha podido el prestigio de la función pública.
¿Por qué?
Bueno, ahora mismo porque la función pública es lo que separa el caos del Derecho en la Administración española. Si no hubiera un cuerpo de funcionarios resistiendo toda barbaridad que se le haya podido ocurrir al último cargo que tiene por encima… Es un cuerpo de resistencia formidable.
Fíjese que una de las cosas que a mí más me preocupa es cómo la hispanofobia campa a sus anchas por Hispanoamérica.
Y ha ido a menos. Es el argumentario perfecto para toda la clase política que ha gestionado catastróficamente sus países. No tienes que hacer nada más, como ha hecho López Obrador. Qué malamente tengo el paro, qué malamente tengo la inflación… A ver, una causa: los españoles, que son muy malos.
Es cierto lo que dice, pero algo podría haber hecho España para que eso no pasara.
Era difícil. En la última parte del siglo XVIII y en el XIX, América no le ha interesado a España nada. Y nada es nada. Nadie escribe sobre América.
Pero, ¿por qué?
Un imperio de esas características, con un mar en medio tan grande, tan enorme, era un esfuerzo gigantesco.
Pero con una gran recompensa.
No tanta, España no era más rica. A la hora de la verdad, había ido creciendo la idea de ¿qué sacamos nosotros de esto? El interés rebrota por el asunto de Cuba, pero sobre todo porque es una guerra con los Estados Unidos de América. Termina lo de Cuba y el intento de Rafael Altamira es prácticamente el primero de restablecer el concepto de hispanidad. Pero también él fue acusado de ser un españolista imperialista.
Si nos trasladamos a la actualidad, yo lo que percibo en nuestras clases dirigentes es una tremenda irresponsabilidad: cuatro elecciones en cuatro años. Hablando de fracaso, ellos sí que han fracasado.
Hay que distinguir entre aquellos problemas que España puede tener particularmente y los que tienen que ver con el gran contexto europeo. Toda la clase política europea ha ido degenerando de una manera alarmante, cada país te da más vergüenza que el anterior. Aquí falta análisis en profundidad que intente comprender lo que yo llamo la crisis del estado menguante: ¿por qué los Estados en Europa occidental están sufriendo este deterioro? Las democracias occidentales se nos están pudriendo y no sabemos adónde acudir, porque falta análisis, pensamiento de altura.
Pero ese pensamiento crítico también se le debería exigir a los políticos, no sólo a nuestros intelectuales o historiadores.
Cuando las democracias se deterioran, lo contaminan todo, porque son un sistema político que depende mucho de la virtud cívica, de que haya una clase social muy convencida y concienciada de que es necesario el respeto al adversario, los buenos modos, las formas. Toda ella depende de su prestigio y en el momento en que lo empiezan a perder, aparecen los que cuestionan al sistema en sí, como los populismos…
Nos crecen los enanos, vamos.
Nos crecen los enanos, porque como la democracia depende tanto de la virtud cívica, en el momento en que esta se ve cuestionada, se viene abajo. La balcanización en Europa ahora mismo es un problemón de narices, ya reviente por la vía de los populismos identitarios o por donde reviente. El hecho es que lo que se está poniendo en cuestión es la democracia, y el sistema democrático no se está defendiendo, se está desprestigiando a sí mismo más y más, a base de corrupción, a base de prácticas políticas que a lo mejor no están prohibidas pero todos sabemos que son inmorales y cuestionan la idea de la democracia misma.
¿Como por ejemplo?
Pues consiguiendo Gobiernos de formas que no son bonitas.
¿A qué se refiere?
Me refiero a muchas cosas… Ahora mismo estaba pensando en el Reino Unido, en lo que ha ocurrido allí en las últimas semanas. Prohibido no estará, pero está feo de narices. La letra de la ley no la habrá violentado Boris Johnson, pero todo el mundo ha sentido una violencia tremenda. El modo en que Pedro Sánchez llegó al poder la primera vez, legal es, pero a todos nos chirrió que eso no estaba bien.
Pero la moción de censura está contemplada en nuestra Constitución.
Sí, pero tal y como se planteó, en los detalles concretos de aquella moción… Era una moción de censura que tenía que ir a unas elecciones inmediatas… Legal es, pero hubo un modo de hacer las cosas que no era bonito. Hemos abusado un poco demasiado de llevar las leyes hasta el límite de lo tolerable. Todo el mundo está en su pequeño asuntillo, de a ver si me subo las encuestas un poquito para más, la camisa me la pongo verde o azul, porque me sienta mejor… La sensación ésta del Titanic... Aquí están pasando cosas muy gordas y el personal no se entera.
Para ir cerrando, ¿cómo cree que va celebrarse este año en Estados Unidos el 12 de octubre?
Es que ya prácticamente no hay celebración. Ese es otro mar de fondo. Trump fue la manifestación del primer ataque de pánico y la manera en la que están reaccionando frente al crecimiento demográfico del grupo hispano es verdaderamente alarmante.
Bien se podría decir eso de que la leyenda negra «no estaba muerta, que no, que estaba de parranda».
(Ríe) Eso me ha gustado muchísimo (ríe), estaba totalmente de parranda. Fíjese qué poquito ha hecho falta para que de repente surja por todas partes, estalle. Eso es que no estuvo nunca muerta, era una construcción cultural que sólo necesitaba que aparecieran algunas dificultades e iba a volver a surgir inmediatamente. En cuanto quieres excitar a las masas inglesas, hay dos mecanismos: la Invencible y Gibraltar. En qué estado de ánimo debe andar el mundo inglés ahora para que celebren la fiesta nacional al grito de «Ni una sola pulgada para España»… Ese mecanismo sigue estando ahí, y sigue funcionando.

Los 18 errores históricos de «Mientras dure la guerra», la película sobre Franco y Unamuno de Amenábar

Después del poco ruido que generó con «Regresión» hace casi cinco años, Alejandro Amenábar vuelve la vista a España, a su pasado reciente y a esa herida que todavía sigue abierta para intentar reconciliar a «hunos» y a «hotros», como diría Miguel de UnamunoAunque el director de «Mar adentro» ya explicó en una entrevista para ABC que con «Mientras dure la guerra» no pretende incomodar ni ofender y sí ser entendido por «la izquierda y la derecha», la imprecisión con la que aborda esta interpretación del ascenso al poder de Franco a través de los ojos del intelectual vasco, más allá de las licencias inherentes a cualquier ficción, vicia la historia e incurre en algunos errores claros y mitos recurrentes.

«El tiro de la plaza»

La película arranca en la Plaza Mayor de Salamanca, perfectamente reconstruida con los jardines que presidían el lugar a principios del siglo XX, cuando un grupo de militares sublevados emerge en el plano para anunciar el Estado de Guerra en la ciudad. «Mientras dure la guerra» termina esta primera secuencia con la insinuación de que un grupo de civiles armados iba a contraatacar en esa misma glorieta ante la llegada de los militares. Referencia clara a lo que se ha llamado «El tiro de la plaza», episodio en el que un grupo armado de militantes de las Juventudes Marxistas Unificadas respondió a la proclamación de ese 19 de julio con disparos. La respuesta de los militares fue abrir fuego indiscriminado matando a un sastre, a una chica de 14 años, un médico y así hasta siete personas en el acto y cinco más a consecuencias de las heridas.
La escena, sin embargo, incurre en algunos errores respecto a lo recogido por las crónicas. Los soldados que llegaron desde Valladolid estaban compuestos por un piquete de infantería y un escuadrón de caballería, entre ellos el militar encargado de leer el parte, que iba a caballo. La película prescinde de los corceles y de los cascos metálicos que llevaban los militares y pone en palabras del oficial al mando, el capitán Barros, el discurso: «Atención, hoy, 19 de junio de 1936, queda declarado el Estado de Guerra en Salamanca, y con ayuda de Dios, en toda España». Según los hispanistas Colette y Jean-Claude Rabaté, biógrafos de Miguel de Unamuno, el soldado habría terminado no con Dios, sino con un «¡Viva la República!», lo mismo que el general Queipo de Llano y otros sublevados en sus discursos, pues en ese momento se hablaba de un golpe para restablecer la legalidad, no para cambiar el sistema del Estado o imponer una dictadura militar. Aparte del hecho de que el oficial que lee la proclama afirma en el tráiler (luego corregido) «hoy, 19 de junio», en vez de 19 de julio.

Concejal del bando nacional

Amenábar prefiere no incidir en su obra en el cargo político que representó Miguel de Unamuno en la Salamanca tomada por los militares, no más allá de su papel de rector. Aunque no se menciona nada en la película, el pensador bilbaíno tomó parte en la constitución del primer Ayuntamiento de Salamanca de los sublevados, en el que participó como concejal. «Estoy aquí porque me considero un elemento de continuación, pues el pueblo me eligió concejal el 12 de abril, y porque el pueblo me trajo, aquí estoy, sirviendo a España por la República», justificó sobre su presencia allí.

La rojigualda monárquica

La ficción muestra al bando nacional cambiando la bandera republicana por la monárquica, la rojigualda, como algo improvisado cuando Franco tenía su cuartel establecido en Cáceres. En realidad, la elección de este símbolo no fue en la localidad extremeña ni fruto de la casualidad. En un acto celebrado el 15 de agosto en Sevilla, con objeto de la festividad de la Virgen de los Reyes, el gallego dio un breve discurso y arrió la bandera republicana, sustituyéndola por la rojigualda (usada, por cierto, en tiempos de la Primera República) al son de la Marcha Real.
De forma premeditada y unilateral, Franco recuperó los símbolos monárquicos para adaptarlos a la nueva España y aglutinar a este grupo ideológico en su causa. «Nos la querían quitar», dijo ese día el general de generales besando la bandera. En todo caso, la imagen uniforme de la bandera rojigualda en el bando nacional que aparece en «Mientras dure la guerra» no se corresponde con la variedad de formas que tuvo durante los cuatro años de guerra. A falta de una directriz clara, las tropas franquistas utilizaron banderas monárquicas con escudos regionales e incluso republicanos.

La viuda del alcalde

Uno de los momentos más crudos de la película muestra a la viuda de Casto Prieto, por entonces alcalde de Salamanca y fusilado apenas diez días más tarde a unos treinta kilómetros de la ciudad tras ser depuesto y encarcelado, en casa de Unamuno, lugar al que acude para suplicarle ayuda económica. Tras rechazar el préstamo, Ana Carrasco le reprochó al intelectual haber financiado la causa militar con 5.000 pesetas. Según los Rabaté, si bien es lógico que donara dinero a la causa militar ya que los funcionarios estaban obligados a ello, es poco probable que fuera esa enorme cantidad. El periódico que informó de esa inversión no resulta una fuente fiable, ya que se desdijo posteriormente y publicó tras la muerte de Unamuno que no fueron 5.000, sino 15.000 pesetas lo que el escritor depositó en favor del golpe militar.

Por qué no tomó Madrid

Un extendido mito sostiene que Franco se desvió de su objetivo principal, conquistar Madrid, para rescatar a los militares asediados en el Alcázar de Toledo solo porque quería alargar la guerra con fines particulares. La película así lo refleja, cuando uno de los consejeros del generalísimo da por hecho que Madrid se podía conquistar ese mismo verano de 1936. Ciertamente se trató de una decisión personal de Franco, de espaldas a la Junta de Burgos, y con fines más propagandísticos que militares, pues Toledo era una presa menor dentro del conflicto.
No obstante, en los últimos años muchos historiadores han tratado de combatir la leyenda de que Franco no tomó Madrid porque no quiso. Como explicó en una entrevista a EFE Jorge M. Reverte, autor de «De Madrid al Ebro. Las grandes batallas de la Guerra Civil» (Galaxia Gutemberg), «que Franco no tomara Madrid hasta el final de la guerra no se debió a una decisión estratégica, como indica el hecho de que lo intentara sin éxito en varias ocasiones». El ejército que llegó a Madrid era de unos 20.000 hombres, fuerza nimia para conquistar una ciudad armada de un millón de habitantes.

La «baraka» de Franco

En un momento de la película, Millán Astray defiende la elección de Franco como mando único del Ejército frente a la Junta de Burgos en base a que tenía «baraka», una especie de bendición divina, acuñada por los musulmanes que combatieron junto a él en el Rif cuando no era más que un mero teniente de Regulares. Y ciertamente esquivó la muerte más de una vez en una unidad con gran mortalidad. Como expone José Luis Hernández Garvi en su libro «Ocultismo y misterios esotéricos del Franquismo», de los cuarenta y dos jefes y oficiales que entre 1911 y 1912 se incorporaron a los Regulares de Melilla, él fue uno de los siete que seguían ilesos en 1915. Lo que no es verdad, a pesar de lo que sostiene el fundador de la Legión en el filme, es que Franco esquivara las balas. Así lo demuestra que un disparo en el bajo vientre estuviera a punto de matarlo en 1916, provocando que perdiera un testículo cuando solo era un capitán.

El orden que altera

Cuesta imaginar el motivo por el que Amenábar, tan preciso en algunos detalles de «Mientras dure la guerra», se equivoca en la asignación de escaños en la mesa que presidía el acto en el paraninfo de la universidad. Así, el director coloca a Unamuno en el extremo izquierdo de la mesa, a la siniestra del cardenal Plà y Deniel, cuando en realidad el entonces rector de la Universidad de Salamanca estaba sentado entre la mujer de Franco y el prelado, precisamente quien le separaba de Millán-Astray, que, casualidad o no, en la película se sitúa en el límite derecho de la mesa.
De izquierda a derecha, el Día de la Raza de 1936: Carmen Polo, Unamuno, el cardenal Plà y Millán Astray

«Vencer no es convencer»

Amenábar no cae en el tópico y evita recrear la frase más célebre del filósofo bilbaíno, «venceréis pero no convenceréis», que ha trascendido debido al adornado escrito del profesor auxiliar Luis Portillo para la revista Horizon, una versión del discurso repleta de libertades por parte de alguien que, en realidad, ni siquiera se encontraba en Salamanca el Día de la Raza de 1936. Dos décadas después, Hugh Thomas, en su libro «The Spanish Civil War», recogió la versión llena de inexactitudes de Portillo y la convirtió en el mito que es hoy en día.
Como se puede ver en la película, durante la soflama que el por entonces rector de la Universidad de Salamanca da en el paraninfo frente a un palco de sublevados y, entre otros, Millán Astray, nunca se pronunció el mítico «venceréis pero no convenceréis», no al menos literalmente, sino «vencer no es convencer», tal y como descubrió el historiador Severiano Delgado Cruz, bibliotecario de la institución salmantina. Donde sí yerra el director es en otras consignas del discurso, ya que el pensador vasco no se refirió a la universidad como «el templo de la inteligencia», su «templo», tal y como ha trascendido de la investigación del archivero.
Según el matrimonio Rabaté, el intelectual escribió 40 palabras en el reverso de una carta que tenía en el bolsillo, entre ellas las siguientes: «Vencer y convencer, odio y compasión, odio inteligencia, lucha unidad catalanes y vascos, cóncavo y convexo, independencia, Rizal y los nombres de los cuatro oradores». No todas estas ideas están presentes en el discurso que improvisa Unamuno en la película.

Linchamiento en el paraninfo

La mención de Unamuno a José Rizal, héroe de la independencia de Filipinas fusilado en Manila, ausente en la película, tensó más si cabe la tirante atmósfera del paraninfo aquel 12 de octubre de 1936. Si bien las consecuencias de las palabras del vasco son indiscutibles, no hay más que ver la deposición del filósofo vasco del cargo de rector de la Universidad de Salamanca que le había sido restituido tras la sublevación militar o su posterior recluimiento en casa, lejos estuvo el airado enfrentamiento dialéctico de ser un linchamiento a Unamuno, tal y como retrata Amenábar, salvado solo por la oportuna y piadosa mano de Carmen Polo.
El director inyecta intensidad dramática al momento álgido de «Mientras dure la guerra», con imágenes de los soldados cargando sus pistolas, dando así credibilidad al testimonio -uno de los tantos que existe del momento- del catedrático de Medicina José Pérez-López Villamil, que reconoció en la revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría en 1985 el terror que sintió ante la presencia de «metralletas y las pistolas amartilladas de los legionarios y falangistas». Lo cierto es que el escritor pudo abandonar el recinto de manera tranquila y sin temer por su vida.
Tal y como atestigua la fotografía sobre estas líneas, Unamuno y un sonriente Millán Astray se estrecharon la mano a la salida del claustro, lo que parece desmentir que hubiera una hostilidad más allá de la dialéctica. Resulta muy cuestionable que ese día la vida de Unamuno corriera peligro de muerte, si bien la gravedad de su proclama motivó que el falangista Francisco Bravo advirtiese a Fernando, uno de los hijos varones del escritor, para que convenciese a su padre de evitar en el futuro actuaciones públicas como la protagonizada en el paraninfo.

Volvió andando

Como prueba de que el incidente en el paraninfo de Salamanca sí tuvo consecuencias para Unamuno, se suele recordar que esa misma tarde fue expulsado del casino e incluso recibido entre improperios de «¡rojo!» y «¡traidor!». La película de Amenábar no recoge ese suceso, pero da a entender que el filósofo vasco se recluyó en su casa directamente desde el coche de Carmen Polo. Allí, según la versión del director, le reciben sus familiares como si fuera un héroe victorioso. La realidad es que ni siquiera abandonó el paraninfo en coche junto a la esposa de Franco sino caminando, tal y como defienden los expertos en el filósofo Colette y Jean-Claude Rabaté. Lo cual es muy probable si se tiene en cuenta la escasa distancia que hay entre el Paraninfo y lo que entonces era la casa del rector, en la calle Bordadores.

España Una, Grande, Libre

A pesar de la precisión casi milimétrica con la que están trazados algunos momentos clave en «Mientras dure la guerra», como el hecho de que Unamuno emplee la carta de la viuda del pastor protestante Atilano Coco para escribir el borrador de su discurso, no es cierto que Millán Astray bramase «España Una, Grande, Libre» tras la arenga del escritor, ya que esta frase nacionalista todavía no se pronunciaba en actos estatales, tan solo en los celebrados por la Falange. Lo que sí voceó el Glorioso Mutilado fueron proclamas patrióticas.

La admiración de Carmen Polo

Sobre la mano que le tendió Carmen Polo a Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca se han escrito ríos de tinta, si bien para justificar tal concesión por parte de la esposa de Franco Alejandro Amenábar enfatiza la admiración de la ovetense por «los poemas cristianos» del escritor. Pero no hay constancia alguna de que ni Polo ni Franco tuvieran inquietudes existencialistas o interés por otros aspectos de la obra del intelectual vasco. Unamuno fue un poeta tardío, además de un cristiano heterodoxo (el obispo de Canarias le llegó a calificar de «hereje máximo»), por eso resulta complicado que una persona tan estrictamente católica como Carmen Polo demostrase tal interés por esta faceta del también filósofo. No fue hasta la década de los sesenta cuando se redescubrió su poesía como un valor católico.

Sin rastro de los hijos varones

En la cinta, el entorno familiar de Unamuno está representado por sus hijas Felisa, María y un nieto suyo, que viven en Salamanca con el filósofo. Sin embargo, el vasco tenía cuatro hijos más vivos en el momento que se produjo el incidente en el Paraninfo. Según recoge Jon Juaristi en su biografía «Miguel de Unamuno» (Colección Españoles Eminentes), uno de ellos, Rafael, estaba ese día en Salamanca y fue quien se presentó en el casino, para llevar a su padre a casa y protegerlo de los insultos que estaba recibiendo. «Al advertir Miguel que pretendía sacarle por una de las puertas laterales, que daba a la calle del Concejo, se desasió con brusquedad y salió, seguido de su avergonzado vástago, por la puerta principal». Amenábar prescinde de cualquier referencia a estos hijos varones en «Mientras dure la guerra».

La salud de Unamuno

Unamuno no sobrevivió ni siquiera al primer año de la Guerra Civil. Cuando el escritor griego Nikos Kazantzakis lo visitó, lo encontró «súbitamente envejecido, literalmente hundido y ya encorvado por la edad». Entre el mito y la realidad, se afirmó que murió, a los 72 años, de una congestión cerebral, producida por las emanaciones de anhídrido carbónico del brasero doméstico. Se le enterró al día siguiente, 1 de enero de 1937, en el cementerio municipal, entre gritos falangistas, en una tumba con el siguiente epitafio: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar».
Amenábar, no obstante, ubica el repentino bajón de salud del filósofo, hasta entonces enérgico e incansable, en la detención de dos de sus amigos de café, cuando la deriva de brutalidad que tomó la Guerra Civil destrozó el cuerpo y el espíritu de Unamuno. Recurso literario pero complicado de documentar. La salud de este septuagenario no era buena desde, al menos, 1931, cuando consta que fue objeto de una operación quirúrgica. El ánimo depresivo fue una constante tanto en su vida como en su obra. La muerte de su Salomé, «la hija de su alma», a causa de una tuberculosis ósea, le sumió en 1933 en una profunda depresión de la que le costó recuperarse.
En definitiva, sus problemas anímicos y físicos eran anteriores y se correspondían a su edad. Días después del golpe, cuando aún no tenía motivos para estar desengañado con los sublevados, una fotografía en el Ayuntamiento de Salamanca ya le representa enflaquecido, desgarbado y un poco desaliñado.

El papel de Millán Astray

Igual que el reverso de una moneda, en el filme Millán Astray ejerce de contrapeso de Unamuno, el militar contra el intelectual. De ahí el exagerado peso que la ficción le atribuye al fundador de la Legión dentro del gabinete personal de Francisco Franco. Si bien el Glorioso Mutilado no participó en el Golpe de Estado y, de hecho, estaba fuera de España en su gestación, Franco reservó a su antiguo superior y camarada un puesto en su camarilla privada. Millán Astray ejerció como jefe de Prensa y Propaganda, pero no tuvo mando efectivo sobre ninguna unidad militar ni participó en combates de la Guerra Civil.
Junto a Orgaz, Kindelán, Yagüe y Nicolás Franco formó una especie de equipo de campaña político dedicado a conseguir que Francisco Franco se convirtiera primero en jefe de la Junta de Burgos y luego en jefe del Estado. Así lo consiguieron tras sendas reuniones en Salamanca, celebradas en el aeródromo de San Fernando, el 21 y el 28 de septiembre de 1936, en las que asistieron los generales Cabanellas, Queipo de Llano, Orgaz, Gil Yuste, Mola, Saliquet, Dávila, Kindelán y el propio Franco, junto a los coroneles Montaner y Moreno Calderón. Lo refleja bien la película, salvo por el excesivo protagonismo en algunos momentos de Millán Astray, que aparece dando un discurso frente a la junta militar para animarles a votar a Franco.
Dado el tipo de reunión que era, es probable que aquella arenga nunca tuvo lugar, y de hecho Kindelán afirma que el legionario ni siquiera estuvo presente en la segunda de las asambleas. No existe ningún acta del encuentro, por lo que es difícil saber exactamente cómo transcurrieron las deliberaciones.

El intelectual de la muerte

También supone una interpretación cuestionable la imagen de zote y hombre zafio con el que el actor Eduard Fernández encanga al fundador de la Legión. A pesar de sus gestos exagerados y su carácter explosivo, Millán Astray fue un militar bien instruido y con sorprendentes inquietudes intelectuales. No solo fue quien incorporó en los reglamentos del Tercio lo mejor de la literatura técnica castrense de los años veinte, recogida de ambientes franceses en los que se desenvolvía con soltura, sino que, como admirador de la cultura oriental, tradujo del inglés textos clave del Bushido, el código moral de la cultura samurái por entonces desconocida en Europa, lo que contrasta con el empeño de Amenábar en hacerle enemigo de «los intelectuales». Impartió cursos de historia militar, geografía y táctica en la Academia de Infantería con gran solvencia.
El catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla Javier Hernández Pacheco explica en un artículo, publicado el pasado sábado en el «Diario de Sevilla», que el general coruñés se alineó con ideas complejas para su tiempo: «Tras la Primera Guerra Mundial se extiende entre la juventud europea lo que podríamos llamar una tanato-filia que cuaja, muy especialmente en Heidegger, en una filosofía de la existencia según la cual también la aceptación de la muerte es el paso imprescindible hacia la autenticidad de una vida que sólo en ese último límite se "decide" a ser sí misma. Este desgarrado decisionismo existencial implica el rechazo de una intelectualidad cosmopolita e ilustrada que por aquellos años veinte empieza a ser percibida como decadente. Hablamos del capitán Scott, de los conquistadores de las paredes alpinas, de St. Exupery; del nietzscheano vive pericolosamente! De este modo, ¡viva la muerte, muera la inteligencia! es un lema que podría igualmente abrir las páginas de Ser y tiempo. Y Millán Astray (1920) lo formuló antes que Heidegger (1927)».

Los falangistas analfabetos

Los falangistas que aparecen en la película son reflejados como analfabetos, brutos y en las antípodas del pensamiento de Unamuno. Como en toda caricatura de un grupo tan variado sociológicamente, Amenábar cae en la simplificación y no tiene en cuenta que eran muchos los seguidores que el bilbaíno tenía en la Falange. Precisamente la tarde del 31 de diciembre de 1936, cuando murió en su domicilio salmantino, se encontraba de visita el falangista Bartolomé Aragón, antiguo alumno y profesor auxiliar de la Facultad de Derecho. Otro falangista e intelectual, Vìctor de la Serna, fue quien organizó su entierro, donde estos militantes gritaron: «Miguel de Unamuno y Jugo, ¡Presente!».
En tiempos de la República, la Falange dio un mitin en Salamanca hacia el año 1933 al que fue invitado el filósofo. Dos años después, el pensador vasco recibió en su casa de Salamanca al fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, en términos amistosos. Unamuno fue, en general, alguien muy admirado por los falangistas, que le vieron como una especie de padre intelectual.
Al respecto de presentarlos como gente indocumentada basta citar a Pedro Laín, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo o Sánchez Mazas como destacados intelectuales reconocidos hoy en día más allá de su orientación política.

El bigote de Franco

Una cuestión menor y más bien anecdótica tiene como protagonista el célebre bigote de Franco, que en la película luce en todo momento Santi Prego, incluso cuando probablemente estaba en fase de reconstrucción. Según varias personas cercanas al dictador, Franco se afeitó su bigote y se vistió de civil por miedo a ser interceptado cuando hizo escala en Casablanca camino a Tetuán. Queipo de Llano opinaría más tarde que lo único que había sacrificado Franco por España era su bigote.

Errores de Hitler

Me pregunta Franco Luna por los errores de Hitler. Le hice un esbozo rápido que quizá os pueda interesar. Saludos.

Errores de Hitler.

La lista sería larga. Citaré algunos.

El primero y fundamental, imputable también al fascismo, fue su pacto con la derecha y la represión del ala nacional-revolucionaria del NS. A partir de ahí Alemania dejó de representar una opción política y el destino del nacionalsocialismo quedó en manos de la pericia militar y del reaccionario Estado Mayor prusiano. Hitler llegó a dar soporte a movimientos conservadores que él mismo despreciaba y que reprimían a las fuerzas más NR en sus respectivos países. Un ejemplo típico es el apoyo al vomitivo dictador rumano Antonescu contra la Guardia de Hierro.

El segundo error es el racismo y el supremacismo germánico, que acentuó los rasgos anteriores. Alemania no podía inspirar simpatías ni exportar su ideología porque sólo los alemanes o nórdicos o arios, con exclusión de los otros pueblos, eran los depositarios del ideario NS, muy parecido en este punto a la doctrina judía del "pueblo elegido". El NS, en función de tales prejuicios, despreció al pueblo ucraniano, que era eslavo e "inferior" (algo absurdo) y al que pretendía colonizar, factor político determinante de la derrota alemana en Rusia. De todo ello derivó, a la postre, el hundimiento del Tercer Reich.

Hitler, en tercer lugar, admiraba apasionadamente a Inglaterra y anhelaba la guerra occidentalista contra la URSS por idénticos motivos: raciales y burgueses derechistas, a pesar de que sólo manteniendo la alianza con Stalin tenía alguna posibilidad de estabilizar el dominio nazi en Europa y consolidar una superioridad tecnológica que la Universidad alemana ya disfrutaba y era muy capaz de aumentar hasta conseguir, con el tiempo, el dominio total sin necesidad de disparar un tiro.

En cuarto lugar, Hitler fundó un caudillismo excesivo, se negó a formalizar una doctrina nacionalsocialista con el único fin de tener las manos completamente libres en términos políticos y estratégicos; y centró el NS en su figura personal (no en las ideas), de manera que en el momento en que se deterioró mental y físicamente no había herederos, ni directrices claras, ni nada (y así siguen los nazis). Y cuando finalmente murió, Hitler no dejó una fundamentación doctrinal que permitiera reconstruir el fascismo tras la derrota militar alemana. El NS resumíase en un "hitlerismo", algo limitadísimo porque ningún hombre es infalible, mucho menos eterno. La cosa llega al ridículo cuando se le venera casi como a una divinidad. Tales tendencias no hacen más que abundar en todos los errores del Führer, en lugar de corregirlos.

Hitler, en quinto lugar, incurrió en un antisemitismo vergonzante, de raíz judeo-cristiana pero "invertido" o vuelto contra los propios judíos. Una fobia que no respetaba ni siquiera a mujeres y niños, algo horrible y anti-alemán, lo cual le condujo a perpetrar crímenes de lesa humanidad que, aunque exagerados por los vencedores, son en parte reales e incuestionables y han resultado decisivos a la hora de deshonrar el movimiento NS ante los ojos del mundo. Por no hablar de la propia Alemania, que nunca podrá ya levantar cabeza ni defender un "nacionalismo" sin complejos, ni siquiera un mero nacionalismo burgués o "democrático". Alemania da mucho miedo y esto podría haberse evitado aplicando los preceptos de una ética fascista del honor que Hitler se saltó a la torera haciendo exactamente lo mismo que les criticaba a sus enemigos (la "barbarie" bolchevique fue muchas veces superada por la "barbarie" nazi del pueblo más civilizado o culto del planeta).

Podría continuar, pero los expuestos me parecen motivos suficientes como para evitar caer en una suerte de canonización irracional de este dirigente político. Espero que sirva de algo.

Saludos cordiales.

Jaume Farrerons

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